Domingo  08 de Diciembre de 2019

Alberto Fernández y cierto déjà vu de 2015, con errores que se repiten

Alberto Fernández y cierto déjà vu de 2015, con errores que se repiten

“Tierra arrasada” parece exagerado y sólo se explica porque el modelo que viene es diametralmente opuesto al híbrido que se va, pobre de toda pobreza en casi todos los sentidos, con algunas salvedades estructurales de gran factura y otras institucionales de indudable mérito que no dejan de ser una muy buena plataforma para el gobierno que asume el martes. Y a todas luces resulta extremo plantearlo tal como lo hace el kirchnerismo, porque la historia no se arma por pedazos sino que es una continuidad y aunque se la quiera plasmar como en la antigüedad, borrando lo que ya fue escrito para iniciar nuevas páginas, no hay que olvidar que la letra que se escribe siempre estará encima de la anterior.

Entonces, apenas se raspa un poquito, surge que la “tierra arrasada” que deja Mauricio Macri, si existiera así en toda su dimensión, tiene como correlato inmediato el desbarajuste atómico que dejó la gestión anterior: inflación escondida, pobreza estructural cristalizada, déficits gemelos descontrolados, atrasos en tarifas, importación de gas y varios etcéteras más, incluidas las cuestiones ligadas a la corrupción, que nunca fueron explicitadas en toda su dimensión por Cambiemos cuando debieron hacerlo.

Fue su primer error, problema de ellos. Y aunque Alberto Fernández no lo reconozca, mientras fija el relato para tirarle el fardo a Macri y compañía si sus planes no le salen bien, la cosa es realmente así. El presidente electo es un político de raza y peronista además que sabe que le ha quedado a mano un punchin ball extraordinario y que, con esa excusa, tiene relato asegurado para usar hasta el cansancio.

El segundo error del gobierno que se va fue haber armado, más allá de que el Estado se infla y los costos los pagan los contribuyentes, una estructura enorme de ministerios, con responsables que cuidaron su quinta e hicieron lo más que pudieron hacer. La experiencia indica que en el área económica sobre todo, al no haber una voz de mando única que reparta la pelota detrás de un plan estructurado que ponga a jugar a todos el mismo juego en todas las áreas, cada cuál hizo la suya lo mejor que pudo. Si Macri pensó que la Jefatura de Gabinete podía coordinar la necesidad de marchar todos con el mismo pie, fracasó. Él sabrá a quién debe responsabilizar, como de tantas otras cosas.

Ahora, Fernández hizo lo mismo desde las formas y abre el juego más todavía con nuevos ministros, viceministros, secretarios, directores generales y sus estructuras. Los nombres de los responsables de cada área pasaron por un primer filtro de la prensa, aunque es sabido que será más difícil que alguien se ocupe de averiguar quiénes son y a quiénes responden los que están más abajo. Y aunque la crítica a la desmesura parece justa, él dijo que tuvo que llegar a ese número de ministerios porque, además de sumar a sus “amigos” de siempre, de la política y de la vida, tuvo que cumplir con varios de sus aliados, como La Cámpora, Sergio Massa y los gobernadores peronistas (a estos dos últimos con pocos cargos).

Desde lo político, el presidente electo presentó un Gabinete más que interesante y como justificación a ciertas presunciones de armado conjunto con CFK, él explicitó en un par de ocasiones que su conformación atiende a la diversidad del frente que lo llevó a la Casa Rosada. También se encargó de avisarle a sus ministros que no le pidan plata en el arranque y además de callarlos, ya que les pidió que no se presten a entrevistas, debido a la seguridad que tiene que hay medios que lo quieren “hacer pelear” con Cristina Fernández porque afirman que ella le vetó varios nombres, cosa que es real. Y es real también que él le entregó cargos de excepción a la ex Presidenta y que algunos de esos lugares hasta sugieren cierto control sobre los movimientos del propio presidente electo. Igualmente, puede decirse que en general ese Gabinete es “su” Gabinete.

El Gabinete de Alberto: más de la mitad egresó de la UBA y la mayoría son abogados

El Gabinete presentado ayer por Alberto Fernández está integrado por casi un 60% de egresados de la Universidad de Buenos Aires (UBA) , en la que también estudió el presidente electo. Además, un tercio de los 21 ministros son abogados.

Y sin buscar roña, porque quizás a Fernández no le guste la comparación con el equipo de los CEO´s que se van, sino para relacionar su estructura ya que éste es un Gabinete netamente político (al revés del de Macri) pero también con una impronta empresaria. Para justificar las decisiones del armado hay que decir que, en todo caso, Fernández leyó bien la realidad porque Cristina hoy es la mayor accionista del Frente de Todos y, por lo tanto, es quien se sienta en la cabecera de la mesa como presidente del conglomerado, mientras que él resulta ser hasta ahora el gerente general designado para que se encargue del día a día, junto a sus ministros. Como todo profesional, tiene hándicap para hacer algunas movidas pero no para apartarse de la línea bajada. Y aunque el propio presidente electo dijo que el Frente de Todos “no es una cooperativa” ya que las decisiones finales pasarán por él, lo cierto es que los reportes deberán ser elevados al Directorio, sin dudas. Cuando la lapicera le caliente la mano o cuando las órdenes que salgan de más arriba lo puenteen, él lo evaluará, seguramente.

En cuanto al sesgo ideológico del Gabinete, en general es un grupo bastante progresista o de centro izquierda para decirlo con terminología algo demodé, pero no parece mayoritariamente tan populista como seguramente le gustaría a Cristina, salvo unas muy pocas excepciones. Lo más seguro es que, en esa línea, haya cambios radicales en la política de seguridad. También es probable que se avance en algunos otros giros más cosméticos, tirando a pragmáticos, en cuanto a la relación con el mundo, por ejemplo. En esa área no se puede descartar, si los Estados Unidos se ponen duros, una mirada más atenta hacia China, régimen que quizás siga siendo una vieja debilidad de Fernández, orientada por sus lecturas juveniles.

Aseguran fuentes diplomáticas que el desprolijo restablecimiento de aranceles al acero y al aluminio de la Argentina y de Brasil, buscó ser una advertencia de Donald Trump al respecto. Resultó muy gracioso observar cómo nadie del nuevo gobierno dijo nada contundente al respecto, pese al perjuicio para dos grandes empresas argentinas (Techint y Aluar), ya que la imposición de aranceles, junto a la sustitución de importaciones, las retenciones para el campo, los precios máximos, las tasas reguladas y los acuerdos tripartitos están en el manual de economía cerrada que todos los miembros del nuevo Gabinete y sus mentores aprecian como un dogma.

En cuanto a la relación del nuevo ministro de Trabajo con los gremios, descontando que le darán una tregua de varios meses, la línea que tiene Claudio Moroni es no ir a fondo con una reforma laboral, la que misma que Macri nunca pudo intentar. Sí se va a profundizar su misma línea de avanzar convenio por convenio para dinamizarlos (flexibilizarlos es una palabra que no gusta mucho) en nombre de la competitividad de la economía y sin tocar ninguna cuestión que vulnere conquistas gremiales. “Los convenios de trabajo deben ser seres vivos, no conceptos estáticos. No se necesita cambiar la Ley para actualizarlos”, señaló el ministro de Producción y Trabajo actual, Dantre Sica en el Coloquio de IDEA y ése mismo camino es el que se va a seguir de ahora en más. El convenio de los trabajadores petroleros de Vaca Muerta es un buen ejemplo, ya que ese yacimiento será la estrella de la nueva Administración.

An aerial view of a shale oil drilling rig SAI-310, known as Vaca Muerta (Dead Cow) shale resource, in the Patagonian province of Neuquen, in this October 14, 2011 file photo. Two months before Argentina's president seized control of YPF, the country's biggest oil firm from Repsol, the Spanish company said it would cost $25 billion a year to develop a world-class shale find in Patagonia. It is money Argentina does not have and could struggle to get its hands on without deep-pocketed partners prepared to tolerate President Cristina Fernandez's increasingly volatile and unorthodox policies. To match Analysis ARGENTINA-ENERGY/  REUTERS/Enrique Marcarian/Files (ARGENTINA - Tags: POLITICS BUSINESS ENERGY)

Entre los temas más delicados del futuro está el de la conformación y el funcionamiento de la Justicia porque realmente es un bochorno institucional su actual modo de andar y por la calidad de los jueces o bien por una cuestión de seguridad personal de todos aquellos kirchneristas que tienen procesamientos o juicios en curso. En este punto, hay que creerle a Fernández que él va a intentar eliminar los operadores de los Tribunales, los mismos que Cristina denunció en su verborrágica defensa plagada de victimización personal en el juicio de la obra pública asignada a Lázaro Báez. Allí, entre alocadas referencias a un plan de demolición pergeñado adrede por Macri para darle juego al FMI, algo que ni ella misma debe creer, la ex presidenta denunció la “mesa judicial” del gobierno que se va, la “que decidía quien iba preso y quien no”. Demás está decir que nadie inventó nada porque el gobierno K también tenía a los suyos caminando por los pasillos de Comodoro Py y del Palacio de Tribunales, más jueces y fiscales sospechosamente alineados o ideológicamente convencidos.

¿Por qué hay que creer en ese “nunca más” del presidente electo en un tema tan delicado? Porque la presión hacia a los jueces esta vez tendrá carácter institucional y vendrá por el lado del Consejo de la Magistratura, debido a que por la conformación del Congreso, sobre todo por la muñeca que hubo en la Cámara de Diputados para llegar a un bloque de primera minoría. El Frente de Todos tendrá cinco miembros sentados en el Consejo (cuatro del Congreso y uno del Ejecutivo) capaces de subirle o bajarle el pulgar a los jueces que hay que designar o remover porque con ese número (5 de 13) los dos tercios necesarios nunca se alcanzan. “Y si los jueces tienen miedo de que les hagan un juicio político porque no resuelven como ellos quieren, estamos en el horno”, decía el abogado Guillermo Lipera, también en IDEA, cuando explicó cuál era el peligro de la hegemonía. Hasta dónde llegarán todas estas cuestiones institucionales del “vamos por todo” soñado y no alcanzado en el turno kirchnerista anterior hasta ahora es una incógnita. Algunos piensan en una reforma de la Constitución para sacarle su odiado signo liberal, pero allí hay obstáculos fuertes a vencer, el primero el número de bancas en el Congreso.  

En cuanto a la dinámica de trabajo, en el Gabinete hay algunos nombres valiosos dentro del peronismo, muchos con bastante experiencia en sus áreas, aunque hay otros con antecedentes bastante complicados, incluido algunos que estuvieron cerca de Fernández en tiempos idos. También hay más de un par que si no se asesoran bien seguramente harán agua, mientras que otros, aunque tienen solidez académica dentro de la heterodoxia que se viene, aparecieron en la grilla por descarte, como el nuevo ministro de Economía, Martín Guzmán, quien tiene muy buenos vínculos con el Vaticano y es discípulo del Premio Nobel Joseph Stiglitz, alguien que el mundo académico respeta poco y Washington detesta por sus posturas disruptivas. Guzmán es alguien que, por lo menos, se puede sentar a discutir sobre el tema de la deuda, aunque quizás con muchos prejuicios, del mismo tenor de aquellos que tiene el kirchnerismo al respecto: abominan de las deudas, pero no les hace mella el déficit fiscal porque tienen la explosiva máquina de imprimir billetes, deuda al fin que la inflación licua.

La expectativa del mercado sobre la reestructuración es que se congele al Fondo y que la situación de los bonistas sea menos crítica, mientras que el FMI quiere arreglar primero lo suyo y que los tenedores de bonos vayan a la guillotina. Lo ideal, lo que va a definir la cintura del ministro, es que deberían estar las tres partes sentadas en una misma mesa para combinar un plan que no saque a la Argentina del mundo y para que se atienda los intereses de todos, incluidos los internos y muy graves problemas que tiene el país.

Todo indica  que en Economía al presidente electo le hubiera gustado tener un ministro fuerte y por eso sigue machacando con Roberto Lavagna. “Éste es el ministro del es lo que hay” se dice en la City, donde al menos aprecian que Guzmán conozca el paño. “Quizás si las cosas van mal en unos meses el ex ministro de Néstor Kirchner podría sentirse un salvador si hay un operativo ‘Clamor’ y aceptar”, agregan, aunque suponen que “si la fantasía de Fernández supone que si con todas las medidas sueltas que se conocen va al fracaso, un futuro gabinete económico lo puede llevar a la ortodoxia, siempre estará la señora para imponerle un plan a lo (Axel) Kicillof”.

¿Por qué deberían ir mal las cosas? Básicamente por la situación coyuntural que se hereda ahora en materia de inflación, divisas y deuda. La idea del primer instante es la de un Fernández bombero, el hombre que tiene que apagar el incendio de la situación social con inyección de fondos para el consumo, vieja táctica peronista que probablemente aguante varios meses por el cepo y porque las fábricas están operando a la mitad de la capacidad instalada y porque no tienen mucho margen para seguir subiendo precios. En este contexto, el propio Alberto F. acaba de desestimar un congelamiento. También está la cuestión fiscal que parece manejable, aunque ya se están buscando excusas para cambiar la fórmula de actualización de los haberes jubilatorios, porque la tan resistida de Macri al final resultó ser buena para la clase pasiva. Seguramente, en unos días se intentará decir lo contrario para enchastrar al presidente que se retira, mientras se le da un poco de aire transitorio al bolsillo de los pasivos.

Donde no habrá respiros es en una tarea que acometerá Fernández en persona: limar todos los días a Horacio Rodríguez Larreta, quizás su futuro rival en las presidenciales de 2023. El presidente electo, quien siempre hizo política en la Capital, ya le avisó al Jefe de Gobierno porteño que revisará la cesión de fondos y terrenos que la Nación le pasó a la CABA para financiar los viaductos ferroviarios elevados y el Paseo del Bajo. En la Legislatura, no habrá acompañamiento como antes (Fernández sospecha de manejos no muy claros dentro del bloque perokirchnerista cuando el oficialismo no tenía quórum propio) y ésa es la instrucción que como jefe de bloque (17 legisladores) recibió su amigo de años en la política de la Ciudad, Claudio Ferreño. Si Rodríguez Larreta es capaz de mantener las alianzas que le dieron el triunfo en primera vuelta dispondrá de 37 escaños (el quórum se alcanza con 30), aunque quedará por debajo de los dos tercios y necesitará del peronismo. Por las dudas, entre los nuevos ministros está Matías Lammens para mostrarse en Deportes y Turismo, quien sacó en la Capital Federal muchos más votos que cualquier otro peronista en los últimos años. Todo un trabajo de pinzas el de Fernández que va a repercutir seguramente en el bolsillo de los contribuyentes porteños, en un distrito siempre esquivo al peronismo al que la política comenzaría a acogotar.

En la lista de errores, falta todavía mencionar uno más de aquellos que cometió Macri en sus inicios que parece que también se repetirá. Cuando Fernández dice “paso a paso vamos a ir cambiando las cosas, pero no va a ser de un día para el otro” no está hablando de otro ritmo que no sea el del famoso gra-dua-lis-mo, que fue el otro talón de Aquiles de Cambiemos en aquellos primeros días que hoy, con el diario del lunes, Macri no quiere ni recordar mientras su sucesor se mete en el mismo callejón. 

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