Jueves  23 de Agosto de 2012

La última cruzada de Jane

Saltó a la fama en los ’60 como “la dama de los chimpancés”, cuando revolucionó la ciencia al demostrar que esos primates tienen emociones y usan herramientas. Medio siglo después, se ha convertido en una de las defensoras del medio ambiente más influyentes del mundo. De paso por Buenos Aires, en el marco de una gira internacional, la leyenda viva del conservacionismo revela que confía en los jóvenes y la RSE para salvar al planeta.

La vida de Jane Goodall es más increíble que la ficción. Quizás por eso su destino comenzó a encontrar el rumbo precisamente a través de un libro. La historia del Dr. Dolittle, un clásico de la literatura infantil, marcó a la pequeña Jane de tal modo que, hasta hoy, a sus 78 años, ella sigue encontrando en sus páginas el origen de su vocación. ¿Cómo no iba a maravillarse con las hazañas de ese humilde veterinario que viaja en barco hasta África para curar a los monos aquejados por una terrible epidemia? En el ínterin, Dolittle también escapa de dictadores y se enfrenta a piratas, salva a un niño atrapado en una isla desierta y hasta encuentra un magnífico tesoro. “¡Era fantástico! No podía pensar en algo más exótico ni excitante que trabajar con monos en la selva”, recuerda Goodall ahora, 7 décadas después, con un brillo en la mirada que hace pensar que, en realidad, no pasó un solo día desde aquel despertar. Pero su propia historia resultó ser aún más apasionante que la de su héroe literario de la infancia.

Había una vez...

... una familia inglesa. Mortimer y Vanne Goodall vivían en la ciudad costera de Bournemouth junto a sus hijas, Judy y Jane, cuando irrumpió la Segunda Guerra Mundial. Desde su casa podían ver los aviones militares que surcaban el cielo y escuchar los ensordecedores bombardeos. Pero, a pesar de tan oscura época, Jane tuvo una infancia muy feliz. Amaba treparse a los árboles y quedarse horas leyendo, sentada en una rama. Uno de sus títulos favoritos era Tarzán, aunque la irritaba que la novia del hombre mono fuese tan miedosa: “¡Yo sería una Jane mucho mejor!”, pensaba. Cuando lo decía en voz alta, (casi) todos se reían de ella: “África estaba muy lejos, mi familia no tenía un buen pasar, eran tiempos políticos difíciles y, lo peor de todo, ¡era mujer! Sin embargo, mi extraordinaria madre me dijo que no renunciara a mi sueño”.

La oportunidad de conocer el enigmático continente negro le llegó a los 23 años, cuando una amiga la invitó a Kenya. Goodall tuvo que trabajar incontables horas como moza para pagarse el viaje en barco que, después de tres semanas de travesía, la depositó en las costas de lo que más tarde se convertiría en Tanzania. Lo que pasó entonces podría ser la prueba de que la predestinación existe: en ese viaje le presentaron al doctor Louis Leakey, famoso antropólogo y paleontólogo, quien la contrató como secretaria. Unos años después, Leakey, obsesionado con investigar el comportamiento de gorilas, orangutanes y chimpancés, la eligió para observar a estos últimos en el Parque Nacional Gombe. Como nunca antes una mujer se había aventurado sola en semejante empresa, el gobierno británico la obligó a ir acompañada: así, en julio de 1960, Goodall se internó en el bosque junto a su mamá, con sólo un par de binoculares y un cuaderno como herramientas de trabajo. Fueron tiempos difíciles que sólo pudo superar con enorme paciencia y tenacidad: “La primera vez que vi un chimpancé me sentí tremendamente frustrada porque todo lo que hizo fue huir de mí. Así se comportaron hasta que, tres o cuatro meses después, uno de ellos comenzó a perder su miedo. Lo llamé David Greybeard (N. de la R.: Sin aclaración oficial, se podría deducir que así lo bautizó porque su primer guía en Gombe se llamaba David y porque ese chimpancé tenía barba gris, pero son meras conjeturas). Gracias a que él se acercó, el resto de la manada pudo confiar en mí”, explica.

Así comenzó a integrarse al grupo y pudo aprender sobre cada uno de ellos: sus lazos familiares y relaciones de poder, sus emociones, sus personalidades. Todos conceptos que hoy, Animal Planet de por medio, quizás nos parezcan obvios. Sin embargo, más de medio siglo atrás, nadie creía en esas cuestiones. De hecho, el trabajo de Goodall fue criticado por diversos expertos porque, por ejemplo, había bautizado a los chimpancés con nombres como Flo, Freud o Frodo en lugar de numerarlos como sujetos 1, 2 y 3, prueba suficiente, para algunos, de que sus estudios carecían de “objetividad científica”. Goodall tuvo que pasar cuatro meses en la reserva –contagio de malaria incluido– hasta que por fin presenció el que sería uno de los mayores descubrimientos de la ciencia moderna: dos chimpancés tomaban una rama, le arrancaban las hojas y la introducían en un nido de termitas para alimentarse de ellas. Esta acción, aparentemente simple, significaba un cambio de 180º. Hasta entonces, la definición de ser humano se basaba en que era el único animal capaz de crear herramientas: “Ahora debemos redefinir qué es una herramienta, qué es un hombre, o aceptar que los chimpancés son humanos”, se pronunció Leakey.

La propia identidad de Goodall también adquirió un nuevo significado. La mítica National Geographic no tardó en llegar con sus cámaras para mostrar al mundo a esta joven rubia y menudita que revolucionó el estudio de los animales. Desde entonces, fue mundialmente conocida como “la dama de los chimpancés”. Sin embargo, para que la comunidad científica la tomara en serio, necesitó volver a Inglaterra.

¿Qué pasó tras su primera estadía en Gombe?

Al terminar el colegio no tenía los medios para continuar mis estudios, por eso llegué a África sin ningún título. El doctor Leakey quería que yo tuviera una educación formal para continuar mis investigaciones. “Pero no hay tiempo para una carrera de grado”, me dijo. Y, acto seguido, me consiguió un lugar en la Universidad de Cambridge para realizar un doctorado. Estaba muy nerviosa, y mi situación no mejoró cuando un profesor me dijo que había hecho todo mal, que no tendría que haberle puesto nombre a los sujetos de estudio. Tampoco le parecía correcto que yo hablara de mentes o sentimientos en animales porque esos conceptos se aplicaban sólo para humanos. Pero yo había tenido un maestro fantástico de niña, quien me enseñó que eso no era verdad: mi perro Rusty. Con él tuve un vínculo real que me permitió saber, desde pequeña, que los animales sí tienen personalidades y emociones. Luego de cuatro años, completé mi doctorado en Etología y regresé a Gombe.

Ahora que sí es considerada una eminencia, ¿cuál cree que debe ser el rol de la ciencia en el estudio de los animales?

Pienso que un científico que sólo usa su intelecto y no deja que su corazón participe en su trabajo es una persona muy peligrosa. Afortunadamente esto es cada vez más compartido por mis colegas. En las universidades se ofrecen programas relacionados al estudio de los sentimientos y las personalidades de animales, algo que en mi época de estudiante era imposible. Así que hay un cambio, ¡pero tan lento!

¿Es la mayor satisfacción de su carrera?

Mi mayor satisfacción es una vivencia más personal. Sucedió la primera vez que un chimpancé se me acercó y apretó mi mano con muchísima suavidad. Todas las cosas emocionantes que me pasaron fueron el resultado de una acumulación gradual de experiencias. Por ejemplo, descubrir que entre chimpancés hay madres buenas y malas, y que eso implica una enorme diferencia en la forma en que sus hijos se desarrollan. Es decir que, al igual que en nuestras propias sociedades, el rol materno es clave. Para mí, se trata de los pequeños pero hermosos detalles que pude observar mientras caminaba tranquilamente por el bosque...

¿Qué implicó vivir dos realidades diferentes?

Hasta los ‘90, en las épocas en que me quedaba en Gombe por largas estadías, había dos cosas que me shockeaban por completo al volver a Londres u otra gran ciudad. La primera era la basura, el desperdicio: veía a la gente tirando cosas que un africano atesoraría, o notaba una canilla abierta que nadie cerraba, mientras que en África había estado en lugares en donde no había ni una gota de agua potable. Los seres humanos consumimos y nos deshacemos de cosas sin pensar. La segunda cosa que me paralizaba cuando salía de la reserva era el ruido de las ciudades: los autos, las bocinas. ¡Y el olor!

¿Es África su lugar en el mundo?

En un sentido, lo es: amo estar ahí. Pero también soy fiel a Gran Bretaña porque es donde me crié y donde está mi vieja casa familiar, que comparto con mi hermana. Ahí están mis raíces. Y es el único lugar donde puedo escribir mis libros. Pero extraño mis años de investigadora en Gombe cada día de mi vida...

Sin escalas

Goodall pasó unos 30 años de intenso trabajo de campo en la reserva africana donde, además, conoció a los dos hombres de su vida. Su primer marido fue Hugo van Lawick, un fotógrafo y documentalista de National Geographic con quien tuvo a su único hijo, a quien crió en Tanzania. Junto a van Lawick fundó un centro de investigaciones que sigue activo; su matrimonio, en cambio, terminó en divorcio. En 1975 se casó con Derek Bryceson, el director del Parque Nacional de Tanzania, pero él murió apenas cinco años después. A partir de ese momento, Goodall se focalizó aún más en estudiar y cuidar de los chimpancés.

Y si un barco la llevó hasta África y cambió su vida, fue arriba de una avioneta que se replanteó su destino: “Nunca me voy a olvidar cuando volé sobre Gombe, en los ‘90. Desde las alturas pude admirar toda su belleza, pero me horroricé cuando noté cómo las áreas aledañas estaban deforestadas, cubiertas de desechos... La gente, en su desesperación por sobrevivir, estaba talando los árboles y explotando hasta el último recurso disponible”, relata. Así, Goodall cayó en la cuenta de que no había forma de salvar a los animales si el planeta estaba en riesgo de desaparecer. Convencida de que debía transmitir este mensaje de conservación natural, empezó a viajar por el mundo dando charlas motivacionales, reuniéndose con mandatarios y líderes internacionales, apoyando iniciativas para cuidar el medioambiente. Hoy, a sus 78 años, vive de gira unos 300 días al año.

Su última visita a Buenos Aires se produjo en junio pasado, en coincidencia con la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible que se celebró en Río de Janeiro. En menos de 24 horas, Goodall fue la anfitriona de una cena a beneficio, dio unas pocas entrevistas a la prensa y, sobre todo, se dedicó a hablar con los chicos que participan en su programa internacional de voluntariado Roots & Shoots. La agenda de Goodall es asombrosa y ella la maneja con la misma paciencia y tenacidad que aplicó a sus estudios con chimpancés. Es evidente que sabe cómo administrar su energía y estar en todo al mismo tiempo, sin perder ni un segundo el foco de su mensaje.

Vestida con sencillez y buen gusto, con su largo pelo blanco atado en una cola baja y a cara lavada, Goodall transmite tanta calidez como rigurosidad. Habla con dulzura, pero sus palabras son precisas; y su mirada es tan compasiva como sagaz. Es consciente de que es una leyenda viva y del impacto que genera en sus interlocutores pero, al mismo tiempo, sigue siendo esa niña optimista e idealista que sueña con imposibles... y los hace realidad.

¿Cómo es ser una personalidad inspiradora?

Al principio, me preguntaba: ¿por qué yo? Luego me di cuenta de que, para bien o mal, tengo algunos talentos. Uno de ellos es mi habilidad para comunicarme: ya sea escribiendo un libro o dando un discurso, veo que la gente encuentra inspiración en mis palabras. Cada vez me pedían que diera más charlas o conferencias y tuve que aceptar que, si me decían que era una excelente oradora, entonces debía ser verdad. Comprendí también que ese poder de movilizar a las personas era una gran responsabilidad. Por eso es que ahora viajo tanto a diferentes rincones del mundo. A veces es agotador, pero siento que es necesario.

¿Cuáles han sido los mayores obstáculos?

Probablemente lo más difícil durante mi carrera fue conseguir los recursos económicos para mantener la continuidad de mi trabajo. Conseguir dinero siempre es una tarea compleja. Por eso viajo tanto: debo organizar eventos, hablar con la gente... El primer Instituto Jane Goodall se fundó en Estados Unidos en 1977, y el último que creamos fue el de la Argentina. Pero si esta iniciativa es a largo plazo, ¡tendrá que sobrevivir sin mí! Por otro lado, un gran obstáculo han sido también las restricciones de los gobiernos: en algunos lugares de África nos tuvimos que retirar debido a las guerras civiles. Y el tercer inconveniente: ¡ser una sola persona! Por fortuna, la tecnología ayuda mucho, a veces puedo comunicarme por videoconferencia en lugar de viajar, y así también reduzco mi huella de carbono... Pero, en algunos casos, quieren ver a “la verdadera” Jane, cara a cara.

¿Cómo fue su experiencia en Río+20?

Fui solamente para participar en un evento por fuera de la cumbre, en contra de la deforestación, porque evitar la tala de bosques es la forma más rápida y económica de desacelerar el calentamiento global. Con respecto a las deliberaciones de la ONU, no tenía ningún tipo de expectativas: luego de las decepciones de Copenaghen y Cancún, ¿por qué habrían de lograr algo importante ahora? Finalmente, Río fue aún peor de lo que me imaginé: se sacaron infinidad de artículos del documento original que debían firmar, incluso quitaron todas las menciones sobre los derechos de las mujeres, razón por la cual Hillary Clinton se retiró furiosa. El documento que se firmó no tiene impacto real. Además, faltaron importantes líderes mundiales como Barack Obama, David Cameron y Angela Merkel.

En este contexto de fracaso de las políticas gubernamentales, ¿qué cambio pueden generar las empresas?

La responsabilidad social empresaria está transformándose en una iniciativa real. Muchas compañías han comprobado que pueden tener un negocio exitoso haciendo las cosas bien: es posible ser responsables y ganar dinero al mismo tiempo. Por supuesto, es difícil llegar a la perfección, especialmente a mayor dimensión de la empresa. Pero se puede. Para mí es muy alentador que algunas de las grandes corporaciones, como Coca-Cola o Unilever, hayan prometido que para 2020 serán forest free, es decir, que nada en su cadena de producción influirá en la destrucción de los bosques. En mi opinión, las corporaciones se están empezando a dar cuenta de que, por ejemplo, el agua escasea, y ¿cómo pueden operar sin agua las grandes multinacionales que fabrican gaseosas? No sé si es porque quieren salvar su negocio, o quizás buscan pasar a la historia como aquellos que lograron un cambio radical. Sinceramente, no me importa qué los motiva. Lo que sí valoro es que lo estén haciendo. Por otro lado, conozco líderes que realmente se comprometen, son apasionados del medioambiente porque saben que lo que hacen no es sólo para salvar sus negocios, sino también a sus familias.

Entonces, las empresas podrían reemplazar a los gobiernos en esta cruzada ecológica...

Definitivamente. Estas enormes multinacionales tienen muchísimo dinero y a veces influyen en gran medida sobre la política. Si pensamos en el lobby, no quedan dudas de que tienen un poderío impresionante. Pero si ese poder es irresponsable y se combina con gobiernos corruptos... Bueno, ya hemos visto qué terribles consecuencias puede acarrear todo esto para el planeta: ha sido esa actitud la que nos trajo a este punto de casi sin retorno. Casi, porque estamos a tiempo de cambiar el rumbo.

¿Cree que la Argentina puede ser uno de los líderes sudamericanos de ese cambio?

¡Hagamos que lo sea! Pienso que hay suficiente riqueza en Sudamérica para lograrlo. No necesitan ayuda externa. Así que, ¿por qué no podría la Argentina jugar un papel importante? Por ahora, sin embargo, pareciera que no lo está haciendo: el país está muy involucrado en destrucción forestal, en cultivos genéticamente modificados, en minería y otras actividades que no son buenas para el mediambiente. Pero no tiene por qué seguir siendo así, ¿no? Depende de a quién eligen los argentinos para representarlos y tomar las decisiones.

¿O sea que la responsabilidad de fondo recae en los ciudadanos?

Hay que recordar que, aunque hay muchos motivos por los cuales culpar a las empresas y a los políticos, todos consumimos productos y servicios. Entonces, lo que decidamos no consumir, no se producirá más. Pero rara vez queremos pagar unos centavos extra por un producto ecológico. Deberíamos cuestionarnos las consecuencias de nuestras elecciones: cada cosa que compramos, comemos, vestimos, ¿ha incluido en su producción algún proceso dañino para la Tierra, o utiliza mano de obra infantil para su fabricación? No estamos acostumbrados a pensar en estas cosas. Afortunadamente, las nuevas generaciones están cambiando su mentalidad y ellas también están mostrándole una forma distinta de analizar los comportamientos cotidianos a sus padres y abuelos.

¿Por eso creó Roots & Shoots, su programa de voluntariado para jóvenes?

Hace años noté que las nuevas generaciones tenían una gran desesperación: no confían en el futuro, se han convertido en personas apáticas, enojadas o simplemente deprimidas. Creen que quienes los precedimos arruinamos el planeta. ¡Y tienen razón! Pero también vi que los jóvenes cambian radicalmente una vez que se dan cuenta de que pueden marcar una diferencia: cuando se involucran en una causa pasan a la acción y descubren a otros que están haciendo lo mismo en el mundo. Fundé la organización para darles el poder que se merecen.

¿Le queda alguna cuenta pendiente?

De lo único que me arrepiento es de tener sólo una vida, porque no puedo hacer todas las cosas que quiero hacer. Y también pienso que es muy triste que las circunstancias en este planeta me hayan forzado a dejar Gombe para viajar incansablemente, tratando de ayudar a salvar a la Tierra. Pero un día ya no voy a estar y quiero que los jóvenes tomen la posta: hay muchos que están haciendo un nuevo mundo ahora mismo. Eso es muy inspirador, ¿verdad?

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