Yo y mi otro yo

"El Yo y la imagen de sí mismo se van construyendo a través de nuestra historia", sostiene la autora y afirma que haber recibido amor y valoración desde niños nos ayuda a tener una imagen positiva de nostros mismos

Yo y mi otro yo

Le pregunto a un amigo por qué no pone su foto en su perfil en whatsapp. Me contesta: "No me gustan mis fotos". Conozco algunas de sus fotos y concluyo que hay una percepción distorsionada de sí mismo. En general, esta distorsión también se da en el plano psico-emocional. El Yo y la imagen del sí mismo se van construyendo a través de nuestra historia.

Desde niños la pregunta fundamental a la que nos invita nuestra mente y va armando nuestra psique es: ¿quién soy yo? Y ese Yo se elabora, según el psiquiatra y psicoanalista francés Jacques Lacan, desde la imagen del propio cuerpo en el espejo. Entre los seis y dieciocho meses, el niño empieza a ser capaz de percibir su imagen completa en el espejo. Según Lacan, es en esta etapa en donde el Yo se desarrolla como instancia psíquica. 

La teoría es bien compleja y ha sido controvertida y no la abarcaremos en esta columna. Lo que es indudable es que, al ocurrir este primer encuentro entre el niño y su propia imagen, esta imagen estará atravesada por el lenguaje, la cultura y mediada por el estímulo externo de un semejante (en principio la madre o quien cumpla esa función). Significa que la construcción del Yo siempre está condicionada inicialmente por alguien. Por eso Lacan decía "todo Yo es Otro".

Seguimos creciendo y vamos recibiendo de nuestra familia, de los agentes educadores y de la sociedad castigos y recompensas "condicionados" ante nuestras conductas. Vamos formando así un Yo ideal: lo que creemos que se espera de nosotros. Este Yo ideal está en continua tensión con nuestro Yo real, es la lucha entre lo que creemos que deberíamos ser y lo que realmente somos. A la vez y, entre otros factores, el hecho de haber recibido cuidado, valoración y amor a lo largo de nuestro crecimiento nos ayudará a tener una imagen positiva de nosotros mismos y, por lo tanto, la autoestima necesaria para animarnos a desarrollar nuestro potencial implícito en nuestro Yo real.

En mayor o menor grado, todos estamos enfrentados a las dificultades de esta dicotomía; es una de las razones por las que la psique pone en funcionamiento los mecanismos de defensa. A mayor incongruencia entre el Yo real y el Yo ideal, mayor malestar psíquico. Aplicando la frase de Voltaire "lo perfecto es enemigo de lo bueno", empecemos a vernos con la verdad: lo perfecto, así como lo ideal, se encuentran sólo en el plano de lo imaginario. Sólo lo real puede ser bueno. El camino de la integración empieza por reconocer que la mente juega con la mentira de un posible Yo ideal y apostar a amigarnos con nuestro Yo real. Conocerlo. Reconstruirlo desde una mirada compasiva, entendiendo que ese ideal fue construido desde la necesidad de ser amados por otro que nos miró desde su deseo, no desde el nuestro.

Ante aquella desafiante pregunta de "¿quién soy yo?", la oración de la serenidad nos invita a una maravillosa tarea para encontrarnos con lo que realmente somos: "Concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar aquellas que sí puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia". Y allí, donde nos reconozcamos, podremos mirarnos.

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