Domingo  13 de Octubre de 2019

De esto no se debate: por qué los jóvenes votaron a los Fernández

De esto no se debate: por qué los jóvenes votaron a los Fernández

En la maraña de desaciertos de estos casi cuatro años de macrismo hay una cuestión fundamental que nunca fue tomada en cuenta por sus equipos políticos, aquellos que se ocuparon de difundir eventuales logros del Gobierno sólo por las redes sociales sin percibir que, debajo de la superficie, se estaba librando una tremenda batalla cultural destinada a dinamitar valores, esencia del populismo, tal como suele pregonar Cristina Fernández citando a José Martí. Ni Marcos Peña ni Jaime Durán Barba jamás se anoticiaron de ello y, en todo caso, estos dos profetas del marketing político de cáscara vacía parece que han llegado bastante tarde para apagar el eventual incendio.

    La legión de esperanzados en el “sí, se puede” dar vuelta la elección entre octubre y noviembre tiene que saber que, más allá de la mala imagen que supo recoger Mauricio Macri y el testimonio de los desencantados por derecha, existe hoy en la sociedad un trasfondo de fin de ciclo porque el kirchnerismo siguió operando en las sombras sobre sectores sociales que poco y nada saben de los monumentales negocios que se le achacan, a quienes se les ha dicho que hubo una persecución orquestada para terminar con la nobleza que vendían los K. Son personas que se guían por lo que les manda la actualidad de su bolsillo y por las modas ideológicas que los contienen. Sin mirar ese costado, ni votantes ni funcionarios de Cambiemos pueden explicarse por qué la obra pública no “garpa” en votos y entonces se conforman con repetir teorías que dicen que el resultado de las PASO se dio porque los “choripaneros” sólo quieren planes sociales y luz barata. Reduccionismo estúpido.

Para entender uno de los por qué de aquella instancia de agosto y de lo que podría llegar el 27, el análisis más sutil hay que enfocarlo más allá de la economía, espacio vital de los argentinos donde también hubo mucha mala praxis durante los últimos cuatro años. Es cierto también que el triunfo de los Fernández terminó de cortar los tientos más bien endebles que sostenían el edificio y que eso aceleró para mal la situación de Macri. Desde entonces, se empezó a hablar con mayor propiedad de reservas insuficientes, default y ajuste, con su correlato de mayor recesión, desempleo y pobreza. Y hasta de la probabilidad que, con el peronismo otra vez en la Casa Rosada, lleguen en simultáneo controles de todo tipo (precios, tipo de cambio, importaciones), mayor presión impositiva hacia los propietarios o hasta una nueva híper.

  Sin embargo, esos males que no harán nada gratos los próximos años no parecen preocupar al perokirchnerismo porque los cañones de una opinión pública tan volátil han quedado enfocados exclusivamente hacia la actual gestión y así será recordada cada vez que se pueda, la herencia recibida del macrismo. Cuando en la crisis anterior, la del año 2001, el presidente Fernando De la Rúa creyó que quien había metido al país en la Convertibilidad iba a ser el indicado para desactivarla, convocó a Domingo Cavallo. No tuvo tiempo para hacerlo, instauró el llamado “corralito” y aquel Presidente tuvo que irse. Hoy, se suele decir que la misma gente que en 2015 votó a Mauricio Macri para que arregle los desaguisados económicos del kirchnerismo, parece que votará nuevamente al kirchnerismo para que saque al país de los problemas que creó. Apuestan quizás a recuperar aquella mística de 2003, cuando Néstor Kirchner y el precio de las materias primas lo hicieron viable, después del ajuste brutal de Eduardo Duhalde. La historia parece que se repite: “el que trajo al loco, que se lleve al loco”. ¿Será posible o se vivirá una nueva frustración? Y otra pregunta relevante: ¿estos votantes de 2019 son la “misma gente” de entonces?

  Y allí está la clave de las PASO porque si se atiende a la composición etaria del voto, la cuestión de la “misma gente” no parece verificarse, ya que los más jóvenes, de los 16 en adelante, quienes no vivieron casi aquella época del fin de ciclo de los Kirchner, hoy se han volcado masivamente hacia la oposición. Pero hay más para explicar el problema que sorprendió a Cambiemos, ya que mientras a fines de 2015, Peña y el gurú ecuatoriano le aconsejaban a Mauricio Macri avanzar con el gradualismo económico por carecer de una mayoría representativa en el Congreso, no hacer olas con las bombas que dejaron los K y parecerse un poco al populismo que se intentaba desarraigar (“kirchnerismo de buenos modales” definió José Luis Espert), en el subsuelo nunca se detuvo el control ideológico de la educación pública secundaria y universitaria, una prédica sustentada en la pobreza de contenidos y en la deserción, a veces interesada, de los padres.

  Así, ha sido denunciado en varias ocasiones que en los colegios que dependen de la UBA, en las facultades en general y en la de periodismo de la Universidad de La Plata en particular o en muchas escuelas del interior bonaerense o aún en la privada ORT. En casi todos hubo bajada de línea profesoral permanente con apreciaciones políticas de tono populista, convenientemente colocadas bajo el paraguas de la libertad de cátedra. Y si bien los temas del agrado de los jóvenes de hoy están enancados en tendencias mundiales (diversidad de género, lenguaje inclusivo, garantismo, ecología, aborto, veganismo, legalización de la marihuana, etc.), conceptos que la izquierda cree de patrimonio propio, el enfoque local tiene mucho del resentimiento argentino. Al respecto, vale la pena repasar los conceptos que dos alumnas del Colegio Nacional de Buenos Aires plantearon ante Alberto Fernández y José Mujica la semana pasada, una mezcla de rebeldía juvenil y manual de prejuicios que los invitados celebraron.

  Además, la progresía local le facturó al actual presidente no solamente cada uno de los desaciertos que tuvo en estos años sino también montones de cosas que no hizo, sin que haya habido reacción alguna del Gobierno a la hora de pelear dialécticamente cada punto. El que calla, concede, se suele decir. Esa acción táctica y la nula reacción gubernamental permitió sobre todo entre los más jóvenes la instalación de temas que horadaron a Macri por abajo. El primero de ellos, totalmente ideologizado inclusive por la actitud de los docentes a la hora de pelear solamente por sus ingresos casi sin correlatos de capacitación o de mejoras curriculares, fue el de la pretendida desaprensión presidencial en relación a la educación pública. A partir de ese hito se construyó todo lo demás y escuelas y universidades estatales trabajaron para mantener vigente durante cuatro años aquello que la ciudadanía había rechazado en 2015.  

  El “Macri gato” se puso de moda en los colegios, lo mismo que el cantito que se transformó en hit de las canchas, insulto que primero se coreó en la Universidad al igual que las menciones a la eventual poca vocación presidencial por el trabajo. Las remanidas quejas por los planes sociales escondieron que el actual gobierno los repartió como ninguno, mientras el griterío por un ajuste que nunca sucedió, hasta que por no hacerlo a tiempo saltó todo por el aire, fueron constantes. “Ajustador serial”, le gritaban. El Presidente habilitó la discusión sobre el aborto y nunca pudo capitalizar el suceso, ya que los pañuelos verdes le coparon la escena. Más bien el tema le generó problemas con el papa Francisco, quien no lo quiere tampoco por su presunta adscripción al llamado neoliberalismo, calificativo inexistente que los chicos del secundario repiten como loros.

  Un último ejemplo de pelea contra los molinos de viento: en estos últimos años el periodismo pudo ejercer su derecho a la opinión con total libertad y, sin embargo, se le achaca a Macri silenciar a voces opositoras. Y sin entender demasiado de qué se trata la “Conadep de los periodistas” que prometió algún lenguaraz ultra K, una de las alumnas que habló en el Buenos Aires pidió avanzar hacia “un proyecto (político) que nos permita la libertad de expresión”. La desinformación lleva inexorablemente a la confusión y si nadie refuta políticamente nada, al convencimiento.

   Todas esas prédicas, que nunca fueron contrarrestadas con la firmeza que debe tener todo gobernante que busque liderar de verdad cambios de fondo, lograron que esta vez miles de los nuevos votantes se hayan sumado al revival del proyecto kirchnerista. Y justamente esta vez fueron los más jóvenes, usuarios naturales de las amadas por el Gobierno redes sociales, quienes desbalancearon las PASO y volverán a oponerse masivamente a la reelección, genuinamente preocupados también por su muy baja inserción en el mundo del trabajo, pero además obnubilados por los peces de colores, creídos -como les han dicho- que el mundo ideal se compone de repartir lo que no hay. En la sed de cambios, propios de la edad, seguramente ellos se inclinarían en el futuro por serruchar la actual institucionalidad, aceptar una Constitución diferente o darle a la Justicia estatus de oficina del Ejecutivo.

  La novedad que no procesa este grupo importante de votantes es que esta vez el peronismo llega con un candidato de cuasi unidad, pero de tono más bien conservador, casi al estilo de lo que fue en su momento Néstor Kirchner, aunque sin la impronta de ser un caudillo de provincia. Si finalmente sucede y Fernández es electo, ya se verá hasta dónde tiene cuerda para pelearle a La Cámpora esa porción más radicalizada de la interna populista que dice representar, al que Cristina adscribe emotivamente, porque también lo hace como soporte de la carrera política de su hijo Máximo. 

  Si se ratifican las PASO y el Frente de Todos gana la elección verdadera esta relación es la que habrá que monitorear, Por ahora, Fernández ha dicho que en materia de gabinete, Cristina no tendrá injerencia, pero habrá que esperar a conocer los para saber si el candidato dijo la verdad. En el tema internacional, uno de los puntos fuertes de Macri en cuanto a abandonar amistades poco representativas para la Argentina mientras se abría al mundo, llegaron los primeros tropiezos para el candidato por el tratamiento que se le dará Venezuela.

  El Gobierno ha llevado la cosa al extremo de llegar a la ruptura con el régimen de Nicolás Maduro, mientras que Fernández parece que va por la línea intermedia de condenar sin romper, al estilo de México y Uruguay, aunque Sergio Massa en los Estados Unidos le aseguró a inversores que Venezuela es una dictadura. Y mientras unos 200 mil migrantes de aquel país trabajan entre nosotros, el hombre fuerte del régimen, Diosdado Cabello, ha ponderado los “vientitos” pro chavistas que se observan en la Argentina y en la hoy sangrienta Ecuador.

  En tanto, Cristina discute la política de Vaca Muerta en Cuba, hoy necesitada de petróleo ante el crac venezolano. Colgado de las cuerdas y obnubilado sólo por las marchas, el Gobierno nunca lo hizo notar y ni siquiera recordó que históricamente Cuba es un mal pagador. Fernández hizo silencio de radio al respecto. L@s pib@s también. 

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