Vigil, el enólogo que logró un récord histórico para el vino argentino

Vigil, el enólogo que logró un récord histórico para el vino argentino

En 2018, y por primera vez en la historia, no una sino dos etiquetas nacionales obtuvieron la valuación máxima (100 puntos cada una) en la guía que abre la puerta de los Estados Unidos. Ambas llevan la firma del Director Técnico de la Bodega Catena Zapata. Disruptivo, tiene un proyecto personal de enoturismo, gastronomía, arte y cerveza artesanal

La brisa seca e infernal de los veranos en San Juan hizo bailar las cortinas tras el mosquitero, en la casa de su abuelo. El aroma de los damascos endulzó el ambiente. Correr, trepar. La textura delicada, también caliente, el sabor a néctar una vez en la boca, y otra vez al árbol con los chicos, sus pares, para buscar más de ese jugoso fruto, hasta que nuevas aventuras los desafiaran entre surcos y vides.

Quizá fue cuando hacía represas en las acequias de Mendoza, para refrescarse o navegar sin rumbo en barcos a velas, imaginándose como un marino de pata de palo y parche en el ojo, olas aterradoras que podían sortearse con los amigos de siempre, de ese siempre de la corta edad, donde hay monstruos de 100 cabezas y dragones vencibles. No es posible descartar la noche que conoció a María, en una fiesta de la universidad. Otra vez el instante perfecto en el que también estaban ‘los de su raza’, en una casa de barrio en la que los libros descansaban y el deleite se aprestaba a todos los sentidos. Después, las horas de las horas venideras señalarían que aquella joven sería la heroína de su cuento. Fue un hito, sin dudas, el día que Nicolás Catena le pidió hacer un blend “para esa misma tarde”. Y ya nada –ningún vértigo, ninguna aventura, ninguna locura– volvería a ser igual. O tal vez sí.

El año pasado recibió el llamado esperado de una voz que apuró las palabras para decir: “100 puntos Parker. Más bien, 200”. En junio de 2018, por vez primera un argentino, Alejandro Vigil, lograba la tan ansiada puntuación para su país. Wine Advocate, la publicación de relevancia mundial a cargo del prestigioso crítico Robert Parker Jr., otorgaba la máxima calificación a Gran Enemigo Single Vineyard Gualtallary Cabernet Franc 2013, de la Bodega Aleanna (aka El Enemigo), un proyecto personal de Vigil y Adrianna Catena. Y otros 100 fueron para Catena Zapata Adrianna Vineyard River Stones 2016, su creación –un malbec– para Bodega Catena Zapata, una de las glorias de la industria vitivinícola argentina, donde Vigil trabaja como Director Técnico desde hace 17 años. El mismo viñedo, Adrianna, la tozudez de creer en esa zona pedregosa, el trabajo sin tregua y la dedicación a esas poco más de 2,5 hectáreas en las alturas parieron las vides que más tarde traerían los primeros 100 –más bien los 200– puntos Parker a la Argentina.

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

Conduzco hasta Chachingo, ahí donde Vigil armó su Divina Comedia… Para los que no pertenecen a estos lares, vale una aclaración: hasta hace pocos años, cuando alguien quería señalar lejanía en Mendoza, referenciaba ‘la loma de Chachingo’ como algo inhóspito, árido, un páramo de tierras descuartizadas, de arbustos achaparrados sin localización alguna en los mapas. Ahora, la localidad de Chachingo es sinónimo de Vigil y su ‘loca’ familia, quienes se mudaron para convertir a esta zona maipucina en su lugar (merecido) en el mundo.

 

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

 

Los visitantes de Casa Vigil comienzan a llegar desde las 10 de la mañana. La puesta a punto del restaurante, con el personal acomodando las mesas y la vajilla en la ‘República de Chachingo’, como le llaman, me pone frente a un Alejandro que dice “cuidado con ese mantel”, “esa silla está mal”, y de reojo –pero con ojos abiertos– controla toda la situación. Se dispone a la entrevista con la cálida expresión de los que mantienen los pies en la tierra. Es un caballero, pero sin armadura ni aires de gloria. Usa bermudas, zapatillas, la clásica remera básica negra. Y habla con una transparencia inusitada para quien se ganó un lugar en la élite de la vitivinicultura mundial.

Sos el primer enólogo que obtuvo 100 puntos Parker para la Argentina, más bien 200, con dos vinos de excelencia, en el mismo año (2018), del mismo viñedo. ¿Qué es lo que más valorás de ese logro histórico para la viticultura nacional y para vos, en lo profesional y personal?

Ay, otra vez (ríe). En 2003 comenzamos a reunirnos un grupo de enólogos, viticultores, bodegueros. Al comienzo éramos 15, pero en otros lugares de Mendoza había técnicos que también se juntaban para analizar la situación de la vitivinicultura y definir un camino, que aún no sabíamos cuál sería. La idea general era estudiar y entender las diversas zonas de Mendoza para lograr los mejores vinos. Y lo hicimos. Todos contribuimos en esto de poner a la Argentina en el sitio que está actualmente en el universo vitivinícola. Entonces, cuando llegan los 100 puntos Parker, debemos reconocer que es un esfuerzo colectivo, de una región, de toda la industria. Después, en lo personal, es llegar a un lugar que –si bien a esta altura ya no lo estaba buscando– me da mucha alegría. Pero lo más importante es que la región esté en el mapa. Esto es, que la gente mire y observe a Mendoza. Normalmente, las marcas pasan desapercibidas para los consumidores: algunos saben que hay vinos de 100 puntos, habrá personas que sabrán cuál es la bodega de la puntuación más alta y un grupo minúsculo conocerá quién es el enólogo o ingeniero agrónomo que hizo ese vino. Pero lo más relevante es que todos saben que en la Argentina pueden encontrar calidad competitiva como en otras zonas productoras del mundo. Las búsquedas personales de los 100 puntos –o de los reconocimientos– tienen que ver con una fantasía, con el ego, y no con una visión más global. Con los años de trabajo lo notás: ganan las ideas más generales en detrimento de las individuales. En mi caso sucedió eso: la búsqueda de la identidad de cada suelo con el fin de lograr mejores vinos, lo que se traduce en una tarea sobre toda la vitivinicultura. Y es mucho más amplio, pues tiene varios aspectos culturales y contribuye necesariamente en la distribución de riquezas. No solamente por la venta del vino, sino por lo que genera alrededor: ahí es cuando gana lo colectivo.

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

Tu postura sobre la industria del vino está estrechamente vinculada con lo social y lo cultural, con un modo de ser y hacer…

Soy ingeniero agrónomo: cuando estudiaba, la enología era algo más de lo que aprendía. En aquellos tiempos de universitario lo mío era netamente científico: estaba en la búsqueda de comprender cosas que no entendía. Así llegaron las teorizaciones, las demostraciones, para llegar a una idea puntual. Luego la teorización me llevó a lo técnico y más tarde al relevamiento regional. Entonces llegó el momento de ver cómo influimos en la economía regional. Y después en el combo de cómo yo, como actor, puedo cambiar mi entorno.

La primera reconversión de la industria del vino fue con cambios de varietales y zonas. La segunda, hacia los ’90, fue tecnológica. ¿Cómo definís la actual?

Hoy la reconversión tiene que ver con la caída del consumo y la especificidad del consumidor que elige malbec de cada zona que lo produce, lo que requiere más análisis, tiempo e inversión.

¿Cuánto te preocupa la disminución del consumo de vino?

Es un tema cultural, una tendencia mundial. Empezó en los ‘80 a nivel internacional con la cerveza reemplazando al vino. En los ‘90, el gran aparato comunicacional cervecero aportó a la baja. Ya en 2000, los conceptos de vida sana llevaron a tomar menos vino: nada de alcohol al mediodía. Y llegado el 2010 eso se profundizó con las aguas saborizadas. Ahora tenemos una oportunidad de poner en valor al vino, un producto realmente natural, y entender que su consumo moderado es mucho más sano que el de cualquier otra bebida.

 

Lo paradójico es que la brecha más amplia de consumo se da en los países productores, como Francia, Italia o la Argentina. Y es un problema grave ya que la actividad se sostiene a través del consumo interno. Algo diferente sucede en los Estados Unidos, ¿por qué?
La causa es que allí hay nuevos consumidores, dada su corta historia vitivinícola. Algo parecido sucede en Asia. Pero ojo, que en ambos casos también crecen el cultivo y la elaboración de vino.

¿Creés que una de las claves de esta reconversión de la industria vitivinícola se vincula con explotar más estratégicamente el enoturismo?

En el mundo se está convirtiendo en algo muy poderoso. Más, incluso, que la industria vitivinícola en sí. El turismo del vino es muy positivo en la Argentina. La gente viene a tomar vino pero motoriza hoteles, transporte, gastronomía, tours, aventura: atrae inversiones. Además, requiere mucha mano de obra. Pensemos que para manejar una bodega de 2 millones de litros anuales se necesitan 3,5 personas: alguna va a necesitar 4 ó 5, y otra va a necesitar uno. Pero para tener un restaurante, por ejemplo el más pequeño, de 50 cubiertos, requerís 10 a 12 personas en forma directa, a lo que hay que sumar todo lo indirecto. Debemos comprender que Mendoza va hacia un camino en el que hay que explotar todos estos aspectos en torno al vino.

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

El héroe que hay en mí

Pienso en ese concepto filosófico del ‘viaje del héroe’, la representación simbólica de cierta idea universal de lo heroico, que es el viaje o el transcurrir de todo ser humano, aunque no todos lo completen o se animen a emprenderlo. A grandes rasgos, trata de un hombre o una mujer que tiene un propósito que, al inicio, parece imposible. Deberá moverse, realizar un viaje para lograrlo. Puede ser un desplazamiento de un lugar a otro o de una forma de pensar hacia una nueva. Siempre estos personajes tienen amigos, compañeros, seguidores. Claro que nada es fácil para ellos: el líder deberá tener la templanza de saber ganar batalla a batalla, aunque cada combate sea más complejo cada vez. Esos héroes representan la capacidad de salir de la zona de confort de un grupo o de un territorio, hacia algo mejor. Y esa es su victoria final.

Naciste entre contradicciones, Alejandro…

Nací en el ‘73; el mismo día que el Che Guevara, el 14 de junio, también mes y año del retorno del General Perón, con una gran nevada (ríe).

Te criaste con padres regidos por los ideales de la revolución, creciste bajo las reglas de la posmodernidad menemista. ¿Cuál es el resultado de esa fusión?

Nuestra generación estuvo apoyada en la educación de nuestros padres, que estaban pensando en la revolución como sociedad. Y hoy vemos mucho de aquello. Me río de quienes se quejan de los millennials, porque no advierten que están cambiando un paradigma de lo que es importante para cada uno, para cada generación. Nosotros vivíamos en la añoranza de que lo pasado era mejor, mientras que ellos piensan en el hoy. Al hombre le cuesta cambiar cosas, evolutivamente nos cuesta. Por tanto, como hijos de una generación de revolución queríamos volver a lo anterior, siendo un tanto conservadores. Esto siempre pasa: cuando se producen nuevas ideas en la sociedad, la siguiente retrocede un poco y luego aparece la contrarrevolución, esos chicos que piensan en sí mismos y en sus pares pero de otra manera: los aplaudo. Mi infancia fue hermosa: la viví entre lo híper intelectual de mis padres, entre libros, entre discusiones políticas, entre gente siempre movilizada. Mi madre docente, militante, bibliotecaria, fumadora empedernida. Mi padre diseñador e intelectual, que armó una radio y fundó un club, que todo el tiempo estaba elaborando el cambio. Me criaron con absoluta libertad, algo inentendible para una parte de la sociedad. A su vez estuvo mi abuelo, con la formación de campo, el valor del sufrimiento o del esfuerzo, eso de trabajar muy fuerte para lograr los objetivos. No voy en contra de nada de eso: de hecho, soy su resultado. Pero me encantan las generaciones nuevas, esas que pueden viajar y no se preocupan por lo que pasará después: juntan dinero y se van a conocer otras culturas, viajan a Sudáfrica, a Nueva Zelanda, al Sudeste Asiático, no están atadas a nada. Imaginate que no me fui de viaje de egresados porque trabajaba… Eso a ellos ni se les ocurre. Por eso los admiro, aunque soy consciente de que no puedo actuar como ellos: tengo esto del sacrificio, de la novela y del tango. Contra eso no hay que pelear, pero hay que entender lo que viene. Uno lo reconoce en sí mismo en todo momento, uno viene siendo y va siendo. Por eso, cuando me preguntabas por los puntajes. Primero vas detrás de una estrellita, pero luego pensás cómo hacés para que tu entorno tenga bienestar. Vas creciendo y tomando perspectiva, pensás en el señor de enfrente.

 

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

 

¿En qué creías en el ‘83, cuando volvió la democracia y tenías 10 años?

Me llevaron a ver a Luder, a Alfonsín, a Allende y a Frigerio cuando vinieron a Mendoza en sus campañas presidenciales. Mis padres me llevaron a escuchar sus discursos, a vivir esa efervescencia social, pero nunca me dijeron qué pensaban. Tuve una temprana concientización, entendiendo lo que había pasado y lo que estaba pasando en ese momento. Siempre cuento mi sufrimiento con Malvinas: tenía 9 años y en la escuela cantábamos Aurora y la Marcha de las Malvinas, mientras por la radio sintonizaba la BBC en español que daba otra versión de la guerra, sin gloria. Incluso me tuve que cambiar de escuela por una maestra, sólo por decir que estábamos perdiendo. Me tuve que ir a vivir un año a San Juan por eso.

¿Cómo fue ser adolescente entre el fin de la primavera alfonsinista y el inicio del cambio cultural que supuso el menemismo?

Fueron años fundamentales en mi vida, mucho de supervivencia, con buenos amigos ayudando. Mucho rock nacional, también trabajo. Somos la generación del regreso a la democracia, con todo para descubrir. Recuerdo el recital de Amnesty International en Mendoza, porque se prohibió en Chile. Tocaron los Marcama con Peter Gabriel y Sting, con El Jefe (NdR: Bruce Springsteen). No es joda: estuvieron acá y eso fue una revolución para nosotros. Sumado a mi mamá, a mi viejo, la mujer de mi papá... Fue un combo que me estimuló.

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

¿De qué trabajabas en esa primera juventud?

Vendía huevo y pan rallado para las milanesas. Luego fui cafetero: en cualquier manifestación o festividad que hubiera, salíamos con mis amigos a vender café. Siempre tuve esta idea de emprender, de armar algo para vender. Y una gran formación me la dio Expreso Famar: allí trabajaba descargando camiones de papel desde las 6:15 de la mañana. Y después me iba a la escuela. Fue muy interesante para mí, durante 2 años, ver lo que era la calle. Antes había trabajado pelando ajos con otro amigo, previamente en una corporativa agraria levantando viñedos para hacer huertas… ¡Y la vida me llevaría años más tarde a plantar vides! Cuando tomé el colectivo para ir a inscribirme a Ciencias Agrarias fue la primera vez que me encontré con gente de mi raza (ríe).

¿Por qué siempre hablás de ‘los de tu raza’ para referirte a tus colegas del vino?

Es que ahí no me sentía sapo de otro pozo. Todo lo contrario: estaba en el lugar y el momento justo. Fueron 5 años de carrera muy intensos. También trabajaba en el Instituto Nacional de Tecnología Agraria (INTA). Mi idea siempre fue hacer vino, pero no sabía cómo llegaría a eso. Primero sólo podaba, luego limpiaba piletas y llenaba damajuanas a mano, y después preguntaba si podía hacer algo más. Nunca pensé en tener una bodega: todo era cumplir las metas alcanzables y avanzar.

Y en la facultad conociste a María Sance, tu compañera de vida y aventuras...

Fue en el ‘96. Y fue muy rápido todo: entendimos que iba a ser así. Y acá estamos.

 

La Divina Comedia mendocina

En Chachingo, una localidad del departamento de Maipú, entre vides, árboles frutales y una huerta encantadora, construyeron su vivienda María y Alejandro, con sus dos hijos. Y allí mismo, a metros, abrió Casa Vigil, hacia 2015. En un principio era la sede de degustaciones para grupos de turistas, con asado y las empanadas mendocinas que preparaba la vecina. La casa se fue agrandando y hoy incluye un restaurante y una cava que representa la Divina Comedia, esa que le leía su abuelo en la niñez, y por donde pasea al visitante entre obras de arte y recuerdos de antaño. Allí, Infierno, Purgatorio y Paraíso se transitan como un viaje por la mente del creador de esos vinos tan fascinantes como premiados. En Casa Vigil, cada plato está elaborado con productos de la huerta familiar. Y las etiquetas con excelentes puntajes internacionales son el gran tesoro. En 2018, el espacio fue recomendado por la Guía Michelin: “Otro estilo, otro ambiente, el universo de Alejandro Vigil. En ese lugar conviven su casa y un estilo contemporáneo con una propuesta donde se valoran sus néctares, sus vinos de autor que experimentan la quinta esencia de los terroirs”. En mayo pasado, Casa Vigil alcanzó el primer puesto en TripAdvisor como restaurante de bodega en la provincia de Mendoza y fue galardonada con el premio de Oro en Arte y Cultura en el ranking Great Wine Capitals, tanto en la versión argentina como mundial. Un año antes había obtenido el Oro en Gastronomía y en Prácticas Sustentables en el mismo concurso.

 

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

 

En el universo Vigil, la diversificación es ley. El año pasado cortó cintas la segunda sede de Casa Vigil. Esta vez, en Palmares Open Mall: es un restaurante con una vinoteca extraordinaria, con casi 1.000 referencias, muchas de las cuales sólo se pueden comprar o beber allí, donde también se realizan ciclos de degustaciones con los enólogos más reconocidos y los talentos emergentes de todo el país. Además, Vigil le puso su firma a Chachingo Craft Beer, una cervecería artesanal en la calle Arístides Villanueva, polo gastronómico de la capital mendocina, resultado de su alianza con Marcos Balacco, con más de 20 años de experiencia en la elaboración de cervezas premium. Igual de singular es República Malbekiana, en Luján de Cuyo: es el primer patio malbequero de la provincia, de estilo industrial urbano, donde la cepa tinta de bandera convive con una barra de tragos y un cava de whisky, más sesiones de rock. Así, desde la ‘República de Chachingo’, allá en lo que alguna vez fue la loma de lo inhóspito, surgió un fértil universo con el sello inconfundible de Vigil.

¿Por qué decidiste involucrarte en enoturismo, gastronomía, cervecería artesanal e incluso la comercialización del vino como emprendedor en vez de quedarte en el Olimpo como uno de los mejores winemakers del país?

El turista extranjero que viene a Mendoza se queda entre 3 y 5 días. Sale a comer cuatro veces, al menos: si en una de ellas le fue mal, un cuarto del viaje se le arruinó. Pero el objetivo detrás de todos los emprendimientos es cómo vender el producto en forma directa. Es sabido que la distribución del vino y la logística es lo más complicado. Cuando se vende una botella de vino a los Estados Unidos, por ejemplo, se hace a través de un importador que se lleva entre el 22% y el 25% del valor de la botella. Posteriormente, pasa al distribuidor con otro 20% o 25% más, y de ahí recién llega al consumidor. En consecuencia, en góndola, los márgenes nuestros son muy bajos. Y, además, toda esa cadena se da en otro país. La cuestión, entonces, es cómo hacer que esa secuencia quede en la Argentina, sobre todo para los pequeños y medianos productores que necesitan reinvertir cada año en una moledora, en cambiar los palos del viñedo, en plantar otra cepa, en renovar alambres. Es un camino largo y hay que pensar cómo lograr que esos productores vendan en forma directa, porque ellos no son financistas: ponen todos sus recursos en la producción. Por eso en todos mis espacios, y en las ferias de vino que organizamos en ellos, siempre hay etiquetas de lo más variadas y de diversos productores.

¿Cómo llegaste a Catena Zapata, la bodega donde diste con tu propósito como enólogo?

Estaba trabajando en la zonificación del malbec en el INTA, en el Departamento de Suelos, y un día llegó una muestra que decía que era de Agrelo (Luján de Cuyo). Conociendo las características, me di cuenta de que me estaban mintiendo. Cuando vinieron a buscar los resultados, los esperé. “Esa tierra no es ni de Agrelo ni de Mendoza”, planteé. Efectivamente, era de Junín de los Andes: querían estudiar si allí era factible plantar viñedos. El técnico era Alejandro Sejanovich, quien se sorprendió por cómo había hecho ese análisis… Y unos meses más tarde me ofreció trabajar en Catena Zapata. Nicolás y Laura Catena ya tenían, por entonces, la idea de armar un laboratorio, un departamento de investigación. Un año después me fui a trabajar a la actividad privada con ellos. A los pocos meses de estar en la bodega, Nicolás me pidió que elaborase un blend para una degustación que se realizaría esa misma tarde de un domingo de cosecha. Le aclaré que trabajaba en investigación y él me repitió: “Haga un corte y tráigalo esta tarde”. Me encontré en una mesa, a ciegas, y empezó un camino nuevo.

 

El plan de Laura Catena para crear un vino que añeje por 100 años

Nacida en Mendoza, Laura Catena es la embajadora del vino argentino en los Estados Unidos. Auténtica trotamundos, su frenética vida se reparte entre Cuyo, California y otros rincones del planeta donde la causa del malbec la convoque. Incansable investigadora, su perfil multifacético es un perfecto assemblage de conocimiento, pasión, simpleza y sensibilidad.

Nicolás Catena siempre estuvo obsesionado con elaborar “el gran vino argentino”. Hacia los ‘90 sabía que debía buscar frío para obtener mejores frutos. Tenía la opción de plantar en el sur del país o ascender hacia la montaña mendocina. Y esta última fue su elección. Cuenta Vigil: “El viñedo Adrianna comenzó a plantarlo en el ‘93 o ‘94. Yo lo conocí en el ‘96 y dije: ‘Esto es suicida, no sé para qué lo hacen’. Nicolás insistió, y 5 años más tarde fue como descubrir una Borgoña en Mendoza”. Así, en 2001, ya con Vigil en las filas, empezaron con las parcelas, en 2004 lanzaron el primer single vineyard y, de ahí en más, el hilo de Adrianna los condujo hasta hoy. “Cuando llegué a Gualtallary había un río seco, manzanares abandonados y nada más”. Excepto un suelo calcáreo que se traduciría en la alta mineralidad en los vinos, características del terruño de los 100 puntos Parker por partida doble y conceptos que pasaron a ser eje de la nueva vitivinicultura argentina.

En el viñedo del laberinto se plantó primero pinot noir, chardonnay y merlot; después malbec, cabernet sauvignon y, por último, cabernet franc. Si bien cada uno arroja lo mejor de sí, los blancos de Adrianna son un verdadero hit. “En 2009 sacamos comercialmente dos chardonnay que tienen un éxito muy grande: los comparan con las mejores zonas del mundo. Me siento súper orgulloso de esos blancos que nadie podía hacer por aquí”, asegura Vigil.

 

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

 

Dos años más tarde de aquel “haga un corte y tráigalo esta tarde”, Vigil era el responsable de los vinos top de Catena Zapata. A mediados de 2006 comenzó a estar al frente de todas las líneas y a la vez formaba parte del Catena Institute of Wine creado por Laura Catena (NdE: Directora de Bodega Catena Zapata y de su emprendimiento personal, Bodega Luca, es bióloga egresada de Harvard y médica recibida en Stanford), quien le planteó: “Tenemos un vino de 70 años. ¿Cómo hacemos para tener uno que llegue al siglo?”. Vigil, obsesivo, incansable, durante 7 años no se tomó ni un día de descanso. Al octavo, sólo cuatro. Cuando en 2008 surgió el proyecto El Enemigo, con Adrianna, la hija menor de Nicolás, muchos creyeron que era el final de la relación con la bodega centenaria. Sin embargo, fue todo lo contrario: “La profundizamos. Somos socios en algunas cosas, pero sigo siendo empleado”, cuenta.

 

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

 

¿Por qué tu emprendimiento más personal se llama El Enemigo?
Somos la generación del hambre. Siempre tenemos miedo de volver a tener hambre, de volver a perder lo logrado, miedo de todo. Entonces, lo que hacemos es ir, ir, ir, sin mirar... El Enemigo alude a eso: al miedo interno, al miedo al cambio. No nos permitimos eso de llegar porque todo pende permanentemente de un hilo. Esa es la sensación: hay que seguir adelante porque todo se va a caer. Ese es el pensamiento que nos atraviesa, que no sé si está bueno, pero es un motor.

¿Quiénes son tus héroes?
Julio Cortázar: debo tener 50 versiones de cada libro suyo. Mi papá, un gran héroe con súperpoderes. Mi abuelo, un sobreviviente. Va por ese lado el tema del heroísmo… La gente que tengo alrededor. María es una heroína: en esos 7 años en que no me tomé ni un día libre, ella siempre estuvo conmigo. ¡Cómo no va a ser una heroína!

¿Te gustaría tener algún súperpoder?
Todos los días, como todos. La paciencia sería uno de ellos. Conmigo mismo: no creo que el mundo conspira contra uno, sino que cada quien lo hace contra sí. Según María he crecido, pero igual no me tengo mucha paciencia.

¿Un brindis pendiente?
Me hubiese gustado tenerlo a Cortázar, obvio. Y a (Jorge Luis) Borges, por supuesto. Gente con la que quisiera tener una discusión chiquita… Le preguntaría a Cortázar si 'Casa tomada' es el peronismo (ríe). Y a Borges le pediría que me ayude a comprender el tiempo y el espacio porque, a medida que voy profundizando, se me mezcla más todavía. No tanto como Stephen Hawking, pero casi.

En tu historia, parece que tenés un especial talento para estar en el lugar y el momento correctos…
Cuando Nicolás Catena me dijo: “Haga el blend para esta tarde”, ahí tiempo y espacio se conjugaron. Cuando vi a María por primera vez, era una fiesta, salí y le dije a todos que nos invadían los chinos (ríe). Esos dos instantes son fundamentales porque hicieron un cambio importante en mi vida. También la primera vez que fui al INTA a pedir trabajo. Salió un hombre, y me dijo: “Justo hoy renunció la chica que trabajaba en Suelos”. Ahí también estuvo todo conjugado: tiempo y espacio. Esto es lo fantástico de Cortázar: pasa porque creemos en eso; pero cuando no te das cuenta, no pasa.

 

Gentileza Marcelo Ruiz y familia Vigil

 

¿Cómo reaccionás ante los errores?
Con mucho trabajo. Estudiar y trabajar es la forma de revertir errores y enfrentarlos. No me asustan: me fortalecen, me llevan al deseo profundo de eliminarlos y no puedo parar hasta que lo logro. Me arrepiento de muchas cosas. “Ya esta vida la viví, denme otra” (ríe). ¡Claro que mi familia debe permanecer! Creo que hay que cambiar y probar, aunque coincidamos en que todas las cosas que cambiaría sucedieron por algo.

¿Por qué la imagen de un león en tu perfil de las redes sociales?
Me parece que es un símbolo de fortaleza mental, de la voluntad de seguir, de estar. Pasan las sequías, pasan las lluvias, y se impone a sí mismo. Y cuando está en el ocaso sabe que tiene que dejar paso a los otros: guía una manada y, si no se puede hacer cargo, precisamente se hace cargo de que no se puede hacer cargo, se retira y muere solo. Es algo muy fuerte. La intuición me guía. Y cuando no me he escuchado, me he equivocado.

 

¿Cómo sería tu autorretrato?
El Van Gogh sin oreja, sin sombrero, más transparente. Pero, en verdad, no puedo hacerlo porque no me miro al espejo. Siento que me puede frenar porque en ese reflejo me doy cuenta de lo vivido… Por eso intento no tomar mis vinos: para no pasarla mal, porque tienen muchos errores (ríe).

¿Sos un perfeccionista que no se da tregua?

Nunca lo haré. ¿Para qué?

¿Cómo te llevás con la risa y el llanto?
Me da risa lo más tonto del mundo. En el cine hago papelones: tengo un problema grave con Almodóvar, que me hace reír de cosas de las que no hay que reírse. Me río de mí mismo. Y lloro siempre de alegría y de emoción. A veces de añoranza. Añoro San Juan en verano, mis amigos de allá, esos tiempos comiendo damascos calientes a la siesta, haciendo represas en las acequias y viviendo a la chancleta porque... ¡qué puntería tenían las abuelas para lanzártelas! A veces recuerdo las batallas perdidas, pero no me freno, es un instante…

Comentarios1
Claudio R Valiente
Claudio R Valiente 23/04/2019 11:14:13

Excelente articulo, lamentablemente Cronista.com se esta volviendo casi ilegible con publicidades de pantalla completa que aparecen varias veces por minuto y al cerrarlas se vuelven al inicio de la nota.