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Brasil y Argentina en el jueguito del ‘Don Pirulero’

JORGE RIABOI Diplomático y periodista

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Brasil y Argentina en el jueguito del ‘Don Pirulero’

Aunque el 24 de enero la Corte Suprema confirmó que el gobierno va a necesitar autorización del Parlamento para negociar el Brexit, el martes 17 Theresa May, Primer Ministro del Reino Unido, había adelantado, en el Foro de Davos, las ideas que llevarán sus representantes al proceso destinado a terminar la membresía británica en la Unión Europea (UE).

También describió el nuevo perfil de acuerdo que intenta conseguir para que no se pierdan los amplios lazos de comercio, inversión y cooperación tecnológica alcanzados en más de 40 años de vida en común. Su mensaje irradió gran flexibilidad a la hora de discutir el cómo lograr tales objetivos. La visión encaja con el escenario que vaticinó 6 meses atrás el Canciller de Brasil, José Serra, quien, tras los resultados de la consulta popular sobre el Brexit mencionó el firme deseo de suscribir un nuevo acuerdo bilateral sobre comercio e inversión con Londres.

Desde entonces brotaron por doquier mensajes similares de China, los Estados del Golfo, Australia, Nueva Zelandia, India y EE.UU (aunque la señal no vino de Barack Obama, sino de Donald Trump).

Quizás esas y otras novedades incidieron sobre la declaración que hizo la Canciller Susana Malcorra el 18 de enero en Davos, al diario El País de Madrid. Allí destacó que el gobierno del Mauricio Macri podría seguir los pasos de Brasil cuando entre en vigor el acuerdo de desvinculación que conciban el Reino Unido y la UE, un enfoque temporal que sólo da fundamento técnico a la ausencia argentina en la lista de contrapartes interesadas detallada por May. Tal nómina incluye nada más que a los gobiernos que quieren formalizar una nueva relación contractual con ese país, ya que el mercado británico sólo absorbe el 1,5% de las exportaciones totales de nuestro querido vecino.

En columnas previas se destacó que una de las decisiones iniciales del Brexit se orientó a prohibir que las partes mantuvieran contactos formales o informales con terceras naciones hasta tanto no sean aprobados, y comiencen a aplicarse, los términos del ‘divorcio’. A esta altura nadie parece recordar ni tomar muy en serio esa clase de reglas. Los países adhieren a la versión moderna del ‘cada cual atiende su juego’. Ahí calza bien el ‘América primero’ que acaba de parir Trump, el nuevo y peculiar inquilino de la Casa Blanca. En ese marco tampoco suena ilógico ver al presidente chino Xi Jinping ejerciendo como campeón del libre comercio y defensor de la OMC en los foros de Davos.

Para los miembros del Mercosur jugar al don Pirulero o al ‘llanero solitario’, la vieja costumbre de cortarse solos con o sin real necesidad, supone una histórica virtud. Hay tantos pecados y pecadores que, después de protestar, nadie va a la plaza a tirar la primera piedra.

El mensaje que dejó May a los líderes en Davos contiene muchas referencias de gran interés para los hacedores de política. En primer lugar formuló repetidas advertencias acerca de que el Reino Unido desea salir por completo de la UE y no espera quedar atado a las reglas de esa unión económica, ni intenta copiar las disposiciones de los acuerdos bilaterales suscriptos por países como Suiza, Noruega o Turquía. Aunque Londres desea retener las reglas que sean funcionales a su política, ello siempre ocurrirá dentro del marco jurídico y la tradición del Reino Unido. En algunos de sus planteos, May reveló cierta confusión o ignorancia acerca de las reglas de la OMC.

Una vez producido el divorcio de Europa, y cortado el vínculo con las obligaciones sobre inmigración y con el resto de la ley regional, el Reino Unido habrá de buscar un nuevo acuerdo de libre comercio que le reconozca plena facultad para negociar sin permiso acuerdos de comercio e inversión con terceras naciones. Los expertos (ECIPE por ejemplo) opinan que armar este paquete puede requerir 8 a 10 años de negociación seria e intensa.

Según May, el futuro acuerdo con la UE deberá facilitar la consolidación de Londres como plaza financiera internacional (especula con recibir una parte sustantiva de los capitales chinos) y no quedar sujeto a la disciplina de un arancel externo común. Sus disposiciones tendrían que eximir al Reino Unido de efectuar aportes al presupuesto de la UE, salvo las contribuciones destinadas a financiar caso por caso los programas voluntarios que sean de interés para las partes.

El enfoque se sustenta en el cumplimiento de 12 objetivos, como el destinado a brindar ‘certeza y claridad’; asegurar el control de la ley británica; fortalecer el liderazgo del Reino Unido con la intensa participación de Escocia, Irlanda del Norte y Gales; mantener el área de tránsito con Irlanda; control nacional de la política inmigratoria; asegurar los derechos y el fácil acceso de los nacionales de la UE en el Reino Unido y de los ciudadanos británicos en la UE; protección de los derechos laborales; libre comercio con la UE; absoluta libertad para suscribir acuerdos de comercio e inversión con terceros países y territorios aduaneros; preservar su condición de territorio de excelencia en materia de ciencia e innovación; continuar la cooperación en la lucha contra el crimen y el terrorismo y conducir un Brexit ordenado y sin estridencias.

Todo esto no parece impresionar a sectores en los que se maneja el financista George Soros, quien insiste en pronosticar que a May no le queda mucha cuerda política.