Pedido a destiempo

Pedido a destiempo

Un cuento anónimo de la India relata el viaje nocturno en un tren en el que muchas personas se dirigen hacia un pueblo lejano para trabajar al día siguiente. La noche había que aprovecharla para descansar.   El vagón estaba a oscuras y la gente se disponía a dormir, de a poco fueron conciliando el sueño. Llevaban ya un buen rato de viaje y estaban muy cansados cuando los despertó una voz que decía:

-¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!

Así una y otra vez, insistentemente, quejándose sediento. Era uno de los viajantes que con su lamento despertó al vagón entero. Después de un rato de escuchar los quejidos, uno de los pasajeros se apiadó, se levantó, recorrió varios vagones hasta llegar al lavabo y llenó un cuenco de agua. Recorrió con esfuerzo los vagones de vuelta, cuidadoso de no volcar el agua con el movimiento del tren, hasta que se lo ofreció al sediento viajero. Éste bebió con avidez el agua. Al fin, todos podrían volver a dormir. 

Pero, transcurridos unos minutos, la misma voz de antes se escuchó nuevamente:

-¡Ay, qué sed tenía! ¡Ay, qué sed tenía!

Dicen que la queja puede verse como "un pedido a destiempo" y, cuando se convierte en queja, ya no tiene solución. En el ejemplo de este cuento, un pedido podría haber sido: "Alguien sabe dónde está el lavabo?" o "¿Quién podría convidarme un poco de agua". Un pedido. Sin queja. Bebe el agua, se duerme y deja dormir a los demás. 

Perpetuar el malestar

Sin embargo, quejándose de su sed, la persona consigue perpetuarse en su malestar. Nada calmará el malestar que a través de la queja se refuerza y expande.

No es fácil detectar en nosotros y en los demás la queja, esas frases inconducentes que dañan y no resuelven nada. Diferenciarlas de aflicciones que pueden ser respuestas a una realidad momentánea y que necesitamos compartir para aliviar. La queja como patrón aparece con la intención inútil de liberarse del sufrimiento y lo único que logran es reforzarlo. Claro que tiene un beneficio secundario: el de captar la atención, no asumir responsabilidades o evitar hacer lo que no nos gusta, etcétera. Aunque tiene un alto costo aparejado, bien vale la pena el intento de cambiar.

En este cuento, quien busca el cuenco con agua, no supo ni pudo detectar que la frase no era un pedido sino una queja. Perdió el tiempo y no alivió el sufrimiento del sediento, sufrimiento que se alojaba en su mente buscando algún beneficio secundario pero que, claramente, no tenía que ver con su sed.

Fijación del discurso

No nos engañemos ni nos dejemos engañar: la queja nada tiene que ver con las calamidades o problemas que se vivan. Paradójicamente, personas con vidas duras y sacrificadas no suelen ser quejosas. Tiene más bien que ver con una fijación del discurso y del ego que con la realidad. 

En aquel vagón del cuento, no sería sorprendente que hubiera varios viajeros con sed, algunos que fueron a buscar su agua, algunos que prefirieron dormir y esperar a la estación y uno que optó por quejarse.

La queja es contagiosa. 

Hay que evitarla y para eso, aprender a detectarla: en nosotros y en lo demás. 

No nos dejemos engañar creyendo que podemos complacer a quien seguirá insatisfecho ni nos quejemos creyendo que lograremos algo positivo, cuando a la larga lo único que produce es un desgaste en los vínculos y un malestar con nosotros mismos.

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