Día 100: nada para festejar y un imprevisible 'efecto dominó'

Seguramente, Alberto Fernández nunca imaginó que iba a llegar a los 100 días como Presidente con dos abanicos de extrema gravedad que tienen una muy alta probabilidad de expandirse geométricamente: el COVID-19 y la recesión.

El primero se llevará vidas, sobre todo de la de adultos mayores con pocas defensas y de la gente que hoy vive hacinada en los asentamientos, personas casi todas carenciadas que no tienen la menor posibilidad de guardar siquiera una distancia prudencial. La otra cuestión, de mayor aliento, quizás termine con la muerte súbita de miles de empresas y de puestos de trabajo, mientras se instala, con casi imposible reversión, la movilidad descendente para millones de personas.

Está muy claro que en materia económica el país hoy no tiene defensas y que su cuerpo social es de fragilidad extrema, por lo que el diagnóstico se hace crítico allí.

En cuanto al virus, pese a las vacilaciones iniciales del ministro de Salud, Ginés González García, hay que darle a Fernández la derecha de haber liderado la crisis. Percibió que debía ponérsela al hombro y esa jugada lo despegó inmediatamente del pánico de que la situación lo salpique políticamente, terror que siempre ha sentido el kirchnerismo ante las tragedias que conmueven a la opinión pública.

Basta recordar al respecto los viajes a El Calafate de Néstor y Cristina Kirchner o las reclusiones en Olivos o sus silencios en circunstancias graves, como fueron la marcha por la muerte de Axel Bloomberg, el incendio de Cromañon o la tragedia de Once. Para dejar más separadas las aguas, la vicepresidenta de la Nación esta vez lo dejó solo y viajó a Cuba.

Seguramente, Fernández no desplazó al ministro por cuestiones de amistad personal, pero lo relegó a un segundo o tercer plano y se rodeó de expertos de primer nivel. Ellos lo convencieron sobre la necesidad de “aplanar la curva es decir quitarle circulación a la gente y de poner distancia entre quienes no puedan recluirse, para bajar así la posibilidad de la circulación autóctona del virus y los contagios que pudiere producir.

El punto central de la estrategia es que los enfermos no acudan todos juntos a los servicios de salud para tratar de que no colapsen: la optimización de las camas hospitalarias y los elementos de respiración asistida son vitales.

En las reuniones de los equipos médicos hay, sin embargo dos preocupaciones bien graves.

Una tarda en resolverse, como es la descentralización de los exámenes que determinan si los casos son positivos o no, tema hasta ahora monopólicamente absorbido por el Estado a través del Instituto Malbrán, centro de excelencia que en plena crisis le bajó el rango a su directora, una experta del área, por darle su cargo a un amigo.

Lo cierto es que, como en el tiempo de las carretas, un enfermo de Jujuy o de Chubut, por ejemplo, depende de que sus muestras lleguen a Buenos Aires y de que, en la cola, se procesen con todas las demás. Hasta que se tenga un resultado, el procedimiento le agrega más angustia a los individuos que esperan y más estrés a los técnicos por la congestión. Corea del Sur (y ahora Alemania) le han dado prioridad a la etapa de detección, con aplicaciones que envían a los potenciales infectados (o a todo aquel que desee chequearse) a playas de estacionamiento donde le hacen los exámenes dentro de su propio automóvil y sin colas hospitalarias, desde ya. En España, el argentino Martín Varsavsky está trabajando en algo similar.  

El otro punto negro de casi imposible solución es el hacinamiento en las villas, lugares donde la gente vive apiñada y sin posibilidades ciertas de estar a distancia. Hay en la Argentina más de 4.200 asentamientos, de los cuales 1.600 están en el Conurbano, en las puertas de la Capital Federal. La Zona Metropolitana tiene unos 18 millones de habitantes. Estos números y prever las consecuencias políticas de los contagios masivos que se podrían registrar, que los médicos prevén exponenciales (“en abanico ), quizás fue lo que motivó al gobernador Axel Kicillof a tirarle el fardo al sistema de salud que dejó en la provincia María Eugenia Vidal.

Este temperamento de echarle la culpa al otro (otro clásico kirchnerista) no es, por cierto, el mismo que adoptó el Presidente, ya que compartió con Horacio Rodríguez Larreta no solo conferencias de prensa, sino que los datos van y vienen de la Nación a la Ciudad, mientras los equipos médicos interactúan. Hay que registrar también que la CABA tiene 56 asentamientos en su territorio, con unas 100 mil familias involucradas.

Desde el punto de vista económico, la pandemia mostró la inconsitencia de su estructura actual, algo que venía siendo trabajosamente emparchado por Fernández desde que asumió por la vía de meterle plata en el bolsillo de la gente, anclar los precios de la economía que generan indexación automática (tarifas, tipo de cambio) para promover así un freno a la inercia inflacionaria y lograr que los gremios se conformen con una suma fija, mientras le ofrecía a los acreedores un menú de ahorros fiscales no demasiado evidentes (recorte a los jubilados de mayores ingresos) para que sus socios políticos más recalcitrantes dentro del Frente de Todos lo sigan acompañando.

Y fue entonces que Martín Guzmán (y Joseph Stiglitz y hasta el papa Francisco) salió a negociar con el Fondo Monetario y habló con los acreedores para intentar primero salir del pantano y para poner a marchar la economía. La secuencia parecía razonable hasta que el coronavirus metió la cola y demostró que, en verdad, el rey estaba desnudo porque la economía argentina es de una debilidad manifiesta.

Esa notoria falta de defensas, que puede llevar a una recesión sin precedentes, algo que el Gobierno ha buscado ralentizar con el primer paquete de estímulos, es advertida nítidamente por el mundo que ha castigado al país, quizás sobre castigado, con ventas masivas de sus activos.

Que hay muchas dudas sobre el camino que se va a seguir es algo bien evidente (ver el riesgo-país en casi 4 mil puntos), aunque también es evidente el deterioro de las contrapartes (tobogán mundial). Esto mismo, confían en Economía, puede llegar a abrir una instancia cierta de negociación aunque con otro escenario. Mientras tanto, hay voces que le soplan al oído al Presidente que declare el default como parte de la emergencia nacional.

Todos los expertos señalan que las consecuencias económicas de la recesión en ciernes podrían ser funestas, ya que no solamente hay que mirar la Capital Federal sino las economías regionales o las industrias del interior. Otros grandes perjudicados por el parate serán, sin dudas, todos aquellos que tienen como parte sustancial del ingreso sus propinas y también los que viven del cuenta-propismo o de la informalidad. La resistencia al corralito de Domingo Cavallo comenzó en los semáforos, entre quienes les vendían cosas a los automovilistas. Sin plata en la calle, pero también sin crédito internacional todo se complica y por eso el Gobierno parece haberse decidido a estimular por la única vía que parecería tener a mano: la emisión monetaria.

Sin embargo, Fernández demostró que luce mucho cuando tiene que tomar decisiones fuertes, aunque hasta ahora, bajar impuestos no está en su religión. Está claro que percibe las situaciones-límite, como fue el caso de la primera evaluación de la pandemia y que sabe muy bien que no es bueno quedarse dormido, ya que después habrá que desandar caminos, con pérdidas de tiempo y de imagen. Quizás, entonces, un alivio impositivo llegue más temprano que tarde.

Tags relacionados

Más de Columnistas

Noticias del día