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Deuda y tipo de cambio en la estrategia económica

Siguiendo algunas líneas genéricas, vale señalar que es clave para la estrategia económica el resolver de qué manera se combinará la apelación al ahorro o a los capitales externos, en sus diversas formas, con un determinado nivel de competitividad cambiaria.

En principio, las poses más ortodoxas ligadas a la macroeconomía de las economías abiertas, toman al primer factor como el relevante para impulsar el crecimiento, destacando la utilidad del traslado de fondos de los países ricos a los menos desarrollados a efectos de explotar las ganancias potenciales diferenciales de éstos. El correlato tiende a ser un proceso de cambio real bajo.

La experiencia empírica no necesariamente confirma esta visual. Al revés: pesan ejemplos de crecimiento notorio -en buena medida se han dado en el continente asiático, pero también cabría computar el caso argentino de 2003(02)/07- en los que el resorte crucial al respecto es el tipo de cambio competitivo, y, en términos de capitales, al computarse los fondos públicos, esencialmente vinculados al stock de reservas, se remata en la paradoja de que los pobres reciclan capitales hacia los países ricos.

Típico: la recolocación, en su momento, de la reservas chinas en bonos de la deuda americana.
Sturzenegger y Levy Yeyati, integrantes del actual gobierno en distintos planos, realizaron algunos aportes teóricos sobre este tema. En lo básico, aceptan la importancia para el crecimiento de contar con un tipo de cambio real alto. Pero, la correa de transmisión que destacan, finca en especial en el mayor ahorro interno que aparejaría aquél, siendo que, a su vez, el ahorro se volcaría a la inversión. Aquí hay un cierto matiz diferencial respecto de las posiciones neodesarrollistas, como las que sostenemos, donde la relevancia dinámica radica en el envión comercial externo instigado por el tipo de cambio competitivo (aunque también se resalta el concurso del ahorro interno).

De todos modos, la instancia mundial corriente, no presenta niveles expansivos muy altos en materia de PIB y comercio exterior agregados. Por el contrario, las notables experiencias neodesarrollistas de crecimiento, coincidieron más bien con conductas expansivas de esas variables.

Hoy por hoy, existe una liquidez internacional disponible con un voltaje contrastante con la citada apatía del PIB y comercio agregados. Por eso, en el caso que atraviesa en la actualidad la Argentina, tiene lógica hasta determinado punto, mediante el switch world friendly (giro pro mundo), erigirse en un referente para la avidez de esos capitales líquidos, que aprovecharían en el interín rindes interesantes. Un supuesto del asunto, es que esa dinámica abarque un aporte de peso de inversiones externas productivas.

En rigor, acá está la oportunidad, pero, también el riesgo. En efecto, en virtud de toda una serie de condiciones, incluida una relación deuda externa/PIB moderada, el país puede volcarse distendidamente a la fase feliz en la que, por ejemplo, cabe tomar deuda externa a un ritmo mayor al propio de la suba de la carga de intereses.

Claro: según el ritmo en que ello se dé, hay riesgo cierto de incurrir en una dañina apreciación cambiaria y, más que en sumar ahorro, en desplazar al ahorro interno. El temor es que en un país como el nuestro, se pretenda indefinidamente que la deuda se pague con más deuda, entrando en una especie de Ponzi game como en la convertibilidad, ignorando el umbral referencial de cara al extendido futuro, que marca que el valor presente de la deuda externa converge a cero, y que no es viable seguir pagando intereses con más deuda.

De allí, lo recomendable, aun con un comercio mundial tirando a lánguido, es no dar la sensación de que se alienta un desequilibrio de inicio en cuanto a las perspectivas de repago, en virtud de un cambio muy apreciado. Aquí, hasta habría que ser contracíclico. Dicho todo esto, la saga que se percibe al momento, muestra un sesgo hacia el desequilibrio que convendría remediar.

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