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MIÉRCOLES 12/12/2018
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Merval

Dalila en flor

Es una de las artistas plásticas más representativas del pop argentino. Sus 50 años de aura creativa fueron homenajeados en la reciente edición de arteBA.

Ella es una mujer bella. ¡Bellísima! Ella seduce con su estilo, su charme, su presencia, su increíble look. Es imposible que ella pase desapercibida. Y, ¿cómo será ir por la vida como ella, así, sin pasar inadvertida?

Lo que en otra es impostación, coquetería, extravagancia –su cabello caoba exquisitamente peinado “de peluquería”, su maquillaje sutil (apenas una base y un labial nude), sus gafas Chanel retro, sus pulseras de acrílico naranja, sus aros plateados, su chaqueta con apliques de flores estridentes–, en ella es identidad, esencia, substancia, meollo, misión. Ella es Dalila Puzzovio, la multifacética y vanguardista artista plástica que protagonizó, como una diva absoluta, la reciente 20º edición de arteBA, donde se rindió un festivo tributo a sus 50 años de multidisciplinaria creatividad a través de su monumental obra El Deslumbre, que sintetizó de manera perfecta sus dos grandes íconos.

Patrocinada por Patio Bullrich, la imagen promocional de su original performance dio que hablar: Puzzovio posaba, muy sensual, enfundada en calzas y adherente mono animal print. “La figura que formaba mi cuerpo era la de un zapato porque quise unir dos fetiches de mi carrera. Por un lado, el Autorretrato (foto página 21) con el que gané el Premio Nacional Di Tella, en 1966; y, por el otro, Dalila Doble Plataforma, con el que obtuve el Segundo Premio Internacional Di Tella, en 1967”, explica con ese tono de voz que recuperó, tras el frenesí mediático, su placidez como de trino.
Para lograr semejante diálogo entre sus hitos sesentistas, la artista trabajó junto al shoe designer Ricky Sarkany en la creación de 70 modelos de megaplataformas que los visitantes de la mayor exposición de arte contemporáneo de Latinoamérica fueron invitados a probarse para protagonizar espontáneos runways en el stand devenido pasarela. En ese contexto, Puzzovio trazó un singular balance de su trayectoria: “Como artista, he elegido siempre el camino difícil. Nunca hice lo que la gente esperaba. He sido siempre absolutamente multifacética, se podría decir que de espíritu renacentista. Me ha interesado todo. Y mi carrera es atípica porque encaré distintas disciplinas, siempre con un enfoque artístico, sin perder el estilo y sin creer que hay tareas menores si se encaran con honestidad y seriedad. ¿Cómo hubiese resuelto tantos desafíos sin lo que conocemos como inspiración?”.

¿Cómo planeó esa singular performance?
La idea se me ocurrió el verano pasado. Al principio, pensé que nadie se sacaría las medias de lana y las botas altas para probarse mis zapatos, no sólo porque las argentinas son muy pudorosas sino porque arteBA se hace en otoño. Pero, como era un hábitat cerrado, con una pequeña pasarela animal print y dos boys hermosos que ayudaban a subir y a desfilar, a nadie le importó nada.

¿Cuál fue el balance de la experiencia?
Espectacular y apabullante. Hombres y mujeres se probaron todos los zapatos. ¡Incluso quienes tuvieron dificultades hicieron poses de yoga para poder calzárselos! Fue, como diría Andy Warhol, una gran oportunidad para que cada uno obtuviera sus 15 minutos de fama. La gente se transformó, se subió con desenfado a la pasarela e hizo todo tipo de acting. ¡Nunca me imaginé que así sucedería! Todo fue muy gratificante y sorprendente: la respuesta, las ganas de participar y de probarse los zapatos ¡Y pensar que, al principio, temí que nadie se entusiasmara!

¿Qué será ahora de esos zapatos divinos?
La realidad es que esos 70 pares fueron diseñados para caminar. Son muy altos, pero la horma es impecable. Por eso, mi plan es venderlos, firmados, en una caja de cristal, a modo de edición limitada. Me tengo que organizar pronto porque ya tengo pedidos de compra y quiero reinventar el lanzamiento.

¿De qué modo surgió su alianza con el shoe designer Ricky Sarkany?
Nuestro primer contacto fue en 2009, cuando organizó un remate a beneficio de la Fundación Favaloro y convocó a cinco artistas para que interviniéramos o diseñáramos un zapato. Cuando fui a verlo a su boutique pensé que, como ya tenía mi historia artística con las plataformas, lo mejor sería intervenir uno de sus estiletos. Mientras charlábamos, le confesé que siempre había querido hacer un zapato de plata... Y él me propuso concretar ese sueño. Entonces, diseñamos un zapato similar al de una sirena, con hojitas de algas y corales en plata pero con la horma y la altura de una sandalia real. Es un zapato que se podría usar porque una estrella de mar con cristales Swarovski traba los dedos, además de que la plantilla está íntegramente tallada y parece una ostra. Fue el modelo que más caro se vendió en el remate.

Una fascinación consagratoria para alguien que fue pionera del diseño de autor...
Hoy ya no diseño mi ropa como cuando era más joven y escandalizaba a toda la ciudad con mis outfits: me ponía desde impermeables de plástico transparentes, que yo misma cosía con una abrochadora, hasta los shorts de raso y las botas que usan los boxeadores (risas).


Artista en potencia
Como su apellido lo delata, Dalila Puzzovio es descendiente de italianos. “Papá era un gran dibujante y empresario industrial, y mamá era una señora que amaba la moda. Nos cosía de todo a mi hermana y a mí. En casa reinaba ese culto a la ropa que profesan los italianos y, cuando mis tías me acariciaban, siempre tenía la sensación de que, más que hacerme un mimo, lo que querían era palpar la textura de mis prendas y testear si eran de seda o de lana”, recuerda risueñamente.
Durante su infancia, lo primero que hacía la inquieta Dalila antes de desayunar, era dibujar: “Como iba a un colegio católico, Nuestra Señora de la Misericordia, dibujaba ángeles, casas, paisajes, familias. Más adelante, cuando empecé a leer cómics, como el de Mickey Mouse, empecé a variar un poco. También me encantaba hacer sellitos con gomas y tinta en el empapelado de mi pieza y me pasé todo el secundario haciendo collages. ¡Mi carpeta de Botánica casi no se cerraba! Para Historia dibujaba ríos y batallas, para Puericultura hacía tricots... Amaba las manualidades y, como en el colegio ya sabían de mis habilidades, siempre me llamaban para que hiciera láminas y portadas de cuadernos y carpetas”.

¿En algún momento hubo un intento de orientar académicamente esa vocación?
Sí, mi familia me mandó a clases de dibujo y pintura con Gaspar Besares Soraire (N. de la R.: Artista y benefactor del Museo de Bellas Artes de Santiago del Estero). Recuerdo que iba a su estudio en la semana y que los domingos salíamos, con él y otros alumnos, a pintar en los bosques de Palermo. Estaba tan entusiasmada que, en tercer año, quise dejar el secundario y estudiar Bellas Artes, pero mi familia no me dejó. Entonces, empecé a tomar clases con el gran maestro y artista Juan Batlle Planas (N. de la R.: Pintor surrealista y neorromántico que se inspiró en corrientes de contenido espiritual como la filosofía zen y el psicoanálisis). ¡Sentí que estaba en otro mundo! Al tiempo, Batlle quiso que fuese su discípula: me hacía comprar los óleos que él compraba, preparar el cartón y tomar el pincel como él lo hacía. Fue una imposición muy fuerte. Me encantaba como experto en el métier, para aprender el oficio, pero no me permitía desarrollar mi propia historia. Entonces, salía de allí con un dolor de cabeza terrible. Además, como Batlle era absolutamente encantador, seductor y atractivo, los viernes lo visitaban muchas señoras que iban a pintar y también a hacer sociales (risas). Y cuando yo llegaba, joven y con unas carpetas enormes con todos mis trabajos de la semana, me miraban como si fuera una loca.

Intuyo que no duró mucho tiempo allí...
Aguanté todo lo que pude. Cuando me fui, comencé a frecuentar exposiciones y a conectarme con el mundo del arte en Buenos Aires. Así, tuve encuentros con artistas del informalismo y conocí a Jaime Davidovich, un pionero del videoarte, con quien tuve la oportunidad de trabajar y de encontrar mi propio lenguaje. Después, di exámenes en muchas escuelas de arte y en todas me aceptaron para cursar la carrera. Pero, antes de decidirme, fui a ver a Germaine Derbecq, una gran crítica de arte francesa y la mujer del escultor Pablo Curatella Manes. Era una persona muy autoritaria, pero que sabía muchísimo.

¿Y qué le aconsejó?
Le mostré mi obra, le dije que quería seguir estudiando y que ya había dado exámenes aquí y allá. Ella me sugirió que no estudiara más porque los maestros me arruinarían. Y me anunció que el 16 de mayo de 1961 haría mi primera exposición en la Galería Lirolay, donde ella era curadora. Eso fue hace exactamente 50 años. Y fue el principio de todo.

¿Cómo describiría esa primera muestra?
Fue muy seria e instrospectiva, con espacios muy sugerentes y una composición oriental, porque los óleos tenían una textura muy fina que recordaba la de los lavados orientales. Invité a Batlle Planas y, cuando me saludó, me dijo que había criado un cuervo. ¡Y me encantó! (carcajadas) Porque todo lo que había hecho no se parecía en nada a lo que él quería que yo hiciera: él hacía figuras marcianas y surrealistas, mientras que lo mío era un informalismo muy sensible y oscuro que nada tenía que ver con los colores pasteles con los que él trabajaba.

¿Qué dijo la crítica en ese entonces?
Cosas buenas. Recuerdo que vino Jorge Romero Brest (N. de la R.: Reconocido crítico de arte, fue director del Museo Nacional de Bellas Artes y del Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella) y allí tuvimos nuestro primer encuentro. Era muy alto, o al menos eso me pareció. Siempre fumaba habanos y, como le hablaba a la gente desde arriba, yo sentía que era como el Mago de Oz, que hacía temblar a los que lo escuchábamos desde abajo. Me preguntó: “¿Y vos, m’hijita, cuántos años tenés?”. Le dije que tenía 17 y respondió: “¡Qué obscenidad!”. En ese momento no lo entendí, pero ahora me doy cuenta de que tenía razón (risas).


Vanguardia absoluta
Tras aquella primera muestra indivicual, y siendo apenas una adolescente, Dalila Puzzovio dio rienda suelta a su creatividad. Y, en 50 años, nunca dejó de producir. Ni de exponer.
Una de sus exhibiciones más recordadas se tituló Cáscaras, y tenía la particularidad de que todos los objetos habían sido elaborados a partir de restos auténticos de yeso que había recolectado en un hospital. “Un día me dolía mucho el dedo chiquito del pie y mi hermana, que ya casi se había recibido de médica, me dijo que me lo había fracturado. Ella y papá me llevaron al Hospital Italiano y, mientras esperaba que me atendieran, veía pasar a las enfermeras con baldes llenos de prótesis de yeso para tirar. Me parecieron tan alucinantes esas esculturas con forma de brazos y piernas que volví otro día a pedirle a un enfermero que me las guardara. Más adelante, el director del hospital me firmó un permiso especial para poder usarlas”, evoca. La muestra, también montada en la mítica y vanguardista Lirolay, fue en verdad una instalación que incluía cruces rojas y recepcionistas con uniformes de enfermeras que recibían a los invitados y les pedían que hicieran silencio.

¿Allí estaba el germen de su posterior participación en el Instituto Di Tella?
Cuando surgió el Di Tella, el grupo que integrábamos Marta Minujín, Rubén Santantonín, Emilio Renart, Zulema Ciordia, Charly Squirru y yo, ya estaba consolidado. Es más: estábamos convencidos de que debíamos salir del plano, de la tela, y desarrollar objetos con materiales no convencionales. Primero nos convocó, en 1961, Rafael Squirru, el hermano de Charly y fundador del Museo de Arte Moderno, para hacer la muestra El hombre antes del hombre. Fue en Florida y Paraguay, en una estructura de cemento con lofts sin terminar y sin ventanas. Participamos Renart, Minujín, Santantonín y yo. Si bien nos visitaron un montón de figuras del momento, como Ástor Piazzolla, recibimos el repudio de muchísima gente porque mostrábamos obras muy vanguardistas e inesperadas: Marta presentó sus colchones, Zulema llevó caños, yo aparecí con mis yesos. ¡Fue una exposición revolucionaria! En ese momento nada era fácil, pero nosotros insistimos. Fue una situación de vanguardia absoluta.

¿Y cómo define usted a la vanguardia?
Sucede cuando el artista transgrede y se toma permisos sin esperar a que se los den. Actualmente, el público, los curadores y los coleccionistas tienen un ansia terrible de vanguardia, pero no la hay. En los ‘60, esa vibración pasaba por las artes plásticas y la música, con The Beatles, por ejemplo. En nuestro país, el fenómeno incluso se expresaba en el periodismo, porque hubo una gran explosión cultural con Primera Plana (N. de la R.: Semanario fundado en 1962 por Jacobo Timerman que abrevaba en los postulados del nuevo periodismo narrativo o interpretativo).

¿De qué modo vivió esa época efervescente?
Creo que tuve la suerte astral de vivir un momento ideal en una institución tan increíble y renacentista como fue el Di Tella. Muchas veces me propusieron reinventarlo pero siempre pensé que era una locura porque, si tuvo sentido, fue en esos años y con la edad que teníamos. Creo que, para los creadores jóvenes de las siguientes generaciones, el peso del Di Tella y de los artistas que lo frecuentamos debe haber sido un castigo.

¿Qué era, ontológicamente, el Di Tella?
Un lugar que no se creó como un negocio inmobiliario, ni para que la familia fundadora perteneciera a la farándula, como ocurre con las fundaciones actuales. En cada departamento artístico, los Di Tella contrataron a un director que no estaba obligado a hacer las cosas que ellos querían. Así, le dieron su confianza a Romero Brest en artes plásticas, a Alberto Ginastera en música, a Roberto Villanueva en teatro. Y cada uno podía hacer lo que se le antojaba. Era un espacio espléndido, enorme, con muchos metros cúbicos, parecido a esos hábitats que estamos acostumbrados a ver en los museos modernos donde, si la obra es buena, parece mil veces mejor porque el entorno la favorece y hace que luzca bien.

¿En qué fueron pioneros los artistas que participaron del Di Tella?
En salir a buscar espónsores, aunque en ese momento ni se llamaban así (risas). Pero nosotros íbamos a ver a los industriales y, a cambio de nombrarlos en los catálogos, les pedíamos que nos auspiciaran las obras. ¡Eso era vanguardia total! Imaginate yo, que fui a colegio católico, integrante de una familia de hijas mujeres, con un padre empresario que jamás hablaba de dinero en la mesa... Y, de repente, tenía que salir a buscar dinero para que ese patrocinio me permitiera realizar mi trabajo. ¡Fue un desafío titánico! Pero era tal mi obsesión por crear, que lo hice.


Sin concesiones
Entra en escena Charly Squirru, artista plástico y compañero de vida de Dalila desde la década del ‘60. Se sienta, ordena un café, escucha atentamente. Mira a esa mujer, su mujer, embelesado. De a ratos, le acaricia la espalda. O el pelo. Siempre -cada vez- con suma ternura.
Se conocieron durante una exposición, cuando Charly estaba recién llegado de Nueva York. “Recuerdo que quería hablar con él porque estaba decidida a irme a trabajar a esa ciudad. Rafael, su hermano, fue nuestro interlocutor. Estaba convencido de que nos llevaríamos muy bien. Yo sólo sabía que Charly era un pintor argentino que había sido pionero en establecerse en Estados Unidos, algo raro porque, hasta ese momento, el objetivo de todo artista y la mirada de todo crítico estaba en París”, relata.
Desde entonces, son Dalila y Charly. Nunca más se separaron. Al principio, compartieron largas jornadas en un estudio que el artista tenía en Congreso. “Era el petit hotel de sus abuelos. En la terraza, había construido un atelier donde nos recibía a Juan Stoppani, Delia Cancela, Alfredo Rodríguez Arias, Pablo Mesejean y a mí. Allí creábamos, concretábamos y planificábamos muchísimas exposiciones, catálogos, escritos, manifiestos y fotos que hicieron época. Era un grupo genial”, rememora Dalila.

¿De qué modo se relacionaban los talentos?
Como decía Federico Peralta Ramos, los del Di Tella nos considerábamos de sangre azul y nos reconocíamos por más que no nos tuviéramos tanta simpatía (risas). Cuando trabajábamos juntos había una competencia infernal, pero era productiva y muy creativa porque no sabíamos que éramos talentosos. La competencia de ese entonces era para superar al otro, no para aplastarlo. Había mucha consideración y efervescencia, todo era muy intenso. Supongo que algo similar debe existir ahora. Bueno, no lo sé.

¿Qué opina del estado del arte hoy, aquí?
Percibo que hay una generación muy deslumbrada por lo que ve en bienales y muestras en el exterior y que pretende reeditar eso en la Argentina. Creo que sería posible si nuestro país existiera. Pero, como decía Jorge Romero Brest, somos un proyecto, un conglomerado. Si realmente ocupáramos un espacio contundente, podríamos estar jugando en primera en el exterior.

¿Cree que hace falta un espacio dinamizador como fue el Di Tella para su generación?
Creo que debería haber una mente que fuera más rápido, que tuviera la sensibilidad de no copiar a nadie, de hacer algo propio. Hoy, nadie cree realmente en los artistas. ¡Nunca nos trataron mejor que en el Di Tella! Ahora son más importantes el curador y el crítico. Y, si no sos un elegido por ellos, no sos nadie. Me parece que existe toda una generación nueva de críticos, de curadores y de coleccionistas ansiosos de vanguardia. Pero que aún no nos han digerido a nosotros...

¿Ni siquiera a usted, tan celebrada en arteBA?
No, pero no me importa. Siempre sigo adelante, intento ser coherente conmigo misma y no hago concesiones para agradar ni para vender. Claro que por eso pago un precio: muchos creen que, porque hago moda o decoro departamentos, no soy artista. Y se lamentan porque me dedico a obras que juzgan menores.

Y usted, ¿cómo se ve a sí misma, Dalila?
Como a un espíritu renacentista. No sé si viste las películas de Federico Fellini, en las que monta desfiles no masivos sino de individualidades. Así me siento: como una individualidad de Fellini. Puedo estar en una manifestación pero creo que siempre me recorto de la multitud.

Dalila & Charly
El verdadero nombre de Puzzovio es Delia. Sus padres quisieron bautizarla como Dalila pero no pudieron porque ese nombre no figuraba en el santoral. Cuando Charly Squirru -su pareja desde hace 44 años, con quien comparte la pasión por el arte, la moda, la astrología y la videncia- la conoció, le dijo: “Vos no sos Delia, sos Dalila”. Y eso, sin saber absolutamente nada del frustrado deseo familiar.

¿Se anima Charly a definir a Dalila? “Como soy artista plástico, mi fuerte no es la palabra. Por eso, prefiero elegir la letra de una canción del genial Cole Porter cuya letra es la que mejor expresa lo que siento por ella”.

Se trata de You are the top. Y dice: “You’re the top! You’re the Coliseum. You’re the top! You’re the Louvre museum. You’re a melody from a symphony by Strauss. You’re a Bendel bonnet, a Shakespeare sonnet, you’re Mickey Mouse. You’re the Nile, you’re the tower of Pisa, you’re the smile on the Mona Lisa. I’m a worthless check, a total wreck, a flop. But if, baby,
I’m the bottom, you’re the top!”.


Moda, escritura y diseño
Durante su vasta carrera y, hasta el día de hoy, Dalila Puzzovio fue mucho más allá del arte e incursionó en distintas disciplinas, como el diseño, la moda, la escritura y la decoración de interiores. “Cuando vivimos en Nueva York, con Charly trabajamos en diseños textiles, auspiciados por el National Cotton Council.

Más adelante, seguí con el diseño de vestuario para cine, teatro y televisión, donde trabajé para Tato Bores y Pinky”, enumera.

En otro orden, Puzzovio estuvo a cargo de la imagen del Adrogué Plaza Shopping y se animó a reciclar la peluquería de Alberto Sanders, en una labor que fue premiada por el Museo de la Ciudad de Buenos Aires. Si bien no se considera decoradora, admite que mucha gente que sintoniza con su estilo la elige para que transforme su vivienda. “Soy como una editora de imagen. Me encargo del estilo de la casa e intento que los ambientes cuenten la historia de sus dueños. No me gusta hacer disparates ni delirios, tampoco que los demás crean que soy genial. Simplemente pienso que mi virtud en esto es que tengo mucho sentido de la concreción y de los materiales”, destaca.

Otro de sus berretines es la escritura. Todo comenzó en los ‘70, cuando le ofrecieron una sección en la revista Claudia. “No hablaba de temas femeninos como dietas, patas de gallo, menopausia, rollos, estrías y todos esos ítems que nos torturan. Como tenía pautadas cuatro entregas anuales, que coincidían con las temporadas, escribía sobre moda según la estación y encaraba el tema astrológico porque sugería qué regalarles y cómo festejarles los cumpleaños a las personas de los tres signos del cuatrimestre. Eran temas muy imaginativos. Recuerdo que las mujeres me mandaban cartas y me escribían: “¡Usted me da ganas de vivir. Basta de oler pañales!” (risas).

Desde 1998, investiga sobre los vínculos entre el original y el híbrido a través collages con fotos propias, intervenidas digitalmente, de los cuales se desprenden sus impresos a través del método scotch&print. Así, indaga en el tema del paisaje “como última posesión que nos queda, y en el carácter de la belleza como esfuerzo vanguardista de aceptación”.
 

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