El vino, lo menos parecido al arte

El vino, lo menos parecido al arte

Blancos y tintos inspiran un sinfín de sensaciones, algunas de las cuales ameritan grandes narraciones, que muchas veces llegan a ser exageradas. El vino es una de las expresiones más maravillosas que tiene una zona productiva y su gente. Pero no más que eso.

"El vino es un arte", me dice un bodeguero amigo. Está feliz con esa idea. La repite una y otra vez, y me asegura que si el cine es el séptimo arte, el vino es el octavo, porque tiene guión, tiene luces, tiene dirección, locación, actores primarios y secundarios. Y me explica el rol de cada uno. Sí señor; tiene todos los elementos del arte.

Bueno, la verdad es que no es la primera vez que a alguien se le ocurre semejante desatino. En los recorridos turísticos por las bodegas he escuchado que comparan el vino con el arte en las presentaciones de nuevos ejemplares que preparan los gerentes de marketing, en las contraetiquetas. Son varios los que no se ponen colorados con esta afirmación.

Me imagino yo que el vino debe ser un arte como lo es la cerveza, como la mermelada de frutos rojos, como las milanesas a la napolitana que hacían en Hermann de la calle Santa Fe, o como los chipirones del restaurante Tomo 1, en el mejor de los casos. Son un arte, una unicidad, una manera personal e inventiva de hacer una cosa determinada, en este caso, un vino.

Lo pienso y le doy vueltas, pero no me cierra. Que se incluya la creatividad, la inspiración o el talento personal me la banco; pero explicarme que un vino, por más rico que sea, es algo así como La Anunciación de Sinome Martini, como los versos de Pedro Salinas o como el Quinteto para piano y cuerdas de Shostakovich ya me parece demasiado. Eso es arte, esto es vino; no tiene nada que ver una cosa con la otra. Ni remotamente.

Me pregunto qué le contestarán a Walter Benjamin cuando les pregunte por la reproductibilidad de la obra de arte en la etapa del modernismo tardío; por el aura irrepetible de la esencia artística; por el aquí-y-ahora del arte... ¿Será por eso que muchos dicen "estoy emborrachado de tanto arte"?

Pienso, aparte, cuando un vino no está tan rico, ¿qué decir? ¿Que el enólogo es un artista malo o que no es un artista? Si el vino tiene demasiado alcohol diríamos que es un vino denso (como una obra), me imagino. ¿Y si tiene ácido acético? ¿Y si tiene corcho? ¿Y si el punto de madurez está pasadísimo? ¿Podemos empezar a hablar ahora de vinos cubistas, posmodernos, renacentistas, abstractos o deconstructivistas? ¿Cómo se representaría el vino cuyo motivo sea "naturaleza muerta"? ¿Serían los tetrabrik -o los bag-in-box, en todo caso- una suerte de street art? ¿Serán los vinos ultraconcentrados la novela negra de la enología?

Si el vino es arte…  ¿qué es el sexo?, ¿y la gimnasia rítmica?, ¿y la dialéctica hegeliana? ¿Seré más culto bebiendo más vino? Las preguntas son inabordables.

Yo creo que el vino es un montón de cosas maravillosas. Maravillosas o no tanto, pero un montón de cosas seguro. Tengo fehacientes testimonios de que el vino es una pasión, una enfermedad, un medio para hacer catarsis, una locura, una manera de entender la vida, una manera de expresarla. Pero no un acto de redención ni de trascendencia como lo es el arte.

El vino es el decir de una zona productiva, de un terruño, el decir de un hacer y pensar. Es, para colocarlo en su lugar y para darle una entidad justa, un oficio. Uno más.

Lo interesante, creo, es la relevancia que ha tomado una copa de blanco o tinto. Y la capacidad que tiene de generar sentimientos y preferencias como ningún otro alimento lo ha hecho. Tanto, que es la única bebida que, con osadía o no, algunos logran igualar al arte.

 

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