Paladar de champagne con bolsillo de gaseosa: party planners, en jaque

Javier Iturrioz y Rodrigo Yañez son expertos en organización de eventos. Cuál es el estilo argentino a la hora de festejar en una época signada por las redes sociales y la crisis económica.

Javier Iturrioz es arquitecto, escenógrafo y especialista en interiorismo. Comenzó su carrera decorando las boutiques porteñas de las más prestigiosas marcas internacionales. Hoy, su fascinación por el estilo barroco y el lema “más es más” son el sello de las ambientaciones que crea para las fiestas y eventos corporativos más exclusivos de Buenos Aires y Punta del Este.

Rodrigo Yañez es Licenciado en Administración de Empresas (UBA). En su juventud, fue DJ junto a su amigo y socio Pedro Sarapura, con quien incursionó en el rubro party planner. Luego se alió con sus principales competidores (Juan Diego Martínez Larrea, Tati García Juanicó y Chule Bernardo) para formar Grupo Sarapura, que le puso la firma a la mediática boda de la actriz Isabel Macedo y el gobernador Juan Manuel Urtubey.

¿Los ‘90 fueron la era dorada de su oficio?

JI: En mis inicios, no había muchos organizadores de eventos así que, de golpe, me hice conocido por trabajar con marcas premium. Comencé haciendo la ambientación de locales, vidrieras y desfiles de Conindar San Luis, que tenía la representación de Calvin Klein, Guess, Route 66, Vanity Fair y Wrangler. Cuando arrancó la etapa de las fiestas auspiciadas por las marcas, también las organizaba. Además, era la época del uno a uno. ¡Y hacía celebraciones con escenografía alquilada del Teatro Colón! Un hito fue un Halloween que hice en El Cielo: tuvimos la discoteca cerrada por cinco días para armar todo, incluido un castillo en el exterior; compramos como 500 metros de terciopelo para hacer los cortinados y contraté a un herrero para que hiciera las jaulas de los zombies

RY: Empecé con mi amigo Pedro Sarapura, cuando éramos chicos, haciendo lo que nos gustaba: pasar música. Fue como un hobby, en la época del colegio y la facultad, que después se transformó en una empresa. Nunca imaginamos que íbamos a convertirlo en nuestro medio de vida. En un momento, viendo que competíamos con Juan Diego Martínez Larrea, Tati García Juanicó y Chule Bernardo por los mismos clientes, decidimos unirnos. Era difícil, porque estábamos con la hiperinflación y no había música en inglés que se vendiera en la Argentina: tenías que viajar o conseguir una azafata amiga para traerla. Desde la parte técnica, tampoco había equipos. Después, en los ‘90, cambiaron las cosas y conseguías de todo acá.

¿La clave del evento exitoso?

JI: Primero, tiene que tener buena iluminación, música y ambientación; después, buena comida y bebida. Los invitados también son muy importantes: si uno no convoca gente divertida, cualquier fiesta es un plomo.

RY: La preproducción del evento, es decir, no dejar ningún detalle librado al azar en cuanto a la elección de proveedores y el lugar. Tenés que tener todo pensado, armar una hoja de ruta... Siempre digo que las fiestas son como una obra de teatro: necesitás un guión completo, estudiarlo y repasarlo con todos.

¿Cambió el modo argentino de festejar?

JI: Acá ven el casamiento de Nieves Zuberbühler y Julio Santo Domingo, en Nueva York –una millonada de flores y cosas esplendorosas– y lo quieren replicar pero sin que les cueste tanto. Por lo general, la gente quiere que la fiesta sea linda pero no está dispuesta a gastar fortunas. El secreto es armar algo escenográfico y canchero sin matar el bolsillo del cliente. Me acuerdo que la primera boda importante que organicé –a la que estaba invitada Amalita Fortabat–, regalé parte de la ambientación, no sólo porque era amigo de la novia sino, también, para lucirme: los padres de ellos, a pesar de ser millonarios, preferían gastar ese dinero en la bebida a servir.

RY: En esta última década hubo mucha gente que hizo mucha plata. Entonces, hoy tenés las ultra mega producciones, además de las fiestas estándar, tranquilas, que la gente hace en sus campos, quintas o casas. Cuando arranqué, los casamientos eran muy básicos: la gente comía, bailaba un rato, esperaba los lentos y después se iba. Nada que ver con lo que se pide ahora: megaproducciones audiovisuales y música en formato versiones especiales y a pedido. En comparación con el resto del mundo, diría que estamos 10 años adelantados: afuera no existen las fiestas sociales como las que se hacen acá.

Redes sociales: ¿presión versus exposición?

JI: Sí, 100 por ciento. Vos estás organizando un casamiento y, de repente, vienen con la captura de pantalla de algo que vieron en Instagram y te lo quieren encargar. Lo que pasa es que, la mayoría de las veces, te muestran cosas que les resulta imposible pagar. ¡Paladar de champagne con bolsillo de gaseosa!

RY: Hoy la gente vive la fiesta a través del celular. Entonces, están mandando mensajes y videos a los amigos o comentándolo en Instagram. Y lo que se lee o se interpreta de lo que comparte un invitado puede ser muy bueno pero también muy perjudicial.

¿La crisis económica impactó en las ganas de celebrar?

JI: Las ocasiones importantes no dejan de festejarse: la gente se casa, festeja su cumpleaños o celebra su Bar Mitzvá. Ya no se tira manteca a techo. Entonces, tratás de hacer lo mejor con el presupuesto que te asignan. Obviamente, a menor escala: si antes organizaba el lanzamiento de un perfume con una party para 500 personas en el Tattersall, ahora se arma algo más tranquilo, a la mañana y con menos gente.

RY: Impactó mucho, principalmente en los eventos corporativos. Antes, las empresas querían, por ejemplo, presentar un auto, y hacían unos despliegues espectaculares. En otros tiempos te compraban la idea, mientras que hoy te dicen: “Tengo $ 10, armame algo”. Ahora hay que mirar más el número que la idea. En cambio, los eventos sociales son como una burbuja, porque la persona que va a hacer un casamiento lleva, seguramente, un par de años ahorrando. Es la noche de su vida y tira toda la carne al asador.

La versión original de esta nota fue publicada en la edición 185 de Clase Ejecutiva, la revista lifestyle de El Cronista Comercial.