Buenos Aires, frente al desafío de la movilidad autónoma

El automóvil fue el vector central de la utopía urbana del siglo XX. Determinó gran parte de la vida económica y forjó un amplio conjunto de normas, prácticas, comportamientos, exigencias y fantasías. El culto de la libertad, la velocidad y el bienestar que la movilidad individual suponía, cambió por completo la forma de hacer ciudades, fomentando la expansión urbana de baja densidad, junto con una fuerte inversión en infraestructura vial.

Las consecuencias están a la vista: congestión, contaminación, accidentes viales y una colonización del espacio urbano en detrimento de otras formas sustentables de movilidad. En un contexto de fascinación creciente con el desarrollo de los vehículos autónomos y conectados (VAC), vale preguntarse: ¿Son la solución a los problemas de movilidad, como plantea parte del complejo tecnológico-industrial que los sustenta o generarán que esos problemas se profundicen?

En principio, ni una cosa ni la otra. Por un lado, el desarrollo de la movilidad autónoma promete dos efectos positivos: una baja sustancial en la accidentalidad por la eliminación del factor humano y una mayor accesibilidad para personas con movilidad reducida.

Por otro lado, la autonomización hará bajar el costo de la movilidad individual. Y sabemos que, casi siempre, cuando el precio de un bien baja aumenta su demanda, previéndose un mayor uso del automóvil. Esto tendrá efectos negativos en términos de calidad del aire y congestión vehicular, agravando los problemas que hoy ya sufren las ciudades.

En Buenos Aires, donde el transporte público viene perdiendo participación frente al automóvil desde hace décadas, la llegada de los VAC puede profundizar un modelo de desarrollo urbano insostenible. Mientras en el mundo desarrollado los VAC son objeto de primer interés de las agencias de planificación y la academia, el rezago que se observa en Latinoamérica para entender sus efectos en el contexto regional es inquietante, ya que nuestras ciudades presentan dinámicas de informalidad, déficit de infraestructura, debilidad institucional e inequidad. En este sentido cabe destacar la iniciativa de la Universidad Torcuato Di Tella y AC&A en la que participan expertos de distintas disciplinas para estudiar las implicancias de los VAC en la región.

A modo de pistas para comenzar a pensar posibles respuestas a la indefectible irrupción de los VAC en el futuro, resulta clave que las agencias regulatorias hagan foco en dos tareas: anticipación y coordinación.

Anticipación para complementar el transporte público masivo, resolviendo la llamada "última milla", y como modo de transporte de punto a punto entre zonas de baja demanda. Habrá que fortalecer el sistema de trenes, subtes y buses con infraestructura dedicada para fomentar la intermodalidad con el VAC cuando no sea posible caminar o pedalear a destino. Luego, se deberá desalentar el modelo actual de "1 hombre, 1 auto" para que se traslade a un modelo de "1 hombre, 1 VAC", mediante una política de fomento de la movilidad compartida, como carpooling y flotas tipo Uber o Cabify.

Coordinación porque la movilidad no puede planificarse sin una mirada del territorio dado que los movimientos de las personas no saben de límites jurisdiccionales. Si bien la autonomización representa un cambio tecnológico disruptivo que genera fascinación, también plantea nuevos desafíos.

Autónomos, eléctricos, compartidos o no, los VAC siguen siendo automóviles y, como tales, deben ser siempre la última prioridad del sistema de movilidad si queremos construir ciudades más sustentables.

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