Champions League: cuando la fiesta le gana a la violencia

Seis meses después, en la misma ciudad, un espectáculo deportivo que contrasta con la violencia de nuestra sociedad

Con una enorme sonrisa, que no lograba ocultar su felicidad por la Recopa Sudamericana obtenida por River apenas unas horas antes, Rodolfo D'Onofrio abordó el viernes al mediodía un vuelo con destino a Madrid. A casi seis meses de la histórica final de la Copa Libertadores que consagró al club millonario frente a su eterno rival, Boca Juniors, en un partido inolvidable disputado a más de 10 mil kilómetros de Buenos Aires, D'Onofrio volvía a la capital española para ser testigo -esta vez sin tanta tensión y emociones en juego- de otra final para alquilar balcones: la definición de la Champions Leage.

El aeropuerto de Barajas recibió temprano al presidente de River Plate y a miles de hinchas del Liverpool y el Tottenham. Las pantallas anunciaban la llegada de más de una veintena de vuelos provenientes de Londres y Liverpool en menos de una hora. La marea de camisetas rojas y otras tantas blancas y azules parecía infinita.

A media mañana, con una temperatura que ya rozaba los 30 grados, la misma marea ganó el centro madrileño. Y de a poco el café fue remplazado por litros de cerveza. La 'previa' estaba en plena marcha.

Puerta del Sol a esa altura se había transformado en el principal Fan Fest de la final. En ella pululaban decenas de ingleses deseosos por hacerse de una entrada. "Need tickets" o "Tickets wanted", repetían los improvisados carteles con pobre traducción al español, mientras los efectivos de la policía local se mostraban desvelados por combatir el negocio de la reventa.

Con sus locales abarrotados, los comerciantes también celebraban. Algunos recordaban el 9 de diciembre de la exportada final de la Libertadores como una muestra en pequeño del festejo inglés que ganó el fin de semana madrileño.

El desenlace español del más histórico superclásico argentino fue la insólita solución que halló la Conmebol para garantizar una definición ya empañada por la violencia. El partido original que debía alumbrar al súper campeón, ese fatídico 24 de noviembre en el Monumental de Núñez, fue una foto triste, toda una muestra de cómo el fútbol en la Argentina suele devenir en un escenario de barbarie con más empeño que en un horizonte de celebración. El ataque al ómnibus que trasladaba a los jugadores de Boca Juniors, las golpizas y robo de entradas a los simpatizantes de River por parte de los barra bravas que ganaron las inmediaciones del estadio y una sensación de zona liberada con fuerzas de seguridad que jamás estuvieron a la altura de lo que el espectáculo demandaba dieron forma a un cóctel explosivo que, cómo era de esperar, culmino de la peor manera. En las antípodas de una fiesta, ese fue un sábado de frustración, violencia, angustia y temor. Los 70 mil hinchas que colmaron entusiastas el Monumental como aquellos que se prepararon para los festejos en bares o en la intimidad de sus cuatro paredes, todos se quedaron con las manos vacías.

La fiesta inglesa del sábado en Madrid fue la contracara de todo eso. Pese a la abundante cerveza, la comunión entre los simpatizantes del Liverpool y el Tottenham era palpable en las calles, en los bares y en las cercanías del estadio Wanda Metropolitano, en las afueras de la ciudad, donde se disputó el partido que finalmente consagró a los dirigidos por Juegen Klopp por 2 tantos contra 0. Las imágenes de las dos hinchadas compartiendo los mismos espacios en la previa a la definición se replicaron luego hasta bien entrada la madrugada. Con los simpatizantes de camisetas rojas sumándose a los cánticos con que los hinchas del Tottenham agradecían la labor de su DT, el argentino Mauricio Pochettino.

El domingo amaneció con la continuidad del tan argentino "Olé, olé, ola" gritado por los rezagados fanaticos del Liverpool que deambulaban por las calles y parecían resistirse a terminar con la fiesta en Madrid. Con alegría rebosante un grupo cantaba detrás del Mercado de San Miguel, cerca de Plaza Mayor: otra sonrisa se le escapaba a D'Onofrio, que los observaba desde el interior de un restaurante. Sana envidia.

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