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Reina de copas

Estudiosa, inquieta y perfeccionista. Con apenas 24 años Agustina de Alba se consagró, por segunda vez en su joven carrera, como la mejor sommelier de la Argentina. “Cada vez que subo a un escenario, soy feliz”, confiesa la experta en alimentos y bebidas que sueña con su propio programa de televisión.

Texto: Mariano Fresco

Otra vez en la cima. Otra vez, una emoción incontenible recorrió su cuerpo y su alma en el escenario, su lugar en el mundo. Otra vez, entre aplausos cerrados y loas, fue consagrada en el primer puesto en el concurso Vino Argentino Mejor Sommelier de la Argentina. Con sólo 24 años y un futuro ilimitado por delante, Agustina de Alba se subió a lo más alto del podio de su profesión tal y como lo había hecho en 2008. Solvencia, seguridad, tranquilidad, destreza, conocimientos sólidos, buena dicción y comunicación fueron suficientes argumentos para que los miembros del jurado le dieran el oro.

“Estoy muy feliz”, reconoce, con su ya característico halo de humildad, esta joven que, además, acaba de obtener el quinto puesto en el certamen Mejor Sommelier de las Américas. Viajera empedernida y experimentada, a pesar de su corta edad, repasa cómo se involucró y acumuló experiencia en el apasionante mundo vitivinícola.

¿Cuándo fue la primera vez que probó vino?
Tomo desde chiquita: mi abuelo y mi mamá siempre me convidaban un sorbito, pero con mucha soda.

¿Cómo llegó al mundo de la sommellerie?
Mi sueño siempre fue viajar por el mundo. Desde pequeña pensaba en ser actriz, azafata u hotelera. Por un lado, me gustaba la actuación, profesión que estudié bastante; por el otro, imaginaba carreras gracias a las cuales pudiese viajar constantemente. Por ende, pensé en ser azafata. De hecho, había averiguado todo para ingresar, cuando tenía sólo 14 años. Pero a mis 15 viajé por primera vez a Mendoza con mi papá, nos cancelaron un city tour y nos ofrecieron visitar una bodega a modo de compensación. Mi papá no quería –¡porque no toma vino!– pero a mí me encantó la idea. Y fue amor a primera vista. Me encantó Mendoza desde el primer minuto.

Pocos años después de ese flechazo se graduó con medalla de honor...
¡Sí, fue muy sorprendente! Empecé la carrera en la Escuela Argentina de Sommeliers con 18 años: era la más chica y una de las pocas sub-30. Al principio me sentía sapo de otro pozo: todo el mundo olía frutos rojos, frutos negros ¡y yo siempre decía que olía alcohol! Todos se reían. Pero estudié, me esforcé muchísimo y trabajé desde el comienzo de la carrera: eso me ayudó un montón. Mi primer trabajo, para la Guía de Vinos Austral Spectator, fue un golazo: si bien mi función era como coordinadora de los catadores, ellos me dejaban degustar y opinar de cada vino, claro que sin que fuese válido mi puntaje. Fue una experiencia que me marcó. De mi escuela, puedo decir que me dieron las herramientas necesarias para desarrollarme en cualquier parte del mundo, y estoy muy agradecida.

¿Qué significó haberse consagrado como la mejor sommelier con sólo 20 años?
¡Muchísimo! Se me abrieron las puertas del mundo. A partir de aquel primer puesto hice mis experiencias debutantes en Europa y el resto del planeta. Viví un año en Londres y otro en la isla Mauricio, donde trabajé para el prestigioso cocinero Alain Ducasse. Además, coseché en Château Le Pin, Pomerol; en Mouton Rothschild, Pauillac; recorrí Italia, España, Francia, California, Sudáfrica y Chile. Todo eso me enriqueció muchísimo a nivel profesional y personal.

¿Es diferente la sensación de volver al podio cuatro años después?
Sí. Me siento más madura y más segura de lo que soy, conociendo mis virtudes y mis defectos, sabiendo qué parte no me cuesta y cuál tengo que trabajar más.

¿Cuál es su balance profesional entre premios?
Gané experiencia, conocimiento y contactos que me permitieron recorrer el mundo. Algo que tengo que mejorar es mi concentración: soy muy emocional y pasional y, a veces, eso te puede jugar en contra.

¿Qué trabajo disfrutó más hasta ahora?
El actual, en el restaurante Aramburu. Tengo la suerte de tener un jefe y un amigo, Gonzalo Aramburu, que entiende la importancia de prepararse para un concurso, estudiar y capacitarse. Él sabe mucho, no hace falta que le explique nada y es un gran apoyo. Ya hace un año que formo parte del restaurante, que es como mi segunda familia, y siento que crecí. Tengo todas las libertades para expresarme, para capacitarme –viajé a Nueva York y Londres en un año– y desarrollar mi propio estilo.

¿Cómo se llega a ser la mejor del país?
No creo que sea la mejor de todos, ya que se presentan entre 20 y 30 personas. Sí fui elegida número uno en 2008 y 2012, y también salí segunda en 2010. En todo caso, te diría cómo se hace para ganar. Mi fórmula es bastante simple: mucho estudio, dedicación, amor y soltura escénica. Lo que más me ayudó –además del conocimiento, por haber estudiado mucho– fue el disfrute que siento cada vez que subo al escenario. Me encanta la exposición y realizar pruebas frente a todos. Suena freak porque a nadie le gusta, ¡pero es así!

¿Qué balance hace del concurso organizado por la Asociación Argentina de Sommeliers?
Tiene un nivel de exigencia altísimo: hay que demostrar conocimientos teóricos sobre todas las regiones vitivinícolas del mundo, enología, viticultura, otras bebidas y productos, así como temas de cultura general, a lo que se suman las pruebas de cata a ciegas, maridaje, servicio. Es la tercera vez que participo y, edición tras edición, todo se torna más complejo, las preguntas son cada vez más difíciles. Es algo que considero esencial, ya que nos obliga a esforzarnos cada vez más y nos prepara para las competencias internacionales. Además, es una gran oportunidad para promover y difundir la sommellerie y, en la medida en que muchos se preparen para el concurso, contribuye a la mejora del nivel promedio de la profesión en la Argentina.

¿Por qué siempre han ganado mujeres?
¡No lo sé! Es muy loco porque nunca, jamás, una mujer llegó a la final ni ganó ninguno de los concursos de mejor sommelier del mundo. Una explicación posible es que las mujeres somos más sensibles y perceptivas.

¿Cómo está posicionada la profesión en la Argentina respecto de lo que sucede en otras capitales mundiales del vino?
La sommellerie apenas pasa los 10 años de historia en el país. Sin embargo, y aún siendo tan joven, ya tiene una asociación consolidada que organizó cinco concursos nacionales y un panamericano, trabaja articulada con Wines of Argentina, el Fondo Vitivinícola y otras entidades del sector, así como con la Court of Master Sommeliers, a nivel internacional. La AAS forma parte de la Asociación de la Sommellerie Internacional desde 2002 y fue cofundadora de la Alianza Panamericana de Sommeliers, en 2007, que además es presidida, desde hace unas semanas, por el presidente de la AAS, Andrés Rosberg. Creo que, si bien queda mucho por mejorar para alcanzar los niveles de calidad que se manejan en la elite mundial, vamos por el buen camino: nuestros profesionales son respetados en el exterior y cada vez más estudiantes de la región vienen aquí a formarse.

¿Qué país vitivinícola la marcó?
Francia, que fue el primero que visité. Pongo el contexto: año 2008, sola, 20 años. Con el premio otorgado por la AAS, que en ese momento eran u$s 3 mil, más los ahorros que me habían quedado de la temporada en Los Notros, recorrí los viñedos del país galo. En principio, tenía un pasaje por dos semanas, ¡pero me quedé tres meses! Recuerdo que tomaba el tren desde París a Bordeaux y lloraba: no lo podía creer. Sentía que tocaba el cielo con las manos.

¿Cuál es su estilo de vinos?
Me gustan los frescos, frutales, fáciles de beber. Soy una gran bebedora de blancos.

¿Qué significa ser sommelier?
Ser un comunicador del vino en todos sus aspectos, el conector entre el enólogo y el cliente.

¿Se ve comunicando de modo más masivo?
Sí, en un programa de televisión bien moderno y descontracturado. Me imagino algo con un chef joven, de mi edad, y buena música. Me gusta mucho el formato del programa Trocca alla Fontán. Quisiera armar algo de ese estilo, pero enfocado en los vinos y las bebidas, promoviendo su consumo de manera sana y consciente.

Se que armó su propio blog...
¡Mejor no hablemos! Tengo todo en la cabeza pero me cuesta muchísimo sentarme, concentrarme y actualizarlo. ¡Y eso que tengo contenido!