Lunes  19 de Marzo de 2018

¿Cambio de rumbo económico?: ahora no puedo, hay elecciones en 2019

¿Cambio de rumbo económico?: ahora no puedo, hay elecciones en 2019

Condenados al éxito: el caballo delante del carro y un permanente relato con renovación bianual. Enfrentamos nuestros múltiples dramas con una sociedad ausentemente miope, una oposición convenientemente desmemoriada y un oficialismo que con el correr del tiempo se percibe como más cómodo en la provisión de populismo electoral. Parecería que sólo nos animamos a alternar entre distintas versiones de la misma mediocridad esencial aspecto que explica la invariancia de los logros finales pero tranquilos. Se viene el Mundial de Rusia, salimos campeones mundiales de fútbol y con eso se arregla todo. Y aquí estamos otra vez, con una ciudadanía que detesta a la inflación y al endeudamiento pero que defiende a un estado todopoderoso, magnánimo y deficitariamente implacable a la hora de destruir riqueza privada. Moldear al político de turno debería ser nuestra responsabilidad, esperar un cambio espontaneo desde ellos mismos resulta en la más ingenua de todas las utopías, pero para ello se requiere de una sociedad madura e inteligente que claramente no sabemos ser. Estos personajes, principales beneficiarios de un sistema que exprime hasta la asfixia al ciudadano privado, son los grandes defensores del status quo, dame a un político y habré encontrado entonces la certeza del no cambio. En 2015 me relataron que se venía una transformación histórica nunca vista antes a lo largo y a lo ancho de la inmensidad de nuestra llanura pampeana, sin embargo, a mediados del 2016 comencé a escuchar que como se aproximaban las elecciones del 2017 había que acelerar la maquinaria populista y dejar lo que importaba para otro momento. En 2017 el oficialismo tuvo una contundente victoria electoral y entonces esperanzado me dije: “el cambio se viene ahora, preparémonos para una secuencia rotunda de reformas estructurales”. Sin embargo, pasó el año y en vez de un paquete reformista me encontré con el impuestazo a la renta financiera y con la sorprendente conferencia de prensa del 28 de diciembre, momento a partir del cual dijimos adiós a la desinflación y a la credibilidad del BCRA, observamos un dólar devaluándose 10% y un castigo generalizado a instrumentos de renta fija argentinos. Da pena observar tanto déficit cuasifiscal y tanto endeudamiento externo para concluir en una política antiinflacionaria que no resultó. Los bonos de duration media están 5% abajo y los largos 10% negativos, describiendo a un mercado que de repente cuestiona: ¿serán solventes a un lustro vista? Y en marzo del 2018 ya empiezo a escuchar otra vez un concepto redundantemente familiar: “ahora se vienen las elecciones del 2019”, lo cual me hace suponer que observaremos nuevamente una larga secuencia de meses en donde el populismo blando intentará conservar el bastión más sagrado de todos: el enorme, densamente poblado y peronista, Conurbano bonaerense, principal beneficiario de la reforma tributaria que financia el resto del país. Veo frustradamente otra vez más, que el debate de la cosas que importan sucumbe ante las necesidades de la coyuntura y quizá la primera víctima que estamos observando pero no la única, es la desinflación que no pudo ser. El riesgo es que muchas otras cosas podrían ir deteriorándose a lo largo de los próximos años hasta llegar al más incómodo de todos los estadios: estrangulamiento externo. Entonces, dado que no estamos haciendo cosas muy distintas a las del pasado: ¿por qué esperar hoy resultados drásticamente diferentes? Y con esta pregunta involucro a todos, no sólo al gobierno, sería muy cómodo y exonerante cargarle a un reducido grupo escaso de convicción, la responsabilidad de un siglo de errores. Noto a un peronismo “sumamente consternado” por el déficit fiscal y la pobreza y me permito entonces preguntar: ¿y ustedes qué hicieron cuando estaban al mando o a la miseria la trajo en 2016 una cigüeña llegada de Paris? La amplia mayoría del tiempo democrático desde 1983 estuvo a cargo del peronismo: ¿les parece razonable entonces hablar en tercera persona como si fueran ajenos a la realidad que hoy padecemos, qué tal si prueban en cambio con un paso adelante y un poco de respetuosa dignidad? Y a los argentinos me permito comentarles: si en 2011 votaron peronismo kirchnerista al 54%, despilfarrando una soja en 600 y un mundo de tasa cero, ¿de qué se quejan ahora, creían que convalidar populismo extremo sería gratis?

Elecciones cada dos años genera efecto perverso: el corto plazo siempre se antepone a lo relevante. Alguna vez deberemos enfrentar lo pobres que hoy somos y actuar en consecuencia, negar la realidad como hay hacemos, sólo agravará el dilema. La Argentina de hoy, exhibe inconsistencias en múltiples dimensiones tales como pobreza, déficit educacional, sobre-regulación económica, asfixia tributaria, falta crónica de competitividad, inflexibilidad laboral, bajísima productividad promedio. Todos estos problemas requieren decisiones audaces de largo aliento. La inmediatez de la coyuntura siempre nos nubla el árbol y al final de cuentas los variados problemas que padecemos requieren de un consenso que considere: a) definición de los cuatro principales dramas, b) 30 años para resolverlos, c) bajar la ansiedad y dejar de esperar resultados libres de costos. Nuestro sistema electoral es totalmente incompatible con lo que necesitamos, e incentiva al político de turno a que alimente su ansiedad y la del resto de la sociedad entregando pequeñeces populistas de corto plazo principalmente alimentadas por shocks keynesianos de gasto público que generan efímeros rebotes de consumo. Venimos intentando fallidamente esto desde hace más de siete décadas y no aprendemos, volvemos otra vez a lo mismo y mientras tanto, la economía argentina sigue retrocediendo. Los saltos de consumo generan la errónea sensación de que lo peor ya pasó, dan felicidad electoral por un lapso y luego ocurre lo de siempre: el largo plazo te viene a golpear la puerta y nos damos cuenta que se fue otro mandato y seguimos siendo el mismo país inviable de siempre. De esta forma, deambulamos entre relatos bíblicos con distintos niveles de populismo, todos al final de cuentas incapaces de resolver lo que importa y la clase política en Argentina, principal beneficiaria de este perverso sistema bianual de elecciones, no tiene incentivos para cambiarlo. Resulta sumamente frustrante observar que se nos va pasando el tiempo y sin embargo, nada se transforma de manera relevante.

¿Sin crisis inmediata pero eternamente pobres? Hace cien años nos comparábamos con Europa, hoy con suerte le empatamos a África. En este contexto y a pesar de todo, si el mercado global aguanta, resulta improbable una crisis económica en la Argentina de los próximos cinco años, lo cual puede entenderse como una buena noticia en lo inmediato pero a la vez, como un permisivo disfraz capaz de ocultar efímeramente una serie de distorsiones que podrían asfixiarnos otra vez. Habrá financiamiento por largos años y mientras haya billetera la Argentina en vez de corregir sus múltiples dilemas seguirá financiando populismo, presa de una restricción electoral que permanentemente nos obliga al corto plazo. Me pregunto si el 30% de pobreza no habrá definido ya un equilibrio social, político y económico del cual no podamos escapar jamás, una perversa trampa dinámica que siempre nos succiona al punto de partida. Tal como muestran las últimas siete décadas, quizá nuestro estado estacionario sea uno en donde nos empobreceremos implacablemente a lo largo de los años, sin escapatoria posible. El primer paso para evitarlo sería concientizarnos de lo sumamente pobres que hoy somos, de lo crítico que es el estado de las cuentas públicas y del fenomenal cambio de actitud que se requiere de parte de cada uno de nosotros: los siempre ausentes argentinos. No creerle a los políticos que hoy auguran bienestar, sería un buen comienzo.

Nuestro dilema: asumir el costo de la corrección o chocar violentamente contra una columna cada 15 años. Somos una sociedad que de crisis lo sabe todo, pocos países en el mundo experimentaron lo que nosotros aceptamos casi con incomprensible normalidad. Los dos eventos que resumen nuestra bipolaridad fueron la hiperinflación del 89 y el default del 2001. Los colapsos así de catastróficos no ocurren de un día para el otro y por lo tanto van dando señales a lo largo de años anteriores al evento. En esas pequeñas ventanas de tiempo, la sociedad argentina se enfrentó a la decisión de absorber el costo de la corrección o arriesgarse a otra crisis brutal y claramente, siempre decidimos por lo segundo. Y aquí estamos otra vez, seguimos gastando de más, venimos endeudándonos a una tasa que me quita el sueño y parecería que ahora armamos un combo simultáneo de dos errores anteriores: financiamos el déficit un poco con inflación y otro tanto con endeudamiento externo. Todos estamos ansiosamente festejando un efímero rebote que hará ganar las elecciones al oficialismo para el 2019 pero nuestro país seguirá siendo casi tan inviable como en 2015.

La parsimonia y la subestimación de los dos trenes. Si este experimento de populismo blando sale mal, corremos el riesgo de que se venga la versión más extrema del populismo, de ahí mi recurrente súplica hacia la urgencia de soluciones de fondo. Primer tren: el modelo económico muestra una tendencia al estrangulamiento crónico. Todo avance en metas de déficit primario será probablemente consumido por los intereses de la deuda. Lo único que destrabaría esta perversa dinámica es una secuencia contundente de crecimiento, lo cual a la vez, es altamente improbable dado que las urgencias electorales del corto plazo impiden las reformas necesarias para eliminar nuestras inconsistencias microeconómicas. Segundo tren: suponer que el peronismo va a seguir así de inactivo hasta la eternidad es la mayor de las ingenuidades. Si bien para el 2019 el oficialismo ganará con facilidad, la Argentina ignorada del largo plazo nos enfrentará con un segundo mandato en donde todo lo no hecho hasta la actualidad nos comenzará a pasar factura y probablemente se hará presa de una economía que no estará ni cerca de rebotar a las tasas que necesitamos. El entorno de permanente mediocridad económica le dará al peronismo la chance que hoy todavía no tiene. Probablemente nos encaminemos al 2023 en donde los años perdidos no habrán sido cuatro, sino ocho, más del 10% de una vida humana promedio. ¿Será entonces que se viene otra vez un nuevo relato: el cambio comienza en 2021?

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