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Crecimiento, déficit fiscal y tipo de cambio real

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DANIEL ARTANA Economista jefe de FIEL

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Crecimiento, déficit fiscal y tipo de cambio real

El ‘mini Davos‘ de Buenos Aires ha sido un impulsor natural del debate acerca del crecimiento de la Argentina. La gran mayoría de los economistas coincidiría en que la tasa de crecimiento de la próxima década de cualquier país (incluido el nuestro) depende de la inversión y de las mejoras en la productividad (la Total Factor Productivity) y, probablemente también, coincidiría en que la recuperación del año próximo para un PIB que se encuentra debajo de su potencial luego de cinco años de estancamiento depende de cómo se mueva la demanda agregada, y que la política pública puede tener un espacio para ayudar a que esa demanda reaccione y la economía finalmente se reactive.

Cuando se analiza donde está parada la Argentina luego del experimento populista K en materia de inversiones y productividad, la conclusión es que está casi todo por hacer. Por un lado, la tasa de inversión de la economía terminará este año en alrededor de sólo 18,5% del PIB (medida a precios constantes). Por otro, también hay falencias importantes en las cosas que ayudan a aumentar la productividad: pobre calidad de la infraestructura, calidad de la educación en descenso, sobreprotección a las importaciones, normas laborales muy rígidas, regulaciones y controles poco eficaces (aunque con algunos avances desde diciembre de 2015).

Es razonable esperar que la inversión aumente un par de puntos del PIB en los próximos dos años. Venimos de una baja tasa, en particular de la inversión extranjera, que algo debería recuperarse. Más importante, la reducción en el costo del capital del Estado ayuda a bajar el costo de financiamiento para el sector privado y la tasa de corte exigida a los proyectos de inversión nuevos.

Por su parte, las reformas para crear un marco más propicio para mejorar la productividad pueden demandar más tiempo, aunque las señales de que se avanza en el sentido correcto seguramente motivarían al sector privado a resolver los problemas similares que se pueden mejorar ‘puertas adentro‘, en lugar de buscar transferir los sobrecostos al resto de la sociedad.

Respecto de la política pública para lidiar con el ciclo económico recesivo la respuesta ha sido clara: hay una apuesta importante a motorizar el consumo por medio del programa de reparación histórica a los jubilados de ingresos medios que implicará un aumento del gasto previsional de más de un punto del PIB (financiado en su mayoría con recursos externos vía blanqueo, deuda o venta de activos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad), aunque también se apuesta a la mayor inversión pública. Es claro que estas decisiones tiraron por la borda la idea original de reducir el déficit fiscal primario en 2017. Pasamos así del gradualismo fiscal a la inacción.

Sea que se gaste en jubilaciones o en inversión en caminos, el mayor gasto financiado externamente es muy reactivante. Para que no lo sea deberíamos tener agentes racionales que descuenten muchos problemas en el futuro y que, por lo tanto, reduzcan su consumo hoy (ahorrando más) para estar preparados para la adversidad. Ese no parece un riesgo importante hoy.

Pero esta decisión de mantener un déficit alto financiado en gran medida con dólares ‘de afuera‘ no es neutra para el tipo de cambio real. En otras palabras, la elección del gradualismo fiscal va de la mano con un ‘shock‘ de apreciación real (y aclaro que la comparación relevante no es con el último mes del kirchnerismo sino con algún período donde el tipo de cambio real no estaba atrasado).

En otras palabras la decisión de ‘no hacer olas‘ en lo fiscal, en particular con el gasto corriente (que en los hechos se piensa aumentar al menos en materia previsional) condena al sector privado transable (al menos al exportador) a un ajuste de shock al no poder contar con un tipo de cambio más débil que suavice el camino que debe transitar hasta que se avance en las reformas estructurales que permitan reducir costos.

Lo que estoy analizando aquí es cuál es el camino hacia un resultado fiscal y un tipo de cambio real sostenibles en el mediano plazo. El punto hoy es que partimos de un déficit demasiado alto y de un tipo de cambio real que parece demasiado fuerte para las condiciones estructurales actuales de la economía argentina.

Esta elección de política pública tiene algunos efectos colaterales negativos sobre las reformas estructurales que necesita la Argentina. El reclamo de cerrar más la economía que luce disparatado cuando se repara en que ya es una de las más cerradas del mundo, despierta algunas adhesiones cuando se recuerda que apertura con atraso cambiario terminó muy mal en los ‘90. Además, eso da pie a que algunos sectores consigan beneficios impositivos de una generosidad inusual, como la recientemente aprobada ley de autopartes (75% del mayor gasto en autopartes nacionales lo pagamos entre todos vía reducciones de impuestos a las terminales si el contenido nacional en la fabricación de automóviles aumenta de 30% a 50%) o que otros logren mantener precios superiores a los internacionales a pesar de que ello aumente los costos de los combustibles que se utilizan como insumos en la producción y transporte de otros bienes.

Además, en el apuro por reactivar se anuncian importantes erogaciones en infraestructura que incluyen algunos proyectos que no apuntan a mejorar la productividad de la economía. Algunos ejemplos costosos son el soterramiento del Sarmiento, la autopista ribereña y la conexión subterránea de trenes en la Ciudad de Buenos Aires. La alternativa de resolver los problemas de transporte de los porteños con alternativas mucho más austeras hubiera permitido liberar fondos para avanzar más rápido en otras obras en el interior del país que permitieran reducir los costos de producción y logística más rápidamente.

Los economistas profesionales son en general personajes poco populares, más aún en una sociedad adicta al corto plazo. Por formación ponemos el foco en el costo de oportunidad de cada decisión, miramos las consecuencias de ‘equilibrio general‘ de los cambios en cada instrumento y tendemos a preocuparnos también por las consecuencias sobre la sostenibilidad del programa económico en el mediano y largo plazo y, no sólo sobre lo que pasará en los próximos meses.

Un análisis más ‘economicista‘ hubiera llevado a una corrección fiscal en 2016 con menor dependencia del endeudamiento externo y, por lo tanto, una menor apreciación real del tipo de cambio y menor presión sobre el sector transable de la economía. Pero si la necesidad política exigía acelerar la reactivación del 2017 hubiera sido preferible aumentar gastos transitorios en lugar de una suba permanente en el gasto corriente (o reducir más los impuestos), evitar los incentivos fiscales para promover algunos sectores y los precios mayores a los internacionales en productos que son también insumos de otras producciones y exigir un análisis beneficio-costo social riguroso de las inversiones a cargo del Estado.

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Comentarios2
benedictodos800
benedictodos800 22/09/2016 03:58:46

EL DEFICIT CRECE PORQUE EL GOBIERNO PRUEBA Y ERROR NO ACIERTA UNA Y LOS SUBSIDIOS AUN MUY A CHICADOS SON MAS

benedictodos800
benedictodos800 22/09/2016 03:57:09

QUE ES MAS PARA LOS QUE MAS TIENEN