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Buenos Aires, a contramano del mundo

Brian Tolkin me recibe en remera, bermudas y ojotas. Tiene apenas 25 años y es el creador de UberPool, el servicio de viajes compartidos de Uber que permite que varios pasajeros que van a una misma zona compartan el viaje a cambio de un precio menor que la tarifa habitual.
Estamos en las modernas oficinas centrales de Uber en San Francisco. Parece una Universidad privada.
Me cuesta encontrar entre los empleados que van y vienen con sus laptops a personas de más de 40 años. Hay auriculares, sillas y alfombras de diseño, pantallas enormes con mapas satelitales con miles de autitos que se mueven en tiempo real. Muchas heladeras con comida y bebidas, grandes mesas, paredes de vidrio, ropa cool.
UberPool se estrenó en San Francisco y ya representa en esta ciudad la mitad de los viajes de Uber. Funciona en otras 18 ciudades como Los Ángeles, Nueva York y Beijing. "Esperamos que el servicio mejore el índice de ocupación de los vehículos, ayude a reducir el número de coches en las calles y la contaminación", explica Tolkin.
Y se expande con velocidad. En enero fue lanzado en Ciudad de México, la primera de Latinoamérica en estrenar el servicio. La ciudad es la tercera operación de Uber en el mundo (detrás de EE.UU y China) con más de 1.200.000 usuarios registrados y casi 50 mil conductores.
Los números son optimistas: la modalidad Pool ya representa el 15% de los viajes. Ahora ya se usa en Bogotá, Guadalajara, San Pablo y Río de Janeiro.
El 90% del tiempo los auto particulares están estacionados, ocupando espacios valiosos. Y la mayoría de los que circulan por las calles de las grandes ciudades lo hacen con una sola persona.
Esto tiene costos altos: congestiona el tráfico (tardamos más en ir de un punto al otro), gastamos nafta y además contamina el aire.
"Fuimos primero a México porque la ciudad es enorme, hay mucha congestión de tránsito y eso genera contaminación. Por eso nos entusiasma mucho poder aportar soluciones a todos estos problemas y que los mexicanos sientan que pueden tener una ciudad mejor", explica Tolkin. Detrás de México largaron San Pablo y Santiago de Chile.
La movilidad urbana está en un proceso de cambio constante. Cada vez más suena la idea de no tener auto propio y compartirlo con desconocidos. Como Spotify, que no necesitamos comprar discos para escuchar música. O Netflix con las películas.
General Motors lanzó Maven (mavendrive.com) que, a cambio de una membresía anual, ofrece un auto listo para usar cerca de donde estemos. La llave es la aplicación del celular y el auto se usa hasta el destino que el usuario quiera. Muy similar a Carrot, que ya funciona en México.
La otra idea es la de los autos autónomos. ¿Para qué manejar? Los expertos aseguran que la generación actual de chicos será la última que aprenderá a manejar autos como una materia obligada.
Mientras Uber ya funciona en más de 400 ciudades del planeta y otras empresas similares (como Lyft) comienzan a competir con servicios similares, en Buenos Aires fue declarada ilegal por las autoridades del gobierno porteño.
A contramano del mundo. La presión política de los gremios de los taxis se hizo sentir, paralizando (ilegalmente) el centro de la ciudad con un par de marchas bajo la fascista consigna. "Fuera uber".
Las tarjetas de crédito locales como VISA y Amex anularon el uso de la aplicación y el servicio, al mes de su desembarco, quedó reducido a unos pocos usuarios que pagan con tarjetas internacionales.
Los taxis prometieron modernizarse pero hasta el momento solo fue anunciada una app para celulares (BA Taxi) que todavía no funciona y la incorporación de posnet para que el pasajero pueda pagar con tarjeta de crédito y débito.
Pero por ahora lo tendrán apenas mil unidades, de un total de 30.000 que hay en la ciudad.
Demasiado poco para un sector clave como el del transporte, en constante innovación. Y muy poco para una ciudad como Buenos Aires, que supo estar a la vanguardia del transporte público con el tranvía (1863) y el colectivo (1928).
Ojalá que los funcionarios porteños estén a la altura y puedan volver a subirnos al tren que nos lleve al futuro.

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