Bases para una relación productiva con EE.UU.

A escasos días de que comiencen las elecciones primarias en los Estados Unidos, que definirán los candidatos republicanos y demócratas para dirimir la elección presidencial del 3 de noviembre, resulta un buen momento para repasar algunos aspectos centrales de nuestra relación con el país de Norteamérica.

Un vínculo que goza en la actualidad de un intenso flujo de visitas oficiales de funcionarios y giras de hombres de negocios en ambos sentidos, dando cuenta los valores compartidos e intereses comunes entre ambos países.

En el plano económico, la principal fortaleza del vínculo bilateral reside en la presencia relevante e histórica de las compañías americanas que operan en la Argentina, responsables de las principales inversiones y la generación de fuentes de empleo de calidad.

En este sentido, desde hace varias décadas, los Estados Unidos lideran la inversión extranjera directa, acumulando un stock de u$s 15.200 millones, según datos oficiales, en sectores estratégicos tales como manufacturas industriales, banca financiera, consumo masivo, telecomunicaciones, servicios del conocimiento, petróleo y gas.

Un párrafo aparte merece el rol que los Estados Unidos pueden jugar para colaborar con los esfuerzos del nuevo gobierno en pos de aliviar la carga de la deuda contraída con el Fondo Monetario Internacional y otros fondos por la deuda soberana y sub-soberana.

Será necesario a tal fin, estabilizar rápidamente las variables macroeconómicas y proponer un plan económico integral para el crecimiento con inclusión que asegure, no solo la recuperación sostenida de nuestra economía, sino también garantice contar con los recursos financieros necesarios para poder hacer frente a la cancelación de la deuda renegociada.

Son varios los elementos que muestran a los Estados Unidos dispuestos a colaborar en dicha tarea. La vocación por el diálogo con las nuevas autoridades argentinas para la construcción de una relación con mutuos beneficios, o la exclusión de nuestro país del aumento de hasta un 25% de los aranceles a las importaciones de productos derivados del acero y aluminio, resultan algunas de las señales positivas en este sentido.

Si bien percibimos un fuerte compromiso manifestado por la Administración Americana, existen instituciones políticas y privadas de los Estados Unidos que aun encuentran dificultades para identificar cuál será la orientación de la política internacional y económica de la Argentina.

Se suceden las consultas de las casas matrices de nuestras empresas socias sobre la situación de instrumentos de gestión poco frecuentes, como las políticas anti-inflacionarias o de control de precios o espacios de góndola, la administración del comercio o la rigidez en los controles de capitales.

Aspectos que contrastan de manera manifiesta con las oportunidades que nuestro país les ofrece, como el desarrollo del sector energético, las economías del conocimiento, las telecomunicaciones o la agroindustria.

Solamente esperan señales un tanto más claras, que den previsibilidad a futuro en las reglas de juego o de elementos para identificar opciones de inversión, ya sea en el corto o mediano plazo.

En síntesis, frente a una situación social y económica compleja, la administración de Alberto Fernández deberá convivir en su primer año de gestión con el clima de campaña electoral en Washington. Algo para nada menor, pues subestimar este contexto podría conducir a dar pasos en falso, poniendo en riesgo los diálogos diplomáticos y comerciales del más alto nivel.

En este contexto, seria clave para el gobierno argentino movilizar los andamiajes del estado en pos de garantizar condiciones de previsibilidad y seguridad jurídica, pilares de una política económica abierta al desarrollo y a la innovación. Como cámara bilateral nos presentamos como colaboradores permanentes a nuestro gobierno para el cumplimiento de tales objetivos.

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