La segunda ola tan temida del Covid-19: tengamos cuidado (sin entrar en pánico)

Los ciclos de contagios de Covid-19 en Europa y Estados Unidos, con cifras en diciembre incluso peores que la observadas entre febrero y abril de 2020, luego de los fuertes descensos durante el verano boreal, son (correctamente) un fuerte llamado de atención para la Argentina: sin contar con una vacuna disponible que sólo podrá ser aplicada de manera amplia recién a partir de marzo-abril de este año, el inicio de una “segunda ola de Covid-19 en nuestro país podría significar un agravamiento sustancial del ya muy elevado saldo de convalecientes y fallecidos producto de la pandemia.

Pero esa segunda ola en nuestro país, si ocurre y más allá del rebrote observado en las últimas semanas, debería fecharse a partir de marzo o abril. Así, hasta tanto no se verifique dicha segunda ola, dado el agotamiento social y económico que implicó la estrategia sanitaria fuertemente restrictiva seguida desde el inicio de la pandemia (al menos hasta el reemplazo del ASPO por el DISPO en el AMBA en la segunda semana de noviembre), y la experiencia recogida hasta aquí (a la cual no escapa que, habiendo ganado tiempo para fortalecer el sistema de atención médica, los costos sociales, económicos y también en pérdida de vidas del ASPO extendido fue enorme, en particular por la débil situación inicial de la economía y del fisco argentinos que hicieron más difícil financiar la emergencia), la política sanitaria natural seguramente sea reforzar las indicaciones a la población para continuar y profundizar medidas de higiene y prevención individual responsables (incluido el uso de alcohol para el lavado frecuente de las manos y de tapabocas, y el distanciamiento voluntario en general), evitando imponer restricciones o prohibiciones que o bien continuarían generando un daño significativo sobre diversas actividades económicas ya muy golpeadas o bien simplemente serían desoídas, cayendo un escalón más en la anomia latente

Sin embargo, diversas declaraciones públicas de distintas autoridades nacionales y provinciales, junto con las decisiones ya observadas en los meses previos, llevan a desconfiar que el diagnóstico sobre la gravedad inminente del problema y las posibles soluciones pueda ser alcanzado sin embanderarse en consignas políticas que, como ocurrió entre junio y octubre al menos, llevarán la situación hacia la grieta de las opciones extremas, nuevamente indeseable.

Por ello, tal vez valga la pena presentar con cifras claras un único punto, primordial, a tener en cuenta en esta nueva coyuntura: ya sea porque los nuevos contagios de Covid-19 han tendido a concentrarse en la población de menor edad y/o con menor carga viral y/o con la prevalencia de nuevas cepas más contagiosas pero tal vez (todavía no se sabe) menos agresivas y/o con mejor calidad de tratamientos médicos que evitan que buena parte de los contagios se transformen en internaciones en UCI y/o fallecimientos, etc., los mayores contagios de Covid-19 en la “segunda ola (y en el incipiente rebote de los contagios localmente) han tenido asociados hasta aquí un número mucho menor de internaciones en UCI (y por lo tanto de fallecimientos) que los de la “primera ola (por simplicidad, comparando los meses de abril-mayo 2020 con el mes de diciembre 2020 a nivel doméstico e internacional).

Observando el caso doméstico, la siguiente figura muestra la fuerte correlación entre la evolución del número de casos activos (stock de personas contagiadas en cada momento) y de internados en UCI, en la cual entre abril y noviembre se habría verificado un ratio prácticamente constante o suavemente decreciente (de no ser por el nivel artificialmente elevado de casos activos hasta la corrección hecha en la base de datos del Ministerio de Salud el 8 de agosto), con una evolución levemente rezagada (1 a 2 semanas) de las internaciones respecto de los casos activos (como se verifica al cambiar la tendencia de ambas series en la segunda mitad de octubre).

Pero desde la segunda semana de diciembre, cuando aparece el rebrote doméstico (que en principio no refleja la segunda ola, aunque ello se confirmará en poco tiempo más), dicha relación no se mantiene y el crecimiento en el número de casos activos no está siendo acompañado por un crecimiento similar (retrasado) en la cantidad de pacientes internados en UCI por Covid-19.

Las semanas que siguen esto puede cambiar (en particular por cuanto los datos disponibles consultados podrían ser revisados retroactivamente, como ya ocurrió antes, sin que necesariamente haya sufrido la calidad de la información en torno a los feriados y festejos navideños como también es posible que haya ocurrido), pero todavía no hay motivos para asegurar que ello será así, o en qué sentido ocurrirá, de manera que cualquier “solución drástica estaría hasta aquí infundada.

Considerando datos de algunos de los países del hemisferio norte occidental, fuertemente golpeados por la segunda ola asociada allí con las menores temperaturas invernales desde octubre, la siguiente figura muestra igualmente que el ratio entre pacientes internados en UCI por Covid-19 y el número de casos diarios (una referencia relativa distinta al número de casos activos –no obtenible con la base de datos utilizada aquí), que rondaba entre 0,5 y 2 en los distintos países entre abril y mayo (y entonces era incluso mayor en otros países, por ejemplo en Francia), ha caído fuertemente desde julio en adelante, rondando valores entre 0,2 y 0,5 en diciembre 2020 (entre los cuales también está incluida la situación de Francia, no representada en la figura). Esto es, considerando el promedio lineal de los 5 países incluidos en la figura, el ratio cayó de 1,4 en mayo hasta 0,25 en diciembre, por lo cual quiere decir que cada nuevo contagio actualmente tiene asociado en promedio la quinta parte de internados en UCI que los que tenían los contagios hace 7 u 8 meses atrás. Los datos domésticos señalan una caída algo menor, luego de una leve reversión entre octubre y noviembre, pero en todo caso también muy clara e importante, especialmente observando la tendencia declinante durante el último mes.

Cabe notar también que estos datos no incorporan importantes avances médicos recientes, como por ejemplo la aplicación futura del suero equino desarrollado por el laboratorio argentino Inmunova, aprobado a fines de diciembre por ANMAT para uso en pacientes adultos en situación de contagio moderado y severo de Covid-19, con el cual es posible reducir un 45% la mortalidad en pacientes severos y 40% en la población total, mejorando así las perspectivas sanitarias aún antes de contar con una vacuna de aplicación masiva en el país.

En síntesis, es clarísima la necesidad de reconocer que esta pandemia aún no ha terminado, y que como sociedad debemos mantener una férrea disciplina para reducir los contagios hasta lograr una vacunación importante, en particular del personal de salud, de los mayores de 60 años y de quienes tengan enfermedades crónicas que magnifican los riesgos de muerte ante el contagio de Covid-19. La segunda ola que azota a Europa y los EE.UU. no deja lugar a dudas en cuanto a que, en ausencia de una vacuna, el próximo invierno (o incluso el otoño) podrá representar un desafío mayúsculo para el sistema de salud en nuestro país. 

Pero cuidado, no volvamos a cometer el mismo error de sobre-estimar la capacidad del Estado de prohibir conductas o encuentros en ámbitos de alto riesgo de forma permanente, ni el error de subestimar el valor de la ejemplaridad (positiva o negativa) que emana de las conductas de los propios líderes políticos. Parece razonable comenzar por la solución más flexible y sostenible, preservando medidas extremas sólo para cuando la situación también lo sea, apostando primero al ordenamiento voluntario de las conductas individuales, en particular cuando la distancia hasta el colapso sanitario todavía es significativa, no puede descartarse la necesidad de tomar medidas extremas una vez iniciado el invierno (en el caso de no contar con vacunación suficiente para entonces), y ya se ha abusado de prohibiciones que por ello podrían incluso no ser respetadas en el corto plazo. 

Esta es mi humilde opinión de economista. Que los expertos sanitaristas se expresen, pero ahora aprovechando lo que hemos aprendido de nuestros propios errores, examinando con calma los datos y anticipando posibles esfuerzos futuros en una carrera de maratón, no de 100 metros.

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