Viernes  03 de Noviembre de 2017

Diálogo y consenso a lo Macri, un imán también para el papa Francisco

Diálogo y consenso a lo Macri, un imán también para el papa Francisco
La Iglesia observa con mucha atención el procedimiento de cambio cultural que, tras su triunfo nacional del 22 de octubre, instauró el Gobierno para trabajar en el reformismo permanente, método que contempla de modo central el diálogo y el consenso, temas muy caros al papa Francisco. Se puede especular con que, a su pedido, los obispos están monitoreando bien de cerca el tema y aunque su modo de proceder es siempre la discreción, se supo que se atreven a susurrar entre amigos que no hay en Roma prejuicios por las formas, siempre y cuando no haya sectores excluidos en las consultas.

Esta vez no se trata de las tradicionales mesas redondas de diálogo tripartito, resabio de métodos bien peronistas y corporativos que el actual Pontífice solía recomendar y bendecir, procedimiento que el gobierno de Mauricio Macri resiste, sino de una novedosa forma de discutir los temas entre todos, con la intención de máxima de elaborar políticas que se sostengan en el tiempo. La última mesa para impulsar la Producción y el Trabajo, literalmente redonda porque fue construida al efecto con medidas más que generosas para sentar a su alrededor a todos los miembros del club, aunque bendecida desde Roma fue armada a regañadientes por el Gobierno en octubre de 2016 y saltó por el aire al mes de ser convocada.

Hoy, haciéndose eco de que lo ideal es enemigo de lo posible, el Gobierno sorprendió: fijó primero la ruta con un discurso sobre principios que ensayó el propio Presidente y dejó abierta su pavimentación y ancho a las propuestas de todos, tras dar a conocer grandes lineamientos sobre todo en materia tributaria, laboral y previsional. Hasta ahora, lo que único existe son esas grandes líneas y una gran bolsa de expresiones de deseos que ha empezado a modelarse a partir de los lobbies sectoriales que han comenzado a trabajar a destajo.

Aseguran en la Casa Rosada que el Gobierno tiene muy en claro lo efímera que es la política y dicen también allí que no hay ningún riesgo que se dejen ganar por la soberbia. Ponen justamente como ejemplo el sistema utilizado para elaborar las reformas: vengan y hablemos, parece ser la premisa. Lo cierto es que salvo un notorio estado de debate en el mercado financiero, nada ha cambiado durante estos días en la vida de los argentinos, ya que aún no hay proyectos de leyes en firme.

También se espera que cuando estas cuestiones lleguen a la mesa de Entradas del Congreso las cosas ya estén bastante masticadas para que los legisladores sumen sus aportes de último momento sobre textos ya precocidos, temas que irán de la mano con la media docena de leyes económicas que este fin de año acompañarán al Presupuesto, paquete que en el Palacio de Hacienda pretenden que suene más que afinado tras la negociación que el día 9 tendrá el Presidente con los gobernadores. Tampoco hay mayores misterios para los mandatarios provinciales porque sus ministros de Economía conocen bastante la partitura.

Precisamente, en este plano de los consensos, hay un punto que seduce sobremanera a los obispos que hablan a puertas cerradas con empresarios del palo, ya que todo indica que el actual gobierno ha archivado el autoritarismo y la imposición y, según ellos, se trata de un logro para celebrar. Pasaron los tiempos de legisladores con el brazo enyesado que levantaban la mano por las órdenes a libro cerrado que disparaba Cristina Fernández, cuando no se debatía absolutamente nada. Al respecto, observan con cierta esperanza este giro de apertura de mentes, bien revolucionario en las formas para lo que son las prácticas argentinas.

Quienes deseen mirar debajo del agua sobre este interés más o menos abrupto de la Iglesia en relación a esta novedad que presenta el Gobierno en materia de diálogo tienen mucho para especular sobre un eventual descongelamiento de la relación del Gobierno con la Santa Sede o mejor dicho, entre Macri y Francisco. En esa línea, hay que anotar la visita que le hizo el senador electo Esteban Bullrich al Papa, a quien invitó el año próximo a un eventual encuentro interreligioso de jóvenes. Y también debería sumársele al acercamiento la presencia este mismo sábado, en la Quinta de Olivos, del canciller del Vaticano, el inglés Paul Gallagher.

Si se observa la movida gubernamental desde el ángulo de la política hay varias observaciones que realizar, bajo la premisa de que lo ideal es enemigo de lo posible, fórmula que el Gobierno ha decidido hacer suya para demostrar que, dos años después de su llegada al poder, empieza a hacer política de una manera diferente. La primera, la más trascendente y la que le interesó más a la Iglesia, es que el Gobierno ha resuelto romper con los paradigmas de la vieja negociación y cambiarlos por otros que, recién después de varias experiencias, se verá si la idiosincrasia argentina está dispuesta a tolerar y a hacerlos carne.

Un segundo tópico pasa por el costado que imponen las carencias de la performance electoral, bien contundente en los guarismos generales, ya que no dota al oficialismo de la posibilidad de tener mayoría propia en ninguna de las dos Cámaras. Ante cierto escepticismo del cronista, un senador muy cercano a la Casa Rosada opina que igualmente el Gobierno hubiera seguido este camino de acercamiento de posiciones para conseguir las leyes porque eso está en la esencia de Cambiemos y asegura que la fórmula de no dar nada por hecho hasta no acordar posiciones es uno de los fundamentos centrales de aquello que se propugna.

El tercer punto a observar dentro de los temas políticos es saber hasta dónde muchas de las cuestiones propuestas durante estos días han sido fruto de una sobreactuación, es decir en cuáles casos se plantearon hipótesis de máxima para conseguir algo menos (impuestos internos) o para conformarse con cambios menores, pero cambios al fin y en cuántos otros se jugaron impuestos indeseables (renta financiera) como contraprestaciones dirigidas a convencer a legisladores remisos. Con los sindicatos la cosa será seguramente mucho más dura, pero en el Gobierno especulan que hay algunas prendas de intercambio (obras sociales) que siempre los llevan al acuerdo. Sin embargo, hay que anotar que si Macri no tiene en claro que no puede dormirse con los avances porque corre el riesgo de quedar desenfocado, se lo acuse de blando y de no liderar el proceso puede trastabillar todo el andamiaje que está desarrollando. Este es el peligro más evidente que tiene la novedosa práctica gubernamental porque, si como se ha propuesto, todos opinan hay dos planos que habrá que atender, uno virtuoso y otro lleno de acechanzas: al quedar involucrados todos los que tienen algo que decir las medidas tendrán seguramente más sustento, aunque si todos opinan llevando agua para su propio molino se corre el riesgo de que las reformas se diluyan. Es un mecanismo de orfebrería, aunque en el Gobierno dicen que en algún momento deberán cortar el taxi para cerrar los temas y comenzar con otros.

Este es el timing que deberá tener de ahora en más el Gobierno si desea que la historia de esta primera andanada de reformas tenga un final lo más feliz posible e incida en la economía tal cómo se espera, para que ayude a las inversiones e impulse el crecimiento, para que el ciclo termine generando empleo y para que baje la inflación y se supere el déficit que lleva al endeudamiento. En el Palacio de Hacienda hacen cuernitos cuando surge la historia de José Luis Machinea, quien en pleno proceso de auge a principios del nuevo siglo revolvió el avispero con medidas fiscales que inhibieron aquel proceso.

En los balanceos sectoriales no fue ingenua tampoco la mención del Presidente dirigida hacia quienes, con razón, le reclaman que sea el Estado quien también haga los deberes por el lado de la baja de los gastos, ya que las reformas que se han puesto sobre la mesa apuntan fundamentalmente a imponerle exigencias al sector privado. Todo el tema incluye una misión central que ha tomado Macri en persona como un gran desafío político: convencer a cada sector desde su sillón para que cada uno termine cediendo un poco.

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