Jueves  26 de Mayo de 2011

"La lectura es una práctica solitaria"

Desde la década del ‘80, Daniel Link es uno de los referentes más respetados de la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Autor de ensayos, poesías, novelas, relatos y obras de teatro, se ha consolidado como uno de los críticos literarios más destacados del país, un oficio que defiende a despecho de las susceptibilidades heridas.

El hecho de que Daniel Link haya concedido una entrevista justo la semana en que se casa, es una rareza, además de un privilegio. En su departamento del barrio de Montserrat todo es vorágine, entre agendar el turno de los análisis prenupciales, ultimar los detalles del festejo y coordinar la recepción de amigos varios llegados de distintas partes del mundo, desde Chile hasta Berlín. Ninguno quiere perderse el enlace del escritor con su pareja desde hace más de diez años, el fotógrafo Sebastián Freire. “Cuando se sancionó la Ley de Matrimonio Igualitario decidimos casarnos, pero no ese mismo año porque quisimos evitar tanta exhibición. ¡Salían todos en los diarios!”, explica con indisimulado repelúz.

Entre tantos preparativos, Link tiene otros motivos de celebración: en pocos meses se publicará una nueva colección de sus textos comentados de teoría bajo el título de Cuadernos de Plata, y también debutará en el segmento de la literatura infantil con una adaptación de Las mil y una noches, para chicos de entre 10 y 12 años, así como con Los artistas del bosque, una short story para niños de entre 4 y 6 años, ilustrada por reconocidos artistas plásticos.

¿Cuál es su opinión de la actual oferta de literatura infantil?
No soy un gran lector de libros para chicos pero creo que tienen dos grandes vicios: el exceso de pedagogía y la fijación en los aspectos más inmediatos de la vida cotidiana del niño, como el barrio y la escuela. Me interesa más la literatura de antes, fantasiosa, desbocada. Obviamente, como mis hijos ya tienen veintipico, no leo más libros infantiles. Pero Los artistas del bosque es un cuento que inventé para ellos.

¿Cómo se hace para incentivar a los chicos a la lectura?
No sé si hay que incentivarlos para que lean, hagan deporte o estudien música porque a cada chico le gusta lo que le gusta. Creo que la necesidad de lectura está más relacionada con cuestiones pedagógicas.

¿Pero no cree que leer es una práctica valiosa en la infancia?
Desde ya que es una práctica que agiliza la mente, pero de eso se debe encargar la escuela y no el mercado de libros infantiles, ni siquiera los autores. Cuando uno escribe para adultos no está pensando en incentivarlos a que lean. Y eso tampoco debería pasar con los chicos. Ellos leerán o no de acuerdo a sus gustos, tradición familiar u otros factores. Ninguno de mis hijos fue, ni es, un gran lector.

Dice que la escuela debería incentivar la lectura, ¿Qué opina de esa institución hoy?
Que es un desastre. Todas las pruebas de las que participó nuestro país recientemente dieron resultados patéticos en cuanto a rendimiento escolar, inclusive comparados con los de otros países que siempre estuvieron muy por debajo del nuestro en América Latina. Perdimos mucho terreno en ese punto. Es algo muy complejo de revertir porque las acciones educativas tienen una inercia como de 20 años, por lo cual la formación de los alumnos que ya terminaron la escuela es irreversible. Basta tan sólo con ver cómo escribe la gente en los mensajes de texto o en Twitter. Allí se nota claramente el deterioro de la ortografía, producto de la ineficacia del sistema escolar.

¿Y cómo se podría revertir ese cuadro de crisis educacional?
El que no sabe lo que hay que saber, no aprueba las materias y no pasa de grado. Es tan sencillo como eso. Dicté clases de Literatura en distintas escuelas e, incluso, escribí dos libros para el nivel secundario. La educación me interesa pero se democratizó en niveles que, para mí, son disparatados, porque la escuela no es una institución democrática sino autoritaria. Entonces, pretender democratizarla es absurdo. Yo soy el docente y le digo al alumno qué debe estudiar. Y punto. Pero no debería preocuparme por evaluar si los chicos se portan mal, ni perder el tiempo con tareas que tienen que ver con la socialización que no reciben en sus casas.

Si tuviera un hijo pequeño, ¿qué tendría en cuenta a la hora de elegir su colegio?
Mis hijos fueron al Nacional San Isidro y no me arrepiento. Hubiera preferido que fueran al Nacional Buenos Aires, pero en ese momento nos quedaba lejos. No elegiría un colegio privado porque no estoy dispuesto a invertir sumas exorbitantes de dinero en una formación que no sé qué resultados dará. En el caso de que uno tuviera un hijo al que le gustase estudiar, perfecto. Pero si uno tiene un hijo al que le importa todo tres cuernos e invierte millones de dólares en 12 años de colegio, no vale la pena. Fui a una escuela privada, tuve una buena formación y no estoy diciendo que la educación privada no sea adecuada sino que sirve si uno sabe que su hijo realmente la aprovechará. ¿Pero qué certeza se puede tener de eso cuando un niño tiene seis años? No pagaría una cuota en un colegio privado porque lo único que me garantiza es que no habrá huelgas y que mi hijo no perderá días de clases. Siempre discuto porque los funcionarios públicos o el Ministro de Educación no mandan a sus hijos a colegios estatales: eso hace que estas personas ignoren el resultado de la política educacional. La educación pública, por más desastrosa que sea, debería ser obligatoria para sus hijos porque les daría una perspectiva mayor de su propia práctica.

Lector voraz

Hace unos 30 años, Daniel Link cursaba la carrera de Ciencias Económicas. Estaba en el aula, esperando la llegada de su profesor de Contabilidad II. Cuando el docente entró, no pudo evitar notar que llevaba puesta una corbata horrible. “En ese momento me pregunté si eso sería lo más lejos que yo llegaría en este mundo. Se supone que un profesor de esa materia, en esa carrera, debería ser una estrella. Me di cuenta de que estaba en el lugar equivocado. Me levanté sin decir nada, me fui y nunca volví. No fue algo analizado, sino más bien una percepción estética”, confiesa, entre risas.

Tras la fallida experiencia en esa carrera, signada por el mandato familiar y no por sus propios deseos, Link se recibió de profesor de Letras en 1984. Enseguida comenzó a dictar clases en la UBA, primero en la materia Semiología, del Ciclo Básico Común, luego en Teoría y Análisis Literario, de la carrera de Letras, y en Teorías y Prácticas de la Comunicación I, de la carrera de Ciencias de la Comunicación. Desde fines de la década del ‘80, es el titular de cátedra de Literatura del Siglo XX de la carrera de Letras.

Su amor por el mundillo literario, opacado apenas por ese par de años en Económicas, estuvo presente desde que era muy pequeño. “Era un chico introvertido y, por lo tanto, lector. La lectura es una práctica solitaria. Aprendí a escribir frases escolares y poemas al mismo tiempo. Y mis padres leían bastante, aunque porquerías: novelitas de pistoleros, colecciones baratas de editorial Bruguera. No eran lectores finos pero leían. Y yo también”, rememora.

¿Y qué leía de pequeño?
De todo, porque era socio de una biblioteca popular del barrio. Leí a Julio Verne, a Emilio Salgari. A los 12 leí Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, y me encantó. Fue uno de los primeros libros para adultos que leí y, desde entonces, no paré. Devoré vorazmente toda la literatura contemporánea que cayó en mis manos: argentina, latinoamericana, europea.

¿Sigue leyendo con avidez?
No tanto, porque soy más selectivo, sobre todo por mis clases. Tampoco leo tres novelas al mismo tiempo. Si una historia te cautiva, te sumerge en cierto mundo y no te dan ganas de ingresar en otro. Sí puedo leer a la vez una novela y un ensayo o poema. Ahora estoy leyendo un libro de César Aira, uno de los pocos escritores que no agota mi paciencia. Porque, a veces, un autor se repite y, como uno ya le conoce el mecanismo, deja de tener gracia.

¿Qué escritores actuales le gustan?
Elijo una respuesta estandarizada: leo muy pocos escritores jóvenes. No sé si por miedo a darme cuenta de que lo que escriben es mejor que lo mío (risas) o más bien por una cuestión de tedio, porque no hay ninguno que esté haciendo algo maravilloso. Creo que los jóvenes perdieron un poco la capacidad de asombrarnos. En cambio, de mi generación rescato a Alan Pauls, cuyos libros Historia del llanto e Historia del pelo me gustan mucho, no así tanto El pasado. Siempre digo que él tiene una prosa impecable. No sé, no leo muchos más. Creo que, si bien se puede leer mucho, no demasiados autores pueden gustarte. Si sabés lo que te atrae, seguro serán un par de autores, no 40.

Usted es crítico literario, ¿cómo hace para conservar la objetividad?
Se debe pensar a la crítica más allá del juicio de valor. La crítica implica situar un texto en un mapa, relacionarlo con otro, establecer sus condiciones de existencia y, además, comentar si a uno le gusta o no. Pero no se puede decir que es malo porque a uno no le agrada. Una crítica debe tener dos momentos: el de situación y análisis del objeto, y el de evaluación, donde se revela si cumple o no con las expectativas.

¿Se han enojado con usted por alguna crítica?
Sí. No me llaman por teléfono, pero me llegan comentarios como: “Tal persona está enojada con vos y dice que lo odiás”. Y yo digo que no, que no lo odio, sino que no me gustó su libro y punto (risas). Por un lado, hay que ser humilde y, por otro, hay que saber pensar que una crítica no es necesariamente un pedido de guillotinamiento. Si digo que tal libro es malo, no digo que por favor maten a su autor, sino que el libro es malo para mí. Quizás ese autor escribió antes otras cosas buenas y mañana escribirá muchas más. Pero nadie puede ser impecable todo el tiempo: yo no lo soy, ni espero eso de mí mismo ni de los demás.

Entre lo imaginario y lo real

Link escribe desde muy pequeño. “Creo que no tiene sentido escribir sin publicar. Aira tiene la teoría de que escribir es vergonzoso porque, si alguien te pregunta qué hacés y vos respondés que escribís, no significa nada. Por eso creo que hay que publicar para poder seguir escribiendo”, esgrime. Su primera novela fue Los años ‘90, seguida por La ansiedad, Montserrat y el libro de relatos La mafia rusa. Pero, antes de estas ficciones, el escritor había publicado un libro de poemas y gran cantidad de ensayos. “Nunca me resultó complicado publicar: la Argentina es un país disparatado en el que existen prácticamente tantas editoriales como personas. Además, ahora uno puede publicar sus obras online. Por eso, no creo en el mito de los problemas de publicación ni en la existencia de grandes libros impublicados. Muchas veces, los editores mismos me preguntan si conozco nuevos escritores para contactar. Ellos saben perfectamente que no todo lo que se publica es bueno”, asegura.

En breve, Link reunirá sus tres primeras novelas, que actualmente están agotadas, en un libro único que se titulará Exposiciones. “Estas cosas pasan por las políticas de distribución tan mezquinas que hay en el país. Mi último libro, que publicó Emecé, estuvo dos años en las librerías. Luego recibí una carta donde la editorial me comunicaba que liquidarían los 96 ejemplares que quedaban. Que lo hagan no es grave, pero sí lo es que no mantengan más un libro en catálogo. Es una política rara: las editoriales publican un libro, lo agotan y no les interesa reeditarlo salvo que se trate de un best seller”.

¿Por qué cree que se adoptó esa modalidad?
Es una forma de supervivencia. Pero editoriales que trabajan sin catálogo, a futuro, son suicidas. Por un lado, los libros no están; por otro, a mí, como autor, no me divierte volver a publicar el mismo libro en otra editorial. Sin embargo, esta situación me obliga a buscar soluciones para que mi texto siga circulando. Por eso juntaré mis tres novelas en una sola edición.

¿Qué género aborda con mayor disfrute?
Escribo cualquier cosa, sin un formato predeterminado. Pero creo que la novela, en algún punto, tiene el atractivo de un desarrollo relativamente largo. No soy una persona que escriba textos muy extensos, pero el desarrollo largo siempre te permite ciertas operaciones, vaivenes, cambios de tono y una morosidad en la descripción que el cuento no tiene. En ese punto, me siento más cómodo con el relato extenso.

Cuando relee antiguos textos suyos, ¿le gustan o desearía no haberlos escrito?
En ese aspecto soy muy raro. No sé si me gustan. Mi libro de poemas se llama La clausura de febrero y otros poemas malos y es como una antología de todas las poesías que escribí entre los 15 y los 25 años. ¡Y son poemas realmente malos! (risas). Pero igual los quiero. No volvería a escribirlos, pero no reniego de ellos ni me avergüenzan: forman parte de mi historia. Pasar por la escritura de esas poesías me hizo ser lo que soy. Son malas, sí, pero como tales merecen ser conocidas, leídas y circular.

Siendo crítico y escritor, ¿cuánto le interesa la evaluación ajena?
Me importa porque, a veces, una crítica, buena o mala, te obliga a pensar cosas que no habías tenido en cuenta. A veces uno espera que el lector note cierto detalle pero sucede que, en vez de fijarse en eso, advierte otra cosa. Uno trata de controlar su discurso pero a veces hay zonas en las que no lo puede hacer. Resulta muy interesante el aporte de la lectura de otro.

¿Sus textos tienen mucho de autobiográfico?
Un poco... Pero La mafia rusa fue mi último libro en primera persona porque mi hijo me dijo que la cortara. En mis libros hay algo de mí, pero no soy yo. Mi madre dice que el 30 por ciento es verdad y el resto es falso ¿Pero cómo sé si mis recuerdos son verdaderos? Son tan sólo recuerdos que tengo, aunque quizás los inventé o los distorsioné. Uno nunca tiene la certeza de que está trabajando verdaderamente con la realidad. Y ese borde entre lo imaginario y lo real me gusta mucho.

¿Planea publicar un nuevo libro?
Será una novela histórica sobre las enfermedades del siglo XIX... ¡Y en tercera persona! (risas).

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