Con la vacuna contra el coronavirus o con la economía, se necesitan certezas para generar confianza en el tratamiento

La confianza rige el comportamiento social ante los diferentes desafíos que se presentan. Es, en parte, la esperanza que una persona deposita en otra, en un grupo, en un método, en una conducta o hasta en una cosa sobre los pasos o acciones a seguir para alcanzar un objetivo y se construye, generalmente, en base a la experiencia vivida.

El principio es válido para afrontar tanto crisis personales, sociales y sanitarias como las económicas, comunes hoy a gran parte del mundo, en tiempos de angustia disparada por la incertidumbre que genera la pandemia de coronavirus. Y ante esa complicada realidad es, precisamente, el grado de credibilidad el que opera en casos tan disímiles como el del combate contra el Covid-19  y el del endeudamiento argentino.

La aprobación de la primera vacuna para inmunizarse contra el coronavirus encendió una polémica internacional sobre su eficacia. Un debate anclado no solo en los tiempos del proceso de elaboración y pruebas, sino en la propia reputación de las autoridades rusas, asociada a la falta de transparencia en casos como el del doping, que mantiene a sus atletas raleados de competencias internacionales, o en otros más resonantes, como las denuncias de intervención en las elecciones de Estados Unidos. Y que se espera no se repita con la vacuna de Oxford, que se producirá en parte en el país y estará disponible recién en el primer semestre de 2021, cuando el período de testeo aporte las garantías necesarias para su aplicación masiva

La credibilidad y los antecedentes entran en juego cuando se desconoce el camino y se teme por el futuro

El recelo con los gobernantes se expresa de dos formas diferentes en el caso argentino. En lo sanitario, a través de una rebelión contra la estrategia planteada para contener la pandemia, que se observa en los comerciantes que abren locales pese a no tener autorización, los deportistas que salen a practicar aunque no estén habilitados, y hasta en los intendentes que planifican una temporada veraniega contra las objeciones que parten de la gobernación bonaerense. Una tendencia que refleja el alto tránsito de gente en las calles del área metropolitana y, a pesar del incremento de los casos de coronavirus, crece sobre la base del agotamiento con la cuarentena y el derrumbe de la actividad.

Y en lo económico, la histórica falta de confianza se evidencia, por un lado, con las tres millones de personas que, pese a las restricciones, corren a comprar dólares mes a mes en lugar de ahorrar en su moneda, ante el temor a la devaluación y la pérdida de poder adquisitivo de sus ingresos. Y por el otro, con las dudas que expresan los inversores sobre la concreción de las medidas necesarias para garantizar el cumplimiento de los compromisos asumidos: aplicar las reformas necesarias para eliminar el déficit fiscal, estabilizar la macroeconomía y generar los ingresos que garanticen el pago de las acreencias.

En definitiva, a todos los gobierna una preocupación en común, la falta de certezas sobre su propio futuro.

El acuerdo anunciado aún espera por la aceptación formal de los bonistas y el propio ministro de Economía, Martín Guzmán, remarcó que será difícil alcanzar un entendimiento con el FMI y que las negociaciones se extenderán hasta el año próximo. Un tiempo prologando en el que cada acción deberá aportar certidumbre para recuperar la confianza sobre el futuro del país.

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