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China rechazó de plano la política de Europa y EE.UU.

JORGE RIABOI Diplomáticoy periodista

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China rechazó de plano la política de Europa y EE.UU.

Si bien China suele incumplir distintos compromisos de política comercial, casi nunca amenaza en vano. El 12 de diciembre, un día después de vencido el plazo de quince años que se estableciera en el Protocolo de su Accesión a la OMC, Beijing objetó legalmente el enfoque que emplean Estados Unidos y la Unión Europea para calcular los precios y el margen de dumping que se atribuye a sus exportaciones, lo que constituye el primer paso de una disputa.

El nuevo desafío se orienta a quebrar la continuidad del uso automático de los datos provenientes de un tercer mercado o mercado subrogante por parte de las naciones que alegan que la facturación originada en China no es confiable, debido a que se halla contaminada por el sistemático uso de subsidios, financiación estatal directa o indirecta, manipulación de insumos y otras distorsiones.

El Wall Street Journal acaba de sostener que las medidas antidumping contra China tienden a verse afectadas por un recargo adicional promedio de un 40% respecto de los niveles que prevalecen para las operaciones de economías tradicionales de mercado. Antes de que este asunto hiciera saltar la térmica en la OMC, Beijing venía tratando de negociar en reserva un coeficiente de distorsión (o fórmula de compensación para economías que no son de mercado) a fin de evitar lo que en estos momentos amenaza con ser un masivo choque de trenes (ver mis notas precedentes en Agenda Internacional y El Cronista).

Ahora la cosa suena mucho peor tras las altisonantes declaraciones del Presidente electo de Estados Unidos Donald Trump. Pero el asunto no debe prestarse a engaño. El conflicto adquirió voltaje en el 2012 bajo la administración de Barack Obama, de manera que difícilmente se podría invocar que fue la llegada al poder del magnate inmobiliario lo que envenena el diálogo bilateral en este capítulo.

El texto y los argumentos del reclamo aún no circularon públicamente en Ginebra. El Ministerio chino de Comercio (Mofcom) parece coordinar estas acciones. Washington y Bruselas habían anticipado oficialmente, bajo diferentes modalidades, que por ahora no veían posibilidad alguna de reconocerle a China el status legal de economía de mercado o de cambiar sustancialmente el trato comercial a sus exportaciones.

A pesar de que el Primer Ministro de Japón Shinzo Abe también se alineó con esa percepción, su país no fue convocado, en esta etapa, a las consultas de naturaleza legal. Tampoco recibieron ‘invitación’ Brasil, Canadá e India que anticiparon conductas similares con lenguaje algo más diplomático. Ello no quita que China u otros Miembros interesados puedan sumar más actores en ese diferendo. Menos de ochenta de los 164 Miembros de la OMC dieron indicios de reconocerle formalmente a China el status legal de economía de mercado. Hasta el momento saber qué se hizo, cómo se hizo y su validez legal no son asuntos ventilados con transparencia, de manera que las cifras de respaldo pueden variar. Australia está entre las naciones que se apuraron a reconocer a China como economía de mercado en el 2006, y hasta suscribió un acuerdo de libre comercio, cosa que no obstaculizó la aplicación de un reciente cargo antidumping a las importaciones de acero originadas en el aludido país.

Al respecto Forbes sostiene que, con el razonamiento de Beijing, no habría base alguna para que existan disputas sobre precios de facturación, en tanto sus representantes alegan que el mero agotamiento del plazo de transición supone la automática graduación de China como economía de mercado. Aunque el Protocolo de Accesión no dice eso, es fácil entender la confusión del país asiático al leer el texto final del Protocolo que redactó el Grupo de Trabajo del que, por un largo período tiempo, formó parte este columnista.

Menos sencillo es resumir el tsunami de puntos de vista que surgieron de los comentaristas del Financial Times, el Wall Street Journal, la Agencia Xinhua de noticias, diversos informes de Hong Kong, Político de Estados Unidos, Le Figaro de Francia y opiniones de think-tanks, donde casi todos confluyen en señalar que, si no hay una fórmula de entendimiento, podemos ir a una colisión explosiva.

Sin duda, el curriculum de China no ayuda a cerrar un buen trato. Entre enero y noviembre de 2016, Beijing recibió 41 investigaciones antidumping como respuesta al ruinoso nivel de precios de sus exportaciones de acero y productos de acero. Desde que se estableció la OMC, en 1995, ese país inspiró unos 1.000 casos antidumping.

En la actualidad China controla, con tácticas de subsidio y precios objetables, alrededor del 50% del mercado mundial del acero y se registran situaciones similares en el caso del aluminio y otros ocho sectores económicos. Además, Washington le imputa a China el 50% de su gigantesco déficit comercial, algo notable si se tiene en cuenta que el principal socio comercial de Beijing es la Unión Europea.

Todo esto suena mal, muy mal, cuando el mundo adhiere, cada vez más, al tipo de soluciones mercantilistas y populistas que llevaron a la Segunda Guerra Mundial. Es una lástima que los historiadores no destaquen a fondo la función distorsiva que desempeñó Washington en materia de proteccionismo en los años 30 (Ley Smoot-Hawley) y, sin ir más lejos, el Buy American de 1933 (Compre Nacional de Estados Unidos).

El propuesto Secretario de Comercio de la administración Trump, Wilbur Ross, a sus casi 80 años dijo que no debería confundirse ‘libre comercio, con comercio bobo’, lo que en algunos aspectos es un buen diagnóstico. Para ello, la nueva clase política de Washington debería entender que, si Estados Unidos sale de la cancha, será Beijing quien dicte las reglas del comercio mundial.