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Bolsonaro y el futuro de la tradición diplomática de Brasil

Bolsonaro y el futuro de la tradición diplomática de Brasil

La política internacional no suele tener un impacto sustancial en las campañas electorales del Brasil tal como lo reflejan las pocas referencias concretas de la mayoría de los candidatos principales.

Desde el retorno a la democracia en 1985, las relaciones exteriores han sido primordialmente materia de expertos más que de debate público. En general la burocracia hermenéutica de Itamaraty ha sido exitosa en evitar pronunciamientos estridentes que pudieran comprometer visiones geopolíticas. Sin embargo, algunas manifestaciones de uno de los candidatos mejor ubicado en las encuestas de opinión parecen alterar, en principio, ese esquema.

Un ejemplo son algunas manifestaciones del diputado Jair Bolsonaro que resultan poco convencionales e incluso desconcertantes conforme a la tradición diplomática del Brasil.

Nunca antes un candidato presidencial había insinuado la posibilidad de salir de las Naciones Unidas cuando el proyecto estratégico de las últimas décadas había sido obtener un sitial permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización.

Una manifestación altisonante también la tuvo respecto al Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), piedra angular del propósito universal de la no proliferación del armamento nuclear y que repercutiría en el sistema bilateral con Argentina (ABACC) de contabilidad y control del material nuclear. En otro ejemplo de expresiones poco habituales podría mencionarse la intención de cerrar la Embajada de Brasil en Palestina, revisar la relación con China como las referencias genéricas de reducir el comercio con países considerados como dictaduras sangrientas.

Si bien algunas consideraciones polémicas de Jair Bolsonaro permitirían interpretar un giro de criterios diplomáticos históricos, puede no ser el caso. En lo sustantivo es probable que, de ser electo, no haya cambios radicales y que mantenga las guías básicas que han caracterizado a la diplomacia del Brasil desde la impronta del Barón de Rio Branco.

También quizás introduzca conceptos de la gestión del Canciller Oswaldo Aranha, en particular con relación a Estados Unidos. Asimismo, ciertas referencias nacionalistas, Brasil encima de todo, y la insistencia en el uso del concepto de América del Sur, permiten pensar que la diplomacia regional ocuparía un lugar prominente pese al desinterés expresado por el Mercosur e ideas integracionistas y que raramente haya mencionado a la Argentina u otro país de América Latina en las alocuciones públicas. Tampoco nociones que hagan referencia a alianzas estratégicas.

Las numerosas urgencias y necesidades que enfrentará el próximo ocupante de Planalto pueden provocar, sea quien sea el que resulte electo en una segunda vuelta, una revisión detallada del papel de Brasil en América Latina y en el mundo.

También del histórico piloto automático conducido por Itamarty. Dos cuestiones podrían apuntar en esa dirección. Una, por las derivaciones del uso de obras de infraestructura como punta de lanza de la diplomacia regional. Otra, por el resultado de algunas banderas centrales como la reforma del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, los BRICS y, entre otros, la misma integración en América del Sur.

Es de esperar que en ese eventual proceso de reacomodamiento de objetivos y propósitos de política exterior, prevalezca siempre un Brasil integrado al mundo, profundizando las oportunidades del Mercosur y la cooperación regional, reforzando la paz y la no proliferación de las armas de destrucción masiva, la democracia y los derechos humanos.

Existen expectativas razonables, en base a la historia diplomática del Brasil, de que ese será el caso.

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