2015: Inflación, costo laboral en dólares y ancla cambiaria

Un interrogante crucial para 2015, entre los tantos habidos, es el ligado a los nexos que pueden operar entre inflación, salarios, costo laboral y tipo de cambio.
Conectando estos dos últimos aspectos, se ve que el costo laboral en dólares es muy pronunciado en el país. El fenómeno, que venía de arrastre, se potenció a partir de 2010 dadas significativas alzas de salarios nominales que, posibilitaron, sí, unos puntos de mejora real ante una inflación efectiva elevada, pero, traduciendo exageradas presiones en materia de costo laboral en dólares, al retornarse al uso del tipo de cambio nominal como ancla de inflación. Este es uno de los motivos claves que convergieron hacia la atonía de la creación privada de empleo (hoy, prácticamente, sólo el Estado genera algo de empleo).
En 2014, si se toma una inflación anual media entre el 25% oficial (que sobreestima el peso del rubro afecto a los precios cuidados) y el altisonante 40% o más, hay salarios que pueden haber perdido unos puntos de poder adquisitivo interno. A la par, con la devaluación de inicios de 2014, el costo laboral en dólares sufrió una merma, pero, el efecto ha tendido a disiparse. Y, el cambio nominal, como se dijo, reverdeció como ancla.
Si se atiende a declaraciones de Kicillof-Costa, podría aletear la idea de una inflación esperada para el 2015 algo menor a la de 2014 (que mostró cierta atenuación a fines de año). Pareciera que se barajan algunas anclas. Lo que explicaría la reducción del precio de los combustibles y la intención oficial de trabar en las provincias aumentos en servicios. Serían factores sumables a la macro-ancla cambiaria.
¿Qué pasará con los salarios dentro de aquella eventual hipótesis de una inflación esperada declinante? Una opción, muy difícil, es intentar que aquella variable también integre el espectro de valores declinantes, rompiendo la conducta adaptativa, que mira hacia atrás. Esto significaría resignar puntos de la pasada pérdida. La otra, es tender a soltar a la variable salarial del tal compromiso, asumiendo hasta cierto punto el criterio adaptativo ajustar por inflación anterior, mientras se cimenta el objetivo de menor inflación esperada en las otras anclas. Y, si se añade la perspectiva de una dupla fiscal-monetaria que, esencialmente, no abandonará su laxitud, el rigor del uso de la macro-ancla cambiaria, luce aun más imperioso. No se descarte, pues, una sobrevaluación cambiaria real aun peor.
Esta segunda opción, prima facie, tendría algunas chances en lo inmediato de alentar algo la actividad económica, buscando cierta mejora del salario real que incentive el consumo, empalmando con el binomio fiscal-monetario. Es intentar retomar, permítase la expresión, la obsesión por la demanda interna.
Esto, claro, debería interactuar con dos condicionantes claves: a) una inversión, en cuanto respuesta, ya menos sensible a meros golpes de demanda interna, y más a una serie de señales y trabas que la perturban, y, b) la relevante disponibilidad de dólares que, sí o sí, debe tallar en el año para aliviar en lo perentorio la restricción externa y el peso del cepo cambiario, que daña la oferta productiva.
En verdad, con un horizonte, es probable, de un retraso cambiario aun mayor, se reafirmaría el relieve de la cuenta capital para intentar cubrir la crucial necesidad de divisas, debiéndose bancar, de paso, las contingencias del ciclo mundial. El canal del reendeudamiento externo ganaría espacio; la pregunta es cómo. El propio imaginario articulado en torno al 2016 en adelante, presuntamente airoso, induciría secuelas en todo este asunto, y hasta podría facilitar por rebote el decurso del esquema del 2015. De todos modos, ¿hasta qué nivel de intensidad podría llegar el hipodólar, con su correlato en el altísimo costo laboral en dólares, y con sus efectos nocivos en materia de competitividad y de empleo? En algún momento, esta distorsión podría turbar la transi ción entre el esquema del 2015 y el 2016.

Noticias del día