Brasil está decidido a ser competitivo mucho más rápido que la Argentina

Brasil sigue siendo un país complejo para decodificar. La mayoría de los argentinos lo identifica como el destino favorito de aquellos que sueñan con vacaciones en aguas cálidas y el rival eterno en el fútbol mayor. Pero a nivel político y económico, sus señales son más difíciles de leer. Porque sus instituciones tienen una autonomía de vuelo muy diferente de la que se aprecia en estas tierras: el Poder Judicial se animó a enjuiciar a buena parte de su clase dirigente y empresaria por corrupción y a encarcelar a un ex presidente como Lula Da Silva, que tuvo (y conserva) picos altos de adhesión; el Congreso que acompañó al saliente Michel Temer votó una audaz reforma laboral y el actual se animó a romper el tabú y darle media sanción a la reforma previsional impulsada por Jair Bolsonaro, mandatario que a seis meses de asumir atraviesa su nivel más bajo de popularidad.

Es cierto que muchas circunstancias problemáticas se resolvieron de forma diferente, con lo cual esa divisoria de aguas parece justificada. Brasil tuvo muchas crisis económicas y políticas; cambió varias veces su moneda, pero nunca defaulteó ni tampoco puso a su sistema financiero al borde del precipicio. Tampoco hay amor por el dólar, con lo cual el real sigue siendo un instrumento válido para ahorrar y para financiar al Estado, lo que desengancha al país de una de las trampas más problemáticas que sufre la Argentina. Y hay un debate político mucho menos atomizado, en el que pesan más los proyectos de país que la opinión que traducen las encuestas.

Toda esta explicación, sin embargo, no deja de ser un ejercicio intelectual. Lo que no debe pasar por alto la dirigencia política local es la velocidad y el rumbo con el cual se mueve el principal socio del Mercosur, en tiempos en los que se abre la puerta a un comercio más libre con Europa. La reforma previsional es una asignatura ineludible para todas las naciones que tienen algún tipo de régimen jubilatorio administrado por el Estado, porque la mayor expectativa de vida de la población y la caída en el número de aportantes al sistema (por menor natalidad o ingreso tardío al mercado laboral) crea una amenaza real al gasto de todos los gobiernos, cualquiera sea su signo político.

La Argentina se comprometió a discutir este tema cuando aprobó la denominada Ley de Reparación Histórica, la misma que habilitó el blanqueo de capitales para saldar los miles de juicios que cajoneó por años la ANSeS para no pagar la deuda acumulada por los jubilados. No es un debate fácil ni agradable, porque obliga a priorizar entre el presente y el largo plazo. Pero en algún momento hay que empezar. Brasil ya lo hizo. Los diputados y senadores que entren el 10 de diciembre tendrán la palabra.

 

 

 

Brasil tuvo crisis pero no defaulteó. Tampoco hay amor por el dólar, lo que le evita problemas mayores

 

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