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Avatares psicológicos de Macri y Cristina

Imagen de GISELLE RUMEAU

GISELLE RUMEAU Subeditora del 3Días

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Macri_Cristina

Macri_Cristina

Cierre los ojos. Concéntrese e imagine la siguiente escena: Mauricio Macri y Cristina Kirchner recostados en un diván, moqueando con pañuelos de papel tisú ante las orejas gigantescas de sus respectivos psicoanalistas. Eso sí, trate de no reírse. ¿Lo logró?

Pues bien, si usted está del lado anti K de la grieta, seguramente le será difícil pensar a la ex mandataria como una mujer dispuesta a revelar sus miserias y debilidades a un extraño. Y quizá esté en lo cierto. No hay registro público de que Cristina haya pasado alguna vez por el consultorio de un analista.

Macri, en cambio, no tiene pruritos a la hora de confesar que ha sido un paciente conspicuo para poder deshollinar su cabeza. No tanto por el trauma que le provocó estar encerrado en un ataúd o encadenado en una caja pequeña durante su secuestro de catorce días en 1991 como por el peso de los ninguneos que le profirió desde siempre papá Franco, al menos hasta el ballotage de noviembre pasado.

Ahora relájese y déjese llevar por la magia del juego. ¿Cuál cree que sería el diagnóstico de los profesionales sobre el Presidente y su antecesora?

De Cristina se ha dicho de todo. A simple vista, podría arriesgarse que sufre un caso clásico de megalomanía, un trastorno por el que el individuo tiene un concepto grandioso de sí mismo que lo lleva a alterar la realidad. El megalómano es un narcisista con delirios de grandeza. Se cree por encima de todo y de todos, fenómeno que lo lleva a poner su libido en emprender las más difíciles de las batallas. Por eso, la megalomanía está siempre asociada al poder, a líderes religiosos y políticos autoritarios que por su alta estima terminan creyendo que el mundo está poblado de enemigos conspirando para su aniquilación.

La causa de ese mal sería la depresión. La manía siempre es producto de una defensa. En lenguaje simple, el origen tiene que ver con el vacío o la carencia sufrida en los primeros vínculos de la infancia. Y el pensamiento inconsciente de un megalómano sería algo así: si hay angustia que no se note y por eso la reemplazo por la euforia.

Son varios los ejemplos que sostendrían este cuadro en la ex presidenta. Cuando ya estaba fuera del Gobierno, el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández nos reveló a unos pocos periodistas que en la madrugada del 17 de julio de 2008 en la que el entonces vicepresidente Julio Cobos lanzó su voto no positivo contra las retenciones móviles agropecuarias, Cristina entró en shock y se encerró en su cuarto por varias horas. Del otro lado de la puerta, Néstor Kirchner gritaba como un loco. No veía la ‘traición‘ de Cobos sino como una revelación que anunciaba el inicio de un proceso oscuro sobre el gobierno, sugestión que se acrecentó con la muerte de su mejor amigo y testigo de su casamiento, el diputado provincial Oscar ’Cacho’ Vázquez, ocurrida apenas unas horas después.

“Nos vamos a la mierda. Esto es una señal, un aviso de Cacho de que nos tenemos que ir”, gritaba desquiciado.

Era tal el pavoroso delirio que Fernández tuvo que llamar al entonces presidente de Brasil, Lula da Silva, para que interviniera, hablara con Kirchner y derrotara su obstinación. Cosa que logró. Pero a Cristina le costó varios días recuperarse. Cuando por fin se levantó de la cama, lo hizo con ese entusiasmo desbordante, con la euforia típica de la manía, dispuesta a hacer tronar el escarmiento, con las consecuencias que todos conocemos.

Hace unos días se repitió el cuadro. La escandalosa afición de José López por los revoleos de bolsos repletos de dólares la volvió a sumir en la depresión. Gritó, pataleó, dio órdenes a la poca tropa que le queda y se volvió a tirar en la cama. Obligada por la justicia, debió dar la cara a la prensa esta semana y, en plena manía, insultó a Margarita Stolbizer, visitó la redacción de Tiempo Argentino como si no tuviera nada que ver con la situación que sufren los periodistas de un diario inventado y mantenido por el kirchnerismo, y volvió a denunciar persecución. Eso sí, esta vez prefirió no bailar. Al menos, por ahora.

¿Y Macri? Según los que saben, el Presidente podría encajar en un cuadro de trastorno de ansiedad, crisis de angustia o ataque de pánico, que más de una vez lo hizo comportarse como un fóbico social. Durante ese proceso, la persona sufre súbitamente un miedo intenso con una duración variable, acompañado por la sensación de que no es capaz de controlar esa reacción e, incluso, la convicción de que puede llegar a la muerte. Los factores disparadores pueden ser una experiencia traumática o las vivencias de stress que genera el día a día. Ese cuadro se manifestaba en el mandatario con frecuencia durante sus primeros pasos en la arena política, cuando todavía su padre era para él un dedo índice gigante apuntándole desde arriba.

En el verano de 2007, en pleno jugueteo con la idea de una postulación presidencial y meses antes de convertirse en jefe de Gobierno porteño, Macri tuvo una de esas reacciones, de la que fui testigo, en una actividad de campaña en Mar del Plata. En plena caminata por la playa, el entonces presidente de Boca se vio rodeado por una muchedumbre, en su mayoría niños y adolescentes, que lo tocaban y le pedían autógrafos. En un santiamén, a Macri se le endureció el gesto, el rostro se le puso blanco y su respiración se tornó agitada y dificultosa. Inmediatamente salió disparado a refugiarse en una de las carpas del complejo ’La 12’ de Punta Mogotes, ante la mirada atónita de los periodistas y el nerviosismo de sus colaboradores, que lo siguieron en tropel. Y allí se quedó por varias horas sin poder siquiera asomarse al exterior.

Sus detractores dirán con absoluta convicción que fue una reacción típica de ‘no quiero tocar a esta gentuza‘. Si fue así, Macri logró dejar atrás sus prejuicios clasistas en la última campaña donde se lo vio más cómodo en el contacto con la gente, pero la explicación de sus voceros fue otra: el trauma del secuestro aún operaba sin piedad cuando se veía rodeado por la espalda.

Sea esa vivencia traumática o la desvalorización que le provocaba la competencia eterna librada por su padre, a Macri le costó asumir su proyecto político. Cada vez que se postulaba para llegar a la Casa Rosada, terminaba bajándose de esa candidatura con el pretexto de que las encuestas no acompañaban o no era el mejor momento. Recién cuando se la creyó, se convirtió en Presidente. Ahora tiene por delante varios obstáculos por superar, que como se ha visto podrían complicarle la salud. Pero ese ya es otro capítulo.

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Comentarios1
Martino Cruz
Martino Cruz 21/07/2016 09:40:49

“El odio es la venganza de un cobarde intimidado” G.B.Shaw