37 años después: la gran deuda de la democracia

Analizando los resultados de la democracia, podemos afirmar que a esta altura representa un fracaso estrepitoso. Y la prueba de ello es que ha sido una eficiente e implacable fábrica de pobres y una sistemática empresa de destrucción de riqueza.

Empezamos en 1983 con menos de 10% de pobreza y en estos días hemos superado el 40%. La responsabilidad de esta tragedia es su dirigencia - entendida en sentido amplio - que no ha gobernado en favor del bien común. Uno ve dirigentes que se vuelven ricos y los argentinos cada vez más pobres. La política no ha sabido proveer aquel atributo central de una conducción política que es proponer y marcar un norte, un destino, en definitiva, un proyecto nacional de desarrollo convocante y de largo plazo donde todos podamos desarrollarnos y vivir dignamente. 

El ex presidente Arturo Frondizi decía, en los días de la recuperación democrática, que el gran desafío que tenía esa democracia incipiente era transformarse en un instrumento eficaz de desarrollo. Lamentablemente, nunca sucedió. 

En estos días se hace muy patente la desconexión total de un sector de nuestra dirigencia con las necesidades y anhelos concretos de la Argentina real y de a pie. Nos referimos a los temas que se discuten en la agenda pública: aborto de seres humanos en una argentina despoblada y paradójicamente llena de recursos, búsqueda de controlar y disciplinar la justicia y nuevos impuestos, temas que poco tienen que ver con aquello que es impostergable para sacar nuestro país del barro en el que nos revolcamos.

 

El colmo es un gobierno que parece festejar cada vez que entrega un IFE cuando sabemos que la argentina de los planes es el fracaso rotundo de la política. Los planes no se festejan, son una lamentable necesidad, pero seguro no son la solución. La mejor política social es el Trabajo.

Se hace cada vez más necesario acertar en las prioridades nacionales y una de ellas es hacer de la Cultura del Trabajo no sólo una política de estado sino una obsesión nacional. Ya es una obsesión diaria para millones de desempleados y precarizados, trabajadores en negro sin las coberturas constitucionales y legales. Todos lo sabemos y lo peor es que hemos naturalizado el hecho de que existen cuatro millones de argentinos en la informalidad. 

Debemos ir pasando de la cultura del asistencialismo reinante a la cultura de la dignidad y el trabajo. Volver a apostar a la verdadera movilidad social ascendente.

Después de cuatro años recorriendo Pymes podemos afirmar que son las mejores aliadas para generar el empleo que necesitamos. Pero para que esto ocurra, las pymes necesitan un cambio de reglas y previsibilidad: bajarles la carga impositiva y las cargas sociales, desendeudarlas, dotarlas de crédito real y accesible y terminar con la industria del juicio. Si esto sucediera, estamos convencidos que la respuesta de las pymes será generar puestos de trabajo a gran escala.

Los sindicatos, por su lado, tienen un rol fundamental ya que necesitamos formalizar a millones de informales y capacitar a otro tanto que vienen del mundo de los planes. El movimiento obrero debería ser un socio estratégico para que podamos cumplir con estos objetivos. Para ello será necesario concebir e implementar un gran plan integral de formación en oficios que esté articulado con las necesidades laborales del sector productivo. 

Los movimientos sociales deberán definir si realmente quieren que las personas que reciben planes tengan la oportunidad de entrar en empleos de calidad. Hoy no parece estar tan claro. Se los ve cómodos en lo que llaman la “economía popular que no brinda autonomía ni movilidad ascendente a quienes la integran.

 

Tenemos que volver a articular el trabajo de nuestras escuelas secundarias y técnicas y los centros de formación laboral con las cámaras empresariales, a fin de que la formación secundaria responda a los perfiles demandados por las empresas. Esta oferta formativa deberá contemplar los empleos del futuro.

A su vez, debemos encontrar mecanismos que incentiven a quienes reciben planes a migrar a la cultura del trabajo. Por ejemplo, las empresas deberían poder tomar el plan como parte del salario y el beneficiario debería conservar el derecho a ese plan por un tiempo.  

La democracia argentina tiene que subsanar el gran pendiente: destruir la pobreza dignificando a los pobres. Y para lograrlo no hay otro camino que poner todos los esfuerzos en recrear la cultura del trabajo. Quiera Dios que podamos lograrlo.

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