El ajuste, entre un BCRA limitado y el qué dirá Cristina Kirchner

Al menos en los papeles, el ajuste fiscal y monetario que bocetó el lunes la flamante ministra Silvina Batakis es más duro y ortodoxo que el planteado por Martín Guzmán. La cercanía del incendio obligó a repensar la estrategia. El cierre de los mercados del viernes había encendido todas las alertas y una señal contundente era ineludible. Todavía está por verse la forma de implementación de este ajuste -un detalle no menor-, sus impactos sobre la dinámica política (léase, sobre el cristinismo), las movilizaciones callejeras y la forma de comunicar los avances. Todas cuestiones críticas.

En sus primeras declaraciones, Batakis marcó la cancha diciendo que el acuerdo con el FMI está vigente, pero este lunes fue incluso más allá. Gastar lo que se tiene, sin emisión adicional de pesos, resulta un evidente cambio de paradigma en la errática política económica, una señal de realismo que todavía luce difícil de procesar y, en especial, de mensurar en términos de su factibilidad. De ser exitoso, podría incluso llevar a sobrecumplir la meta fiscal con el FMI hacia diciembre.

Los mercados financieros le están dando algún respiro, pero claramente no un aval. El riesgo argentino es similar al de Rusia (Ucrania está peor...). Una devaluación de los dólares financieros del 40-50% en apenas un mes o paridades de bonos a niveles de economía de frontera son el reflejo de lo crítico del cuadro. Ver para creer, en un "filo de navaja sobre el que camina una administración que, recurrentemente, a las restricciones objetivas de la macro le suma debilidades propias, una pobre gestión y daños autoinfligidos", decíamos en esta columna hace un mes.

El ajuste propuesto espeja el mecanismo típico de un tesorero que, sin financiamiento, gasta sólo lo que dispone. Para hacerlo, necesita centralizar las decisiones en una caja única, que le habilite absorber los excedentes de organismos descentralizados, entes autárquicos o fondos fiduciarios, por caso. Una jugada fuerte, que impactará sobre la ANSES o el PAMI, dominados por el cristinismo. La suerte de esta estrategia está condicionada, claramente, por el nivel de apoyo que semejante ajuste obtenga de la propia Cristina Kirchner, cuyo silencio ya empieza a resonar.

Era de lógica pura que Batakis iniciara su camino hablándole a los mercados, específicamente a los inversores en pesos, en una estrategia coordinada con el Banco Central. Se reafirma la política de comienzos de junio de emitir para sostener el precio de los títulos del Tesoro. Los vencimientos de deuda en pesos hasta setiembre son significativos. Por eso ahora, además, se institucionaliza la intervención, dándole a los bancos opciones de venta (puts) de estos títulos hasta diciembre de 2023, en una cobertura institucional de envergadura que, ante este escenario inestable, facilita las tenencias de los títulos.

Un punto no menor pasa por el hecho de que la exposición de la cartera propia de las entidades financieras al sector público, incluyendo Leliqs y pases, ya se encuentra en máximos desde 2003. El riesgo entonces pasa porque el crédito privado se contraiga (el viejo "crowding out") y acelere las tendencias recesivas sobre el nivel de actividad. En términos de calidad crediticia, un put es superior al promedio del crédito privado, lo que debería incentivar a los bancos a tomarlo.

Sin embargo, el límite (¿la encerrona?) para el Banco Central está claro. Promover la suba de la exposición de los bancos al sector público supone una menor posibilidad de esterilizar vía Leliqs y un inmediato aumento de la base monetaria, algo muy similar a emitir pesos. Las únicas alternativas pasan por subir los encajes o, inviable, vender los títulos cuyas paridades sale a defender desde hace más de un mes.

A todas estas dificultades se suma la ausencia de una política clara de acceso a las divisas del BCRA para las importaciones de los sectores productivos durante el segundo semestre, algo que venimos enfatizando desde abril en esta columna. La incertidumbre se amplificó en el cambio de gestión, cuando prácticamente se paralizó dicho acceso (excepto importaciones de energía). En numerosos sectores se frenaron las entregas y desaparecieron los precios. Nuevamente, un panorama, sea cual fuere, es siempre mejor que la falta de certezas.

La apuesta de Batakis es de mera supervivencia. Ya no habrá espacio político para un programa económico solvente que revierta las expectativas y enfrente los desequilibrios macroeconómicos con un horizonte más amplio para planificar. Las dudas políticas sobrevuelan las decisiones privadas (el qué dirá Cristina) y la estrategia de contención de daños para llegar sin una nueva crisis a diciembre del año próximo está cuestionada en forma permanente. Un año y medio es poco, o mucho, según la perspectiva.

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