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Caribe a vela: diario de abordo de una travesía de 7 días por las Islas Vírgenes

Británicas. Langostas y tortugas de mar, buenos vientos, corales e historias de piratas en un paradisíaco archipiélago de origen volcánico tan exclusivo que sus resorts y playas atraen a menos de 1 millón de turistas al año.

Caribe a vela: diario de abordo de una travesía de 7 días por las Islas Vírgenes

Citation navega a un promedio de 7 nudos y medio, esto es, unos 15 kilómetros por hora. En bicicleta se va más rápido, incluso corriendo, pero no hay ningún apuro. Mi instructor decía que “navegar a vela es la mejor forma de llegar tarde a ningún lugar”. Y para eso, no se me ocurre un destino mejor que las Islas Vírgenes Británicas (IVB), en el Caribe, justo a la derecha de Puerto Rico, o a estribor, para decirlo en términos náuticos. Somos dos a bordo de Citation, un velero francés de 43 pies de eslora –13 metros de largo–, dos timones de rueda, instrumental del Primer Mundo y tres camarotes en suite con aire acondicionado. Nos sobra espacio por todos lados, pero es uno de los barcos más pequeños de la flota de The Moorings, la empresa que nos lo alquiló en la isla de Tórtola. Para llegar volamos a Saint Thomas, tomamos un ferry y luego un taxi, pero el viaje en verdad empezó cuando soltamos amarras y pusimos rumbo norte a Marina Cay, la primera escala en nuestro itinerario. Con las velas a tope y este pequeño cayo en la proa, recién entonces empiezo a escribir el diario de a bordo: “Lunes. 11:30 AM. Soplan 17 nudos del Este y, según el pronóstico, vamos a seguir con buen viento toda la semana. Además, los días pintan soleados, con apenas unas nubes, así que ya ubiqué el protector solar en el copit, para tenerlo siempre a mano. Antes de zarpar, repasamos el barco con Alan Lavery, instructor de timoneles de The Moorings, y llenamos la heladera y las alacenas con todo lo que podríamos precisar en estos 7 días. Citation, mucho gusto. Dejamos Tórtola en la popa”.

Dibujamos las primeras 10 millas en la carta náutica. Ya estamos en Marina Cay, un pequeño cayo protegido por arrecifes de coral, ideal para la primera parada, que incluye almorzar y explorar cómo es el fondo del mar en IVB. Gran parte de la superficie del archipiélago fue declarada Parque Nacional –¡son 28 en total!–, por eso hay un sistema de boyado que permite amarrar las embarcaciones durante el día y de forma gratuita, evitando dañar el fondo marino. Aseguramos a Citation y nos damos el primer chapuzón del viaje. El agua es súper cristalina y está a la temperatura justa, fresca, pero no tanto como para tener frío. Hay algas dignas de floreros, corales de todo tipo y peces de colores que nos entretienen durante casi 40 minutos. Tras la comida, dormitamos un rato en el camarote que reservamos para las “siestas saladas” y seguimos navegando. Hay que llegar a Scrub Island antes de la puesta del sol. Eso, al menos, es lo que se aconseja a los navegantes cuando es su primera vez en la zona, para no tener que confiar a ciegas en el GPS y en las cartas, que pueden estar desactualizadas. “Lunes 18.30. Las velas portan, parecen alas, avanzamos sin reveses hasta la isla de Scrub, donde nos espera un resort con marina, pileta, spa, mercado por cualquier cosa que nos hubiera faltado comprar y un restaurante llamado Caravela. Alan nos recomendó probar la langosta grillada: habrá que saber escuchar el consejo experto de los locales”.

U$s 902 millones

Es el PBI de las Islas Vírgenes Británicas (según Naciones Unidas) cuya economía se centra en el turismo y los servicios financieros. Es de los pocos países sin deuda externa.

Entre cayos, islotes e islas propiamente dichas, las IVB son más de 60. Es un archipiélago de formación volcánica que ocupa unos 150 kilómetros cuadrados en el mar Caribe y que, desde 1672, forma parte de los territorios británicos de ultramar: aquí, a más de 4 mil millas del Palacio de Buckingham, la última palabra la tiene Su Majestad la Reina Isabel II. Tórtola es la isla más grande, con 20 kilómetros de largo por 5 de ancho, y la segunda en tamaño es Virgin Gorda. “Ahí está la nariz y la pera, el pecho, la panza... ¿Acaso no ven una mujer acostada?”, pregunta con sarcasmo Lucy Ocampo McDonald, quien nos recibe en el resort y club náutico Bitter End Yacht Club, en la bahía de North Sound. Corre el día 2 a bordo de Citation, con sol y buen viento, como estaba previsto. En cuanto desembarcamos, Lucy nos ofrece todo tipo de actividades: desde clases de kitesurf hasta tratamientos de belleza en el spa y un atardecer en un jacuzzi encaramado en la montaña. Aceptamos el buceo en The Invisibles, un conjunto de rocas inmensas que no se ven desde la superficie, tapadas de corales, con huecos por donde se puede pasar estrechamente y recovecos poblados de peces sargento, trompeta y payaso, además de rayas, langostas y tortugas de mar. Según Ben Williams, el instructor de buceo, es uno de los spots con mayor biodiversidad de IVB.

Una de piratas

Viajar a vela le suma aventura a unas vacaciones en el Caribe. En vez de hacer base en uno de los resorts y salir a recorrer las islas en distintas excursiones, uno puede manejar sus tiempos y quedarse o irse de los lugares en función de las ganas. Y nada más. La hoja de ruta y los días que se decidan pasar en cada bahía, islita o cayo dependerán del capricho de los tripulantes y del clima. Desde luego, si no hay viento, si hay demasiado o si se pone “de jeta”, como dicen los navegantes, habrá que barajar destinos y dar de nuevo. Por eso, esta opción implica precisión e improvisación: por más planes que una tenga, siempre hay que estar recalculando. Escribo en el diario: “Esta tarde sopla demasiado como para hacer snorkeling en The Baths, así que decidimos pasar la noche en la marina de Bitter End e intentarlo bien temprano mañana, antes de que lleguen los contingentes”. The Baths queda en el sur de Virgin Gorda y es uno de los sitios que da fama a IVB. Declarado Parque Nacional en 1990, está definido por unas piedras gigantes que forman laberintos, con pasillos angostos, túneles y piscinas naturales. Fondeamos, desembarcamos con el chinchorro (gomón auxiliar) y nos perdemos un rato entre las rocas. Apenas empiezan a llegar las lanchas con turistas, volvemos a Citation, izamos velas y ponemos rumbo a Jost Van Dyke.

Tenemos el resto del día para navegar las 25 millas náuticas (50 kilómetros) que nos separan de Jost Van Dyke, en el límite oeste del archipiélago. Es una de las piernas más largas que vamos a hacer en este viaje, así que nos disponemos a aprovecharla. Amarinamos todo en el interior de Citation –ni la máquina de café en cápsulas se salva de ser amarrada, para evitar que se estrelle–, nos cubrimos con pantalla solar y armamos unos sanguchitos para no tener que cocinar nada en el camino. Escribo unas líneas más en el diario, mientras avanzamos: “Jueves. 10:15 AM. Es el cuarto día a bordo de Citation y queremos aprovecharlo para navegar largo y tendido. Según el anemómetro soplan unos 13 nudos, pero con las rachas llega a marcar 20. Entonces, Citation acelera, se escora un poco más y consigue salpicarnos. Dejamos todas las islas por babor: Scrub Island, Great Camanoe, Guana y la gran Tórtola. Llegamos a Jost con el sol naranja en el horizonte”.

900 mil

Es la cantidad de turistas que visitaron IVB en 2015. Los argentinos no necesitan tramitar visa.

La noche previa al vuelo a Saint Thomas descubrimos, en Internet, que Jost Van Dyke aparecía en varios rankings de los mejores lugares del mundo para esperar el Año Nuevo. “No puedo decir nada oficialmente: hay que venir para entender porqué es una fiesta tan divertida”, comenta Foxy, dueño de “el” bar en la playa de Jost, con una barra circular hecha con troncos y decorado con banderines de todo el mundo. Su nombre real es Philiciano Callwood, tiene 76 años, la tez oscura y los ojos saltones. Es la quinta generación de nacidos y criados en Jost. Hay una sexta, con sus hijos, y la séptima son esos nietos que corretean entre las mesas clavadas en la arena. Hace algunos años, Foxy fundó la Sociedad de Preservación Jost Van Dyke, que impulsa programas educativos, ambientales y culturales. Entre ellos, los estudiantes construyeron un barco de madera para monitorear especies marinas y realizar paseos náuticos con los veraneantes: los u$s 125 de la excursión van derecho a la caja de la fundación.

El clima nos juega una mala pasada: es nuestro último día en Islas Vírgenes y sigue hermoso. Cuando los viajes terminan, una quisiera que el cielo se cerrara y, de alguna manera, demostrara que el Paraíso no existe, que volver a la rutina no está tan mal. Pero no es el caso. Entonces, vamos a aprovechar para navegar un poco más. Nos sacudimos el madrugón con un café bien cargado y soltamos la boya donde pasamos la noche. Cruzamos el canal Sir Frances Drake para visitar Norman, conocida localmente como la Isla del Tesoro. Dicen que por ella pasaron piratas famosos de la talla de Barbanegra, Capitán Kidd, Barba Azul y Francis Drake; y que estas playas inspiraron la saga cinematográfica de El Perla Negra, protagonizada por Johnny Depp.

Hay dos enclaves para hacer snorkeling en esta área del archipiélago, The Indians y The Caves. Vamos con el chinchorro y las patas de rana, nos zambullimos una última vez para explorar esos islotes subacuáticos y nos preparamos para regresar a la vida terrenal. Última anotación: “Domingo. 17 horas. Ya estás en casa, Citation. A partir de mañana te toca navegar con alguien más. Gracias por llevarnos siempre a buen puerto”.

Brújula

Aéreos: Desde Buenos Aires se puede volar a Tórtola, con dos escalas, vía American Airlines (desde u$s 1.550).

Navegación: Con 18 sedes en todo el mundo y una flota de más de 350 barcos sólo en las Islas Vírgenes Británicas, la empresa The Moorings ofrece monocascos y catamaranes para alquilar, con o sin tripulantes. A través de la web se puede elegir el barco, abastecerlo con víveres y sumar complementos como tablas de stand up, kayak y equipo de buceo. Cuesta desde u$s 2.400 por semana, más u$s 185 por día si se contrata tripulación y u$s 170 con cocinero (www.moorings.com).

Bonus track: www.bvitourism.com