Jueves  08 de Noviembre de 2012

El crack del polo

Es el joven rey del deporte de reyes. Símbolo de la nueva generación de jugadores, apuesta por la profesionalización de equipos y dirigentes así como por popularizar la disciplina. Con apenas 26 años y un 10 de hándicap alcanzado a la edad de 19 —récord mundial—, consolida su imagen como embajador de marcas lifestyle.

Texto: Andrea del Río

Con apenas 26 años, Facundo Pieres es considerado el mejor jugador de polo de la nueva generación. Símbolo de contemporaneidad de uno de los deportes más tradicionales, sus precoces logros deportivos y su consolidada imagen como embajador de marcas lifestyle explican que el líder de Ellerstina rompa moldes. Y deje huella.

Arrancó el año conquistando el US Open Polo Championship, uno de los más importantes torneos de la disciplina que se disputan en el exterior, tal como ya había hecho en 2009. Al cierre de esta edición se alzaba, por sexta vez consecutiva, con el Abierto de Tortugas. Y junto a sus compañeros de equipo —sus hermanos Gonzalo (10) y Nicolás (9), y su cuñado Mariano Aguerre (9)— ya sueña con probarse la Triple Corona, tal como hiciera en las recordadas temporadas 2008 y 2012.

Con un 10 de hándicap alcanzado a la edad de 19 —récord mundial—, Facundo es el segundo hijo varón de Cecilia Rodríguez Piola y Gonzalo Pieres, un prócer viviente de la actividad: campeón argentino 9 veces —6 con Espadaña y 3 con Ellerstina, su creación junto a Kerry Packer—; hoy es el líder de una organización dedicada al polo business, desde desarrollos biogenéticos hasta el dream team donde juegan tres de sus herederos —es también padre de Tatiana y Cecilia—, pasando por la venta de caballos desde su estado embrionario, los remates de ejemplares de su producción anual, las clínicas de entrenamiento a medida en el lodge-escuela en General Rodríguez y proyectos inmobiliarios como La Lechuza y El Monte.

Digno representante de una estirpe que, según vaticinan los especialistas, es una de las más prometedoras y cumplidoras del circuito, el cielo parece ser el límite para la carrera deportiva de Facundo Pieres. Consciente de su condición de joven talento y líder de la nueva generación de profesionales de los tacos, el capitán de los hombres de negro —como se conoce a los integrantes de Ellerstina Citi Polo Team, o La Z— asume su condición implícita de representante del polo argentino en el mundo. En ese sentido, y con la intuición que lo caracteriza en las canchas, trazó tempranamente una estrategia de posicionamiento que hoy consolida su imagen como embajador de marcas lifestyle. De Hublot a Nespresso y Etiqueta Negra, pasando por Movistar, Citi, Alvear Palace Hotel y Jeep, demuestra ser un imán irresistible para las brands —que lo acompañan a título individual y/o a su team— ya que encarna esos valores que cotizan alto cuando de comunicación corporativa se trata: talento y compromiso, trabajo en equipo y espíritu de sacrificio, tradición y juventud, disciplina y pasión, humildad y hambre de gloria. A casi 10 años de su debut oficial en el Abierto de Palermo, recibe a Clase Ejecutiva en la Catedral del polo, su segundo hogar.

Estaba previsto reunirnos en su haras de General Rodríguez pero, a último momento, nos citó aquí porque quería acompañar a su hermano, que está jugando con un compañero de equipo muy especial, tengo entendido que es miembro de la familia real de Malasia...

Sí, Nico está jugando con unos patrones nuestros que están acá hace un mes. Ellos vinieron a acompañarnos en los partidos de Tortugas y acá estamos, haciendo devolución de gentileza.
Los polistas de su categoría suelen tratar con royalties, socialités y multimillonarios, sean patrones o participantes de sus clínicas de entrenamiento. ¿Es sencillo establecer un vínculo de camaradería?
Se da naturalmente. Son ellos los que quieren contactarse y jugar con nosotros. Por ahí hacemos vida rara, es decir, un poco irreal, pero hay que aprovechar, disfrutar y estar agradecidos. Casi todos los que empiezan a jugar al polo, y más tipos como éstos, se enamoran: arrancan y no quieren parar nunca más. Será por la sensación de adrenalina que les da estar arriba de un caballo, a una velocidad altísima; y a eso sumale que acceden al contacto directo con nosotros. Para ellos tampoco tiene precio. Bah, sí tiene precio (sonríe). Pero lo que más les interesa es que viven una experiencia espectacular.

Al margen de sus precoces logros deportivos, y los que vendrán, uno de sus diferenciales es que está construyendo una imagen a partir y también más allá del polo. ¿Cuál fue el disparador para probarse el traje de embajador de marcas?

Se fue dando solo. En realidad, a partir de la primera experiencia nos dimos cuenta de que se pueden generar acciones afuera del polo que, sin embargo, tengan mucho que ver con el deporte. Entendí que puedo encarar un camino que no muchos otros pueden, y sentí que debía aprovecharlo. Creo que ayuda bastante que los que tenemos la posibilidad de difundir el polo lo hagamos bien.

¿Qué es hacerlo bien para Facundo Pieres?

Ser profesional al momento de representar tanto a las marcas como al deporte. Por eso, es importante el criterio al momento de elegir a las marcas. La idea es seleccionarlas en función de una línea que queremos mantener. Pero, aún así, hay muchas posibilidades de hacer las cosas no tan bien. Y ahí es donde tratamos de no equivocarnos: cuidar a las marcas, al deporte y a mí.

Las campañas explotan su costado seductor. ¿Es coqueto hasta el punto de involucrarse en el concepto y el estilismo?

Trato de delegar porque no soy un entendido y porque no es lo que más me gusta hacer. A mí me gusta jugar. Por eso, fuimos armando un equipo que se ocupa del asesoramiento.

Antes de poner la rueda a girar, ¿estudió la estrategia de otros referentes deportivos con experiencia como brand ambassadors?

Me gusta lo que hacen futbolistas como Leo Messi, Cristiano Ronaldo, incluso David Beckham en su momento. En el polo, siempre miramos mucho a Nacho Figueras, que es mi amigo y el que mejor hace las cosas en este sentido. Obviamente, también está Adolfito (Cambiaso), que fue uno de los primeros en arrancar. Pero trato de mirar más a Nacho porque hace las cosas bastante bien en lo que tiene que ver con marcas y esponsors (N. de la R.: Es el embajador masculino de las fragancias Polo Ralph Lauren). Pero, por otra parte, él se puede dedicar más a esto y no tanto al polo. Y yo tengo que buscar el equilibrio: si no me concentro en jugar, lo pierdo todo.

Acaba de debutar como polo advisor...

Es algo muy novedoso para mí y no creo que muchos otros jugadores lo hayan hecho. A diferencia de mi vínculo con otras marcas, no soy la imagen de La Providencia sino que los asesoro para construir las canchas y las caballerizas. Es un club de golf en Canning que quiere sumar al polo y me eligió para definir esas cuestiones básicas que necesita este deporte para jugarse al más alto nivel: cómo ubicar las canchas según el sol y el viento, qué pasto plantar y cuánta arena se necesita. Conozco mucho del tema por viajar y jugar en los mejores clubes del mundo. Y también por lo que aprendí de mi padre, quien creó, a mi criterio, la mejor organización de polo que hay en el país. Lo que hizo en General Rodríguez, con 7 canchas de primera categoría, es espectacular. Y una inspiración.

En términos de valores, ¿qué transmite su imagen que lo ha vuelto tan deseado?

Me imagino que mucho, pero mucho, tiene que ver con los valores familiares. También sirve que juego al polo y soy joven. De todos modos, siempre prefiero que me vean como un Pieres más que como él único. Somos tres hermanos que jugamos al más alto nivel y somos un equipo antes que individualidades. Eso es lo que más valoro. Y, en ese sentido mi objetivo es hacer las cosas bien para que cualquier marca se sienta cómoda sabiendo que, el día que hablen de uno, hablarán bien.

Al tomar la decisión de levantar su perfil, ¿se planteó algún límite para el nivel de exposición derivado?

Seguro, porque ante todo soy un jugador de polo. Y ese título espero no olvidármelo nunca. Obviamente, la exposición sirve, pero no es mi intención pasarme. Quiero seguir poniéndole garra a mi carrera deportiva.

¿Ya tiene claro cuál es el objetivo final de la marca Facundo Pieres?

Como jugador, si te cuidás y entrenás y tenés un poco de suerte y pocos accidentes, tranquilamente podés jugar hasta los 45 años al nivel alto. Después tenés un par de años más para estar más relajado, quizás en el exterior. A mí me gustaría jugar lo más que pueda y, llegado el momento, seguir los pasos de mi padre como criador sin dejar de vincularme con marcas que, quizás, ya no tengan que ver ciento por ciento con el hecho de que esté jugando. El objetivo final, en definitiva, es explotar el polo, ayudarlo a crecer, a que sea más masivo y popular.

¿Qué tan masivo puede llegar a ser el polo?

Mucha gente cree que es un deporte muy elitista, que puede serlo pero no tanto como muchos suponen. Acá es el lugar donde más gente lo mira en las canchas y también por tele, pero afuera no tanto. Me gustaría que el polo se siguiera más en Europa, Estados Unidos y Asia. Para eso, creo que las asociaciones de todo el mundo tendrían que llegar a un acuerdo para cambiar las reglas: hacer los partidos más cortos, más entretenidos, incluso más entendibles. Muchos vienen a un partido y no comprenden lo que están viendo. Cuando se logre que el primero que vea un partido de polo lo entienda, será más fácil que la televisión transmita los torneos. Esa es una deuda pendiente del polo: los que juegan, se enamoran; los que lo ven desde afuera, no tanto.

¿Cree que la estrategia de posicionamiento del rugby, que se abrió camino en base al concepto de gesta heroica, es una vía posible?

Lo que ayuda al rugby, y a otros deportes, es que se juegue por países: una vez que representás a tu bandera, te hacés popular. Lo que hicieron Los Pumas es increíble. Y con el polo tenemos que lograr algo parecido: jugar exhibiciones, partidos, amistosos y copas representando a la Argentina, mucho más de lo que se hace, va a ayudar a que la gente descubra que el polo es un deporte dedicado ciento por ciento al país. Por eso, el torneo que más queremos ganar es el Abierto de Palermo, que no nos da mucho pero que sí significa orgullo y prestigio.

Se instaló la idea de que todos los polistas son millonarios. Pero, detrás de esa aspiración de profesionalización y popularización, hay una búsqueda de inyección financiera que muchos no suponen que necesita este deporte. ¿Es tan difícil que los números cierren?

Es verdad que hay muchos a los que nos va bien y tenemos la suerte de competir todo el año para así mantener la cría, los caballos, la familia y la organización que nos contiene. Pero también hay muchos que son excelentes jugadores y la luchan todo el tiempo para conseguir laburo y bancar una estructura que no es barata.

¿Se imagina como dirigente en su actividad?

Como está manejándose hoy, no. Si se profesionaliza mucho más, me encantaría ayudar el día de mañana. Pero para ello tendríamos que hablar de una organización como la FIFA o la Fórmula 1. A mi criterio, las cosas hay que hacerlas bien, pero bien, o no hacerlas y dedicarse a lo que uno sí sabe.

¿Qué tiene el polo que los hace tan centrados y humildes, a diferencia de otros deportes donde se cultiva lo mediático o picante?

Supongo que influye que es un deporte de familia, un rasgo que no tienen otras disciplinas. En el polo, podés jugar con tus padres, tus tíos, tus hermanos, tus amigos. Además, es un círculo muy chico, donde todos nos conocemos y tenemos buena onda porque, tarde o temprano, acá o en el exterior, jugamos en el mismo equipo. Y el hecho de que seamos humildes quizás tiene que ver con que muchos venimos del campo, somos gente tranquila y, gracias a Dios, en nuestro caso, con una buena educación.

¿Ni siquiera lo pone nervioso que todo el tiempo lo comparen con Cambiasso?

No lo pienso ni me interesa. Es muy importante que yo esté pensando en el equipo y en mí más que en La Dolfina o en Cambiasso, porque es muy dificil jugar en el alto nivel si estás pensando en el otro. La rivalidad deportiva es normal y se armó porque jugamos muchas finales en los últimos años. Pero, de mi parte, no la siento al 100 % entre nosotros.

¿Jugar con sus hermanos y su cuñado es una de sus fortalezas deportivas?

Estoy feliz con ellos, me llevo bárbaro, son amigos además de parientes. Es mejor tener tres opiniones de gente que te quiere porque así tenemos más margen para hacer las cosas mejor y equivocarnos menos. Ojalá podamos seguir juntos siempre.

¿Cómo cuidan esa armonía familiar en momentos de alta tensión?

De vez en cuando, un psicológo deportivo nos ayuda a centralizar las ideas y pensar todos para el mismo lado, que es lo más importante. Además, papá y toda la gente que trabaja con nosotros influye: sentir sus ganas y su apoyo cuando nos entrenamos y jugamos es bastante espectacular. Más que eso no necesitamos.

¿Qué rol juega su madre en esa contención?

Ella fue la mano un poquito más estricta porque papá era más relajado: si era por él, que jugáramos al polo y nada más; pero ella nos obligaba a estudiar e ir al colegio. Si somos humildes y buena gente es por esa educación que nos han dado. Todavía hoy, cada vez que ella piensa algo, nos lo dice. Y ayuda mucho.

Más allá del mérito de haber ganado, por segunda vez, el US Open, tuvo que tomar una difícil decisión como líder del equipo Zacara. ¿Cómo lidió con ese desafío?

Ganar el segundo US Open de mi carrera, y con mi mejor amigo, Magoo (Cristian Laprida Jr.), fue espectacular, casi como haber ganado con mis hermanos. A nivel individual, es uno de los torneos más importantes que juego. Y tenía la espina de llevármelo porque el año pasado no se había dado pese a que, para mi gusto, teníamos un muy buen equipo. Pasó que yo había armado la formación con dos amigos míos, Joaquín Pittaluga y Maggo, que son de los mejores. No arrancamos bien y mi patrón, Lyndon Lea, me pidió la salida de Joaquín. Yo creía que teníamos que seguir poniendo garra y tratar de ganar y que, si no funcionaba, había que esperar y tener paciencia porque, para mí, las cosas no se cambian así porque sí. Pero el patrón quería cambiar, cambiar y cambiar. No fue mi decisión, pero tuve que darle la noticia por ser el capitán. Fue duro. Sin dudas, una de las experiencias más feas que me tocó vivir en el polo.

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