Alberto ensayó moderación, pero también mostró el poder del Estado

El discurso de Alberto Fernández ante la Asamblea Legislativa tuvo todos los condimentos esperados: un poco de herencia, un poco de las promesas adelantadas el 10 de diciembre y una hoja de ruta bastante detallada de las leyes que deberá tratar el Congreso este año.

El Presidente ayudo a hacer mas visibles muchas acciones de gobierno que quedaron atrapadas en los vaivenes del discurso cotidiano, rutina que suele diluirse por las declaraciones de funcionarios que a veces se adelantan a lo que quiere la Casa Rosada y a veces la contradicen. Pero sobre todo, plantó temas que considera centrales para su primer año de mandato: el Consejo Económico y Social, la reforma judicial y la despenalización del aborto, ley que el oficialismo exhibirá como una histórica reivindicación de derechos de la mujer, mas allá de lo que piense la Iglesia y el peronismo más conservador.

Alberto tuvo gestos conciliadores, pero pocos. Remarcó que se presentó una propuesta al campo sobre las retenciones, como si en el medio hubiese una negociación posible que evite el decreto que planea emitir el Ejecutivo. Fue una gentileza formal, en la que demostró en todo caso que no quiere volver al 2008, cuando la pelea con los ruralistas marcó un antes y un después para el kirchnerismo. El otro párrafo fue un agradecimiento a la oposición por haber votado la Ley de Solidaridad Social y Reactivación Productiva, norma que hizo posible la reestructuración de la deuda y la aplicación de un nuevo ajuste impositivo.

En general, Alberto reivindicó el rol del Estado ordenador, el que guía las acciones, marca los limites y juzga lo que esta bien y esta mal. Desde ese punto de vista, encarna la concepción clásica del peronismo, principal divisoria de aguas con la gestión anterior. Mauricio Macri no quiso forzar un cambio, sino inspirarlo con un set de políticas que movilizaran la inversión y el empleo. Por su pasado empresario, cree que el capital privado no cumple su rol si opera a desgano. Su modelo funciono dos años hasta que chocó en una piedra conocida: la desconfianza.

Fernández no cree en el voluntarismo que denota la mano invisible del mercado y por eso mostró las uñas del Estado. Adelantó que el BCRA investigara posibles delitos cambiarios cometidos con la emisión de deuda, dijo que revisaran la cadena de costos para evitar que los vivos preserven su rentabilidad a cambio de subir los precios (como si nadie en su entorno supiera que el principal costo argentino son los impuestos y que rentabilidad hoy equivale a mantener el nivel de empleo).

El Gobierno invita a acompañar, pero deja ver que no hacerlo puede traer consecuencias. Es como pedir que empujen el auto hasta que arranque. Esta cuesta también genera escepticismo. Por lo pronto, todos quieren ver que esfuerzo están dispuesto a hacer los acreedores.

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