Enfoque

Los riesgos electorales de polarizar

Luego de la apertura de sesiones ordinarias del 1° de marzo son muchos los que se preguntan si el presidente Alberto Fernández está ensayando una suerte de nuevo rumbo para su gestión, más asociada a la agenda del kirchnerismo duro. Ese camino no está exento de riesgos y conviene repasar la historia de este movimiento político para entender los peligros que puede enfrentar la coalición gobernante.

El año 2003 marcó la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia y las elecciones legislativas de 2005 le permitieron alcanzar la conducción del peronismo (en disputa con Eduardo Duhalde hasta ese momento). Sin embargo, muchos analistas señalan el conflicto con el campo por las retenciones móviles y la derrota electoral del año 2009 como el nacimiento del kirchnerismo como movimiento político. Algunos refieren también a aquellos años como constitutivos de la grieta.

Probablemente una parte de sus seguidores se sientan atraídos por el recuerdo de la bonanza económica del periodo 2003-2007, caracterizado por un aumento sostenido del producto y un veloz acceso al consumo de importantes sectores de la sociedad luego de la crisis del año 2001. Sin embargo, el período 2008-2015 fue mucho más errático en ese sentido, con luces y sombras en el devenir de la economía, con mayoría de años con nulo o escaso crecimiento. Pero una característica abarca las tres presidencias Kirchner: la ausencia de medidas impopulares tales como aumentos de tarifas de servicios públicos o ajustes de gasto público.

Otro aspecto central del kirchnerismo en el gobierno fue la disputa en la escena pública con un adversario, identificado como el establishment, la oligarquía o los sectores dominantes. Aquí la agenda en disputa excedió a lo económico, y fue variando de eje, pasando por valores (matrimonio igualitario), aspectos institucionales (reforma de la justicia) o la pelea directa con medios de comunicación (ley de medios).

Esta amalgama le permitió constituir un núcleo duro que en términos electorales se traduce en aproximadamente un 30% de los votantes, con fuerte arraigo en el conurbano bonaerense pero también en la Patagonia y en provincias del Norte argentino. Además, ha neutralizado la aparición de opciones políticas de centro izquierda o izquierda con excepción de sus versiones más duras. Esta realidad llevo al actual presidente junto con otros dirigentes que se habían alejado del kirchnerismo a plantear luego de la derrota de 2017 que sin Cristina Kirchner no se podía volver al poder.

La relación más compleja para el kirchnerismo es justamente con los sectores del peronismo, ya sea dirigentes o votantes, que se sienten identificados con posturas más conservadoras o menos radicalizadas. En el plano dirigencial esto suele expresarse en figuras que en público o privado cuestionan la identidad peronista del kirchnerismo. 

Algunos de ellos se han ido más temprano o más tarde al principal polo opositor (Emilio Monzó o Miguel Pichetto para tomar dos ejemplos) y otros han tratado de constituir fuerzas alternativas para disputar el electorado peronista (el caso de Sergio Massa o Florencio Randazzo). Estos intentos fueron los más amenazantes y significan hoy el principal riesgo para la nueva agenda del Presidente Fernandez.

En la hipótesis de que un 45% del electorado vota por opciones identificadas con el peronismo, hay un tercio de aquellos votantes que suelen tener una relación en tensión con el kirchnerismo. En momentos de bonanza económica (2010-2011) o de crisis económica del gobierno de una fuerza no peronista (2019) se acercan y pueden votar opciones kirchneristas o que incluyan a este espacio político. Sin embargo, con el kirchnerismo en el poder, incluso cuando Nestor Kirchner aún estaba vivo, estos votantes se han alejado frente a la combinación de recesión económica con radicalización política. 

La derrota del 2009 de Nestor Kirchner frente a Francisco De Narvaez reconoce una continuidad en el triunfo de Sergio Massa del 2013, en los 22 puntos obtenidos por este en las presidenciales del 2015 en las que triunfo Mauricio Macri y los alrededor de 15 puntos que el Frente Renovador del mismo Massa y la fuerza de Florencio Randazzo obtuvieron en el 2017.

Pero volvamos a Alberto Fernández. Que el primer jefe de gabinete de Néstor Kirchner haya encabezado la fórmula presidencial del Frente de Todos tuvo entre otras consecuencias la desactivación de alternativas peronistas que pudieran restarle votos. Pero nada es para siempre. Para que esta unidad se sostenga en el tiempo se requiere el mantenimiento de dos compromisos. En primer lugar que la economía siga un curso de reactivación y crecimiento. En segundo término, que la agenda de reformas institucionales sea moderada.

La reactivación y el crecimiento muestran cierto impulso, pero al mismo tiempo se ven amenazadas por las debilidades de arrastre de la economía argentina y por la pandemia. En el plano de las transformaciones institucionales que requieren la construcción de consensos, es donde aparecen los cambios más visibles. No importa si por las presiones de su propia coalición, o por su relación con la vicepresidenta, o porque las fuerzas opositoras no muestran predisposición al diálogo o simplemente porque es un año electoral, es en este punto donde aparece un presidente que adhiere a una agenda más radical de la que asomaba en diciembre de 2019.

Hay un porcentaje significativo de su electorado que manifiesta distintos grados de disconformismo con el Gobierno, pero que no está dispuesto a votar a Juntos por el Cambio, al que asocia fundamentalmente con un fracaso económico. ¿Qué pasa con estos votantes que están al margen de la grieta ante una "radicalización" del Gobierno?

La hipótesis de 'huída' hacia otra opción peronista -que en distintos momentos supieron representar De Narváez, Massa, Randazzo o Lavagna- se apoya en que esta porción del electorado es pragmática a la hora de ir a las urnas. Su voto de confianza al Frente de Todos no tiene una explicación romántica y la moderación política es una de sus exigencias, aun cuando reclama cambios.

El politólogo Andrés Malamud señaló días atrás que si el peronismo esta unido es muy difícil que sea derrotado. Que los dirigentes peronistas que se suman a Cambiemos no llevan votos y que las chances para la oposición pasan por la división del oficialismo. ¿Cuánto puede soportar el peronismo unido una agenda radicalizada si no es acompañada por señales claras de crecimiento? Es aquí donde reside el principal riesgo del nuevo rumbo presidencial. ¿Puede alcanzar para ganar en elecciones de medio término? Puede, sobre todo en la provincia de Buenos Aires y mientras no se visibilizan liderazgos competitivos emergentes. Pero sin duda representa un claro desafío para las elecciones presidenciales de 2023. Para llegar al tan ansiado 45% la moderación seguirá siendo un activo valioso.

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