Churchill y el 'tun tun' de un gobierno que pide y no hace

El presidente de la Nación usó el plural y ante el éxodo de muchos argentinos rumbo a mejores horizontes acaba de pedir a "todos que hagamos el esfuerzo para construir un mejor país".

Su apelación a un futuro mejor es por cierto muy loable, ya que Alberto Fernández agregó con mucha razón que hay "compatriotas que nos necesitan", aunque su pretendida sinceridad inmediatamente se ha dado de bruces contra una realidad signada por la desconfianza.

El momento para encuadrar los nervios que surgen de la temperatura de sus últimos discursos, se caracteriza por algunos elementos que resultan ser barómetros del recelo ciudadano: su caída de imagen como gobernante, el retiro de los depósitos en dólares y la incomprensible suba del riesgo para un país que acaba de patear su deuda muy para adelante.

No es precisamente el de Fernández un discurso "churchilleano" de galvanización del patriotismo, ya que a primera vista hay dos elementos que lo invalidan: a) la poca voluntad de la clase política por mostrarle a la gente como ejemplo, al menos un pequeño esfuerzo de sus propios bolsillos y b) las decisiones oscurantistas que se promueven desde el propio Gobierno, en materia institucional sobre todo, junto a la marcha al tun-tun que se mueve un modelo económico ya fracasado varias veces, dos aspectos clave que han dejado maltrecho al propio Presidente y que le dan basamento al deseo de muchos para cambiar de aires.

Por supuesto que para el oficialismo más ciego, el que nunca se hace cargo de nada y el que suele poner la culpa de todos los males siempre en cabeza de los demás, no es cierto que lo que está pasando suceda por errores y excesos de sus propias políticas sino que son la oposición (el gobierno de Mauricio Macri, en primer lugar) y los medios (¡cuándo no!) quienes fomentan la diáspora, como ha dicho sin un gramo de autocrítica Máximo Kirchner.

La grandeza del político -y por eso la mención a Winston Churchill no es ociosa- consiste en trasladarle al pueblo la mística que surge de su autoridad moral, carisma que fatalmente desparrama credibilidad.

La forma que usó Fernández a la hora de describir casi como un comentarista la situación, obliga a interpelar al Jefe del Estado con el título de aquella sátira hecha película: "¿Qué hiciste tú en la guerra, papá?".

Por lo tanto, sería más que interesante conocer cuál va a ser el rol de su gobierno para superar la emergencia que entre "todos" haga el esfuerzo que se necesita hacer y qué cartas piensa jugar él como Presidente para reencauzar la economía y la vida y para reinstalar la confianza que se ha perdido entre tantos sopapos de la realidad, fruto también de muchas malas decisiones. Y, sobre todo, qué cuestiones ideológicas está dispuesto a sacrificar para hacer un país confiable hacia el futuro, en nombre de la instancia superior que plantea su discurso debido a las carencias de los que menos tienen y más "nos necesitan",

En el inevitable cruce de caminos que deberá abordar el Gobierno para colaborar con algo a la pretensión que tiene para que la gente no se aleje del país, hay dos flechas que van en sentido inverso.

¿Bajará impuestos, intentará achicar el gasto, desdoblará el mercado de cambios, se abrirá al mundo y armará un programa creíble para atraer inversiones, un diseño que, a la vez, genere empleo privado o se conformará con seguir la receta que ya fracasó otras veces que hace palanca en el atraso tarifario, el consumo, la sustitución de importaciones y la obra pública, más alguna mano de China que va a hacer seguro algún ruido en el Continente, para echarle la culpa de los ajustes que van a venir al Fondo Monetario Internacional? Un dilema de fuste el que tiene el Presidente para poner algo de su parte en el convencimiento que pregona.

Muchas de las encerronas de los últimos 90 días, al menos, han sido provocadas por sus movidas erróneas o, peor, por el no hacer del Gobierno. De allí, que los dólares de las reservas líquidas se hayan casi evaporado y que las inversiones de fuste brillen por su ausencia.

Esa dinámica y el tropiezo sobre tropiezo que en algún momento lleva a quien se desestabiliza a pegar la cara contra el suelo han opacado el demasiado extenso arreglo por la deuda, algo que para salir cómo salió bien podría haberse cerrado antes, ya que se hizo casi a gusto y paladar de los inversores. Desde el no hacer, Fernández se niega a explicitar un plan económico integral, lo que pone más luces amarillas en horizonte, ya que el Presupuesto 2021 está construido sobre hipótesis bastante débiles, sobre todo en cuanto al uso de los recursos (subsidios) y como si la cuarentena fuese a terminar mágicamente antes de fin de año.

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