A un paso de las PASO

Economía y política nunca corrieron por carriles independientes, pero a pocos días de las Elecciones PASO, inicio del proceso eleccionario en el cual Argentina elegirá el presidente por los próximos cuatro años, la interrelación entre una y otra se hace mucho más evidente. Frente a la inminente elección, aumenta la incertidumbre ante la polarización en las posiciones y la paridad entre las fuerzas que compiten, según anticipan la mayoría de las encuestas. Y la mayor o menor incertidumbre que genera este proceso a su vez afecta el desempeño de las principales variables económicas, lo que impacta en las decisiones de los ciudadanos.

En este contexto, ¿qué se puede anticipar respecto del futuro y como hacer pie a la hora de tomar decisiones? Aun cuando la incertidumbre sólo comenzará a despejarse con el resultado de la elección en la cual resulte electo el próximo presidente, es posible ir estableciendo ciertas tendencias a partir de las definiciones que vayan dando los candidatos frente a algunos aspectos centrales de la economía argentina.

En este análisis conviene establecer tres períodos temporales:

1) el período en el que transcurre el proceso eleccionario.

2) el corto/mediano plazo (2020-2021).

3) el largo plazo.

Salvo en contadas ocasiones (cuando la sociedad re-evalúa sus valores, sistemas y normas sociales), los países exitosos no debaten en cada elección su estrategia de desarrollo económico. Existen políticas de estado en cuanto a instituciones, esquema de inserción internacional, modelo de acumulación, etc. que, con diversos matices, son seguidas independientemente del partido que esté en el poder. Este no parecería ser el caso de Argentina, que de tanto en tanto se enfrenta a opciones antagónicas que no hacen más que repetir un eterno movimiento inmóvil, donde una administración gira 180° respecto de la anterior y la siguiente vuelve a girar 180°, para volver al punto de partida.

Si bien uno podría advertir un cierto corrimiento hacia el centro en las posiciones de ambos polos, esta es la incógnita más difícil de despejar, ya que sólo con el devenir de la próxima administración podrá advertirse si verdaderamente existe una vocación de generar consensos que sinteticen la visión de una amplia mayoría de la sociedad en un número de cuestiones, no muy grande pero sí centrales.

Con relación al mediano plazo, el discurso que los candidatos tengan sobre las cuestiones que allí deban definirse y las probabilidades de llevar a cabo dicho discurso son fundamentales, ya que inciden tanto en el futuro como en el presente.

Argentina viene transitando un proceso de corrección de grandes desequilibrios macroeconómicos que se encuentra a mitad de camino. Mucho se ha hecho, pero resta aún consolidar el equilibrio fiscal y profundizarlo, de modo tal de asegurar la solvencia inter temporal del estado y retomar el acceso a fuentes voluntarias de financiamiento. Resta dominar el proceso inflacionario y volver a construir una moneda sana a partir de una política monetaria consistente y que vele por el valor de dicha moneda. Y, finalmente, todo ello debe hacerse sin

tomar el atajo de la apreciación cambiaria, que da resultados en el corto plazo, pero a la larga culmina en un ajuste abrupto del tipo de cambio para restituir el equilibrio en el sector externo.

En su relación con el largo plazo, la atención debe ponerse en el nivel de gasto público que se propone (nudo gordiano de los problemas de la economía argentina). A mayor nivel de gasto, mayor necesidad de financiamiento del mismo y, por ende, mayor presión sobre el sector privado. Dada la productividad de éste, la competitividad (y por ende la sustentabilidad del sector externo) sólo se consigue haciendo que los costos en monedad dura sean consistente con dicha productividad. Y esto puede obtenerse de dos maneras: o se reducen los costos en pesos o se licuan mediante un tipo de cambio más devaluado.

Por lo tanto, de aquí podemos extraer la primera conclusión. Promesas de mayor gasto público sin reformas estructurales (previsional, laboral, impositiva y del mercado de capitales, reducción de costos logísticos, etc.) se correspondería un nivel de tipo de cambio más devaluado, que no es ni más ni menos que menor riqueza relativa en la comparación con otros países.

También podría suceder que la productividad de uno o algunos sectores provea los dólares necesarios para hacer sustentable el equilibrio de la economía a un tipo de cambio más apreciado. Sin embargo, ello redundará en desempleo en los sectores menos productivos, y por lo tanto menos competitivos a ese tipo de cambio. Si esta fuera la situación, especial cuidado deberían ponerse en las soluciones que se propongan al dilema, teniendo en cuenta las lecciones del pasado, donde políticas muy agresivas de transferencia de ingresos terminaron abortando el proceso de inversión y “matando a la gallina de los huevos de oro .

Por último, no es menos importante el impacto que tienen en la economía actual las posiciones de los candidatos frente a los problemas de mediano y largo plazo. Para llevar a cabo este análisis partimos de la premisa (que cuenta con abundante evidencia empírica global) que las mejoras en los contextos económicos favorecen a los oficialismos mientras que un empeoramiento de dicho entorno favorece a la oposición. Siendo esto así, existiría un interés por parte del oficialismo en que las elecciones transcurrieran en un contexto de estabilidad financiera que consolide el incipiente proceso de recuperación económica mientras que a la oposición la favorecería una mayor incertidumbre y volatilidad.

Si esto fuera así, podría darse la paradoja que no todas las propuestas de la oposición tengan como objeto materializarse en un eventual gobierno, sino que pudieran responder simplemente a una táctica electoral. Por su parte, el gobierno cuenta con herramientas y recursos para hacer frente a un posible incremento en la volatilidad de corto plazo, pero ello será a costo de aumentar las tensiones de los problemas que pretende resolver a mediano plazo.

Y esta es la segunda conclusión que se puede obtener. Cuanto más se prolongue la indefinición política, más incentivos existen para extremar las posiciones y mayor es el riesgo de incrementar las tensiones hacia los problemas de mediado plazo. Por el contrario, cuanto más rápido y contundentemente se despeje dicha incertidumbre (en cualquiera de ambos sentidos), existirían incentivos para moderar los discursos, con menores consecuencias económicas en el corto y mediano plazo.

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