Naranjo es el nuevo rosado: la revancha de un vino milenario

Naranjo es el nuevo rosado: la revancha de un vino milenario

Rarezas, desafíos o aventuras de los winemakers argentinos más innovadores, son herederos del método de vinificación natural que, hace más de 6 mil años, se utiliza en Armenia y Georgia, consideradas la cuna mundial de la vid.

Todo comenzó en las regiones del Cáucaso, principalmente en Armenia y Georgia, cuna mundial del vino hace más de 6 mil años. Hablamos de una forma de vinificación basada en la preservación natural para hacerle frente a uno de los problemas más comunes: la oxidación. Generalmente, estos vinos se elaboraban en grandes ánforas de 500 litros, llamadas kvevri en Georgia y karas en Armenia. Esos recipientes de barro cocido, un material poroso que se recubría con cera de abeja para volverlo más hermético, estaban enterrados en el suelo, con la parte superior abierta, estrategia perfecta para asegurarle al contenido una temperatura baja y constante.

Durante mucho tiempo, el vino naranjo fue olvidado por la industria. Sin embargo, se siguió produciendo ininterrumpidamente en algunas regiones caucásicas. Por eso, como bien afirma Daniel Pi, director de Enología de Trapiche, estos ‘nuevos’ vinos naranjas, que ahora también empiezan a aparecer muy experimentalmente en los portfolios de algunas bodegas argentinas, “son un retorno a las fuentes más que algo innovador”.

Orange wine: el término fue acuñado en 2004 por David Harvey, importador de vinos del Reino Unido, mientras buscaba ejemplares raros y escasos por Italia.

 

Fue en los ’90 cuando comenzó la movida del ‘redescubrimiento’ de este estilo de vinificación por parte de pequeños elaboradores que rescataron los preceptos ancestrales. Todo empezó en la zona fronteriza entre el Friuli italiano y la Eslovenia occidental. Y fue el viticultor Josko Gravner quien los volvió a poner en valor: viajó a Georgia, cuando aún pertenecía a la Unión Soviética, y se enamoró de esa variante; tanto, que en Oslavia (Friuli) comenzó a escribirse un nuevo capítulo en la historia del vino naranjo con su primera etiqueta, de la cosecha 2001, criada en kvevri. Luego lo siguieron otros productores italianos y lentamente se sumaron más  países, desde Croacia, República Checa y Austria hasta España y Francia. Al tiempo, el movimiento llegó al Nuevo Mundo vitivinícola, concretamente a Chile, Nueva Zelanda y los Estados Unidos.

En la Argentina existen dos ejemplares con un par de años de recorrido. Por un lado, el Torrontés Brutal Vía Revolucionaria, de Matías Michelini, fermentado y criado con sus pieles durante 10 meses en barricas usadas de roble francés, una de las tantas apuestas del osado enólogo mendocino. Por otro, el Alma Negra Orange, de Ernesto Catena, un excelente ejemplar de quien siempre aporta novedades al mercado. En ambos casos se trata de pequeñas producciones que se conciben como rarezas, desafíos o aventuras de los winemakers. Es justamente por eso que vale la pena probarlos.

¿Extremismo o esnobismo?

Dentro de la categoría naranjo existe un conjunto bastante heterogéneo de vinos elaborados a partir de uvas blancas, producidos en distintas partes del mundo y con características organolépticas similares entre sí, pero bastante diferentes a los blancos y los rosados. De manera simple, Daniel Pi explica que “se trata de vinos provenientes de variedades blancas -que pueden o no ser aromáticas- que se elaboran siguiendo la metodología de maceración como si se tratara de un tinto. O sea, se vinifican en contacto con las pieles y las semillas, pudiendo o no estar previamente despalillados, por lo que en algunos casos pueden ser elaborados con escobajo”. Por eso, una de sus principales características es su color ámbar casi anaranjado, a veces incluso de un aspecto algo turbio o velado: eso se debe a la maceración del jugo con las pieles y las pepitas durante la fermentación y también durante su crianza, que puede ser de un mes y llegar a un año.

Como bien explica Matías Michelini, “el vino naranjo moderno es una mirada al pasado en el uso y la forma de vinificación de uvas blancas. Da la impresión de que en el pasado no existía la tecnología para separar la piel del jugo, de modo que todos se hacían igual, con uva tinta o blanca. Luego, con la modernización, se buscaron resultados más frescos, más frutados, más limpios, y por ende resultaron de menos color”. También se distinguen por la utilización de elementos de inspiración ancestral, como tinajas o ánforas -sólo los más extremistas usan vasijas realmente antiguas-, a diferencia de las barricas de madera y los tanques de acero inoxidable de amplio uso en la enología contemporánea. Por esa razón, la producción de los naranjos está estrechamente ligada a la cultura de los vinos naturales, a las prácticas manuales y primitivas que los definen.

Son propuestas que apuntan a un nicho definido del mercado. Generalmente son bastante diferentes unos de otros. Y muchas veces poseen certificaciones orgánicas, biológicas e inclusive biodinámicas”, explica Daniel Pi, de Trapiche.

Por eso, y porque la fama súbita tiene su precio, a los vinos naranjas también se los critica duramente. Algunos señalan su falta de tipicidad, ya que la manera de elaborarlos les hace perder el carácter varietal o el de origen creándose, de esta manera, un estilo homogéneo basado sólo en la maceración/extracción. Otros objetan que sean vinos extremos, firmados por productores ‘radicalizados’ en su búsqueda de la intervención cero, que los lleva a no usar ningún tipo de aditivo y a dejar el vino con las borras sin filtrar durante largos períodos en las mencionadas ánforas, alejándose de las prácticas convencionales que garantizan un producto estable y con cierta consistencia en el tiempo. Es cierto que con las maceraciones largas se crean, durante la fermentación, mayor cantidad de sulfitos naturales que protegen al vino de la oxidación y hacen innecesaria la utilización de conservantes como el SO2, tan legal como habitual.

Es decir que, en aras de lo natural y de revalorizar lo ancestral, se obtienen vinos a veces microbiológicamente inestables, a veces que ni siquiera son dignos de ser bebidos.  Desde luego, existen casos que rescatan esa antigua tradición de elaboración pero con los cuidados necesarios para garantizar un vino consistente, estable y a la vez peculiar. En todos los casos, se trata de partidas limitadas porque es una apuesta que requiere ser llevada con la soga corta.

Manual de estilo

No hay que beberlo muy frío, sino entre los 13ºC y 16ºC. Se recomienda acompañarlo siempre de un plato suculento: curry de langostinos bien especiado, pechito de cerdo agridulce, arroz con vegetales y frutos secos.

Rústicos pero con onda

Los orange wines, además de su raro vestido, tienen un perfil aromático distinto al de los varietales propios de la uva, así como una dimensión en boca inusual, dada por la presencia de taninos. Son más bien austeros, expresan aromas a frutas frescas como damasco o membrillo, a frutos secos como nuez o avellana, e incluso algunos ejemplares recuerdan a la manzanilla o el laurel, a la confitura de cítricos y el mazapán. Así, resultan verdaderamente curiosos. “Son más rústicos, con aromas más brutos porque son el resultado de un todo: no sólo de la pulpa o del jugo, sino de la piel e incluso de la semilla. Tienen mayor tanicidad y carácter en boca”, define Michelini, creador de uno de los primeros vinos naranjas argentinos.