Arturo Savage: “La primera regla para beber whisky es que no hay reglas”

¿Puro o rebajado? ¿Single malt o blend? ¿La edad importa? El Gurú Mundial del Whisky derriba algunos de los mitos más populares sobre el rey de los destilados.

Arturo Savage: “La primera regla para beber whisky es que no hay reglas”

Su status de Gurú Mundial del Whisky (título que ganó en la World Class Competition de 2012) y de Embajador Regional de Johnnie Walker, lo convierten en una voz más que autorizada para derribar los mitos vinculados al destilado. Uno de los más populares es, por ejemplo, que a mayor añejamiento mejora su calidad: “Una cosa es la edad, el tiempo que el whisky pasó en la barrica, y otra la madurez, que es lo que sucedió ahí adentro. Eso que sucede, ese intercambio de alcoholes con madera que luego se traduce en sabores y aromas, tiene más que ver con la destilación y la barrica que con el tiempo que duerme en ella. Por eso, hoy en día, las expresiones premium son sin edad o No Age Statement (NAS)”, asegura.

Para Savage, tampoco es cierto que un single malt sea mejor que un blend, sino que todo depende de la ocasión de consumo. Y, finalmente, refuta esa creencia de que al whisky, para disfrutarlo, hay que beberlo puro. “Hay dos opciones: la apreciación y el disfrute. Si quieres catar la bebida, descubrirla, lo haces con la bebida desnuda. Si quieres disfrutarla, la tomas como quieres. Porque la primera regla para beber whisky es que no hay reglas”, sentencia.

 

Hoy, Arturo Savage es una de las personas que más sabe de whisky a nivel mundial, pero nada en su historia indicaba que ese sería su destino. La primera vez que bebió ese destilado tenía 27 años... Y no le gustó. Cuando se postuló –por circunstancias de la vida– como Brand Ambassador de Johnnie Walker, obtuvo el tercer puesto, pese a que sus mentores no tenían ninguna confianza en su performance. Claro que, a veces, dos horas pueden ser más trascendentes que 100 años. Y eso fue todo lo que necesitó Savage para reescribir un futuro que parecía sellado.

Venezolano e ingeniero industrial, Savage era un alto ejecutivo en una fábrica de calzado que tenía la licencia de dos marcas estadounidenses. El trabajo lo obligaba a repartir sus días entre Los Ángeles, Taiwán y Caracas. Y aunque era exitoso en su rol y los números acompañaban su gestión, no estaba contento. Entonces, decidió ponerle un poco de sabor a la rutina diaria estudiando gastronomía. “Siempre me había gustado cocinar. Cuando finalicé el curso, empecé a organizar cenas y catas de vino a modo de hobby”, recuerda.

Luego de una propuesta laboral fallida, Savage entendió que era hora de alejarse de ese rubro para siempre. “Decidí abrir un emprendimiento que organizaba cenas maridadas. Pero era 1997 y ya empezaba la crisis venezolana. Para colmo, mi mujer de entonces enfermó y usé todo mi capital para que se salvara”. De golpe la actividad culinaria se convirtió en su único y módico ingreso. “En Venezuela no se bebía mucho vino. Por eso, cualquier cosa que dijeras sobre el tema, si estaba bien dicha, era verdad. Mi trabajo era cocinar y contar historias. Una noche, entre los comensales se encontraba un ejecutivo de Diageo, quien me felicitó por la charla y me preguntó si quería aplicar para ser embajador de whisky. Ese destilado no me gustaba pero, como necesitaba el trabajo, acepté postularme”.

"Si hay un destilado con terroir, es el escocés"

Entre los contrincantes había cinco artistas de televisión, un banquero famoso y un exteniente británico. Savage obtuvo el tercer lugar. “Era el back up del back up del back up. Algo así como: ‘Ojalá nunca tengas que hacer una presentación’”, describe. Sin embargo, ese puesto sí le alcanzó para participar del Journey of Taste, un viaje de entrenamiento por las principales destilerías de Escocia. Y si bien es cierto que el whisky llegó tarde a su vida, en ese viaje se enamoró del scotch. De Escocia volvió –más allá de alguna que otra experiencia frustrada– con un speech de 60 hojas, el discurso que los embajadores debían aprender. Aprovechó todo el tiempo libre que tenía para estudiarlo. “Lo ensayaba hasta saberme las comas, con ese nivel de detalle” comparte.

Pero la oportunidad no llegaba: siempre era el turno del embajador titular. Hasta que sucedió “la tormenta perfecta”, como llama a la oportunidad que supo aprovechar: el teniente británico enfermó y el banquero no quiso dar una cata por falta de tiempo para prepararla. Entonces, sonó el teléfono de Savage. Esa misma noche se presentó ante un auditorio abarrotado en un salón ambientado como un bar inglés, sillones Chester incluidos. “En esa época, las presentaciones eran muy kitsch, muy teatrales. Estaba todo oscuro y un reflector seguía al embajador, que guiaba la cata desde un escenario”, evoca. Todos quedaron conformes, incluso el presidente de Diageo, que estaba entre el público. Y así fue como Savage comenzó a viajar por el continente como representante de todo el portfolio de la marca.