Toledo: "Hoy los diseñadores independientes queremos trabajar para las empresas"

Fue uno de los diseñadores más vanguardistas de los ’90; hoy, patea el tablero y admite que las alianzas con grandes marcas comerciales son clave para la supervivencia de su especie.

Toledo:

La llegada de los diseñadores independientes a las casas tradicionales es un gesto que no resulta novedoso en la industria de la moda. Es una modalidad que comenzó en la década del ‘90, cuando Tom Ford fue nombrado director Creativo de Gucci y de Yves Saint Laurent. El ciclo siguió con John Galliano en Dior, Marc Jacobs en Louis Vuitton y Alexander McQueen en Givenchy. En el mercado local, recientemente Mariano Toledo quedó a cargo de la nueva imagen de Perramus, la marca de pilotos fundada en 1922 en la Argentina. En sus manos está la flamante división New Generation, una línea que ofrece nuevos productos y características diferenciales en calces, talles, materiales y formatos, recursos que apuntan a modernizar el legado. “Es una responsabilidad súper grande y un desafío personal, porque se trata una propuesta muy definida que debo orientar hacia gente más joven para que comience a mirarla con los ojos de la actualidad”, comenta el diseñador en plena producción fotográfica de la colección primavera/verano.

Volver a empezar

La historia de la moda en la Argentina tiene muchas fases, pero hay dos bien marcadas: la de la mirada puesta en Europa para replicar modos de vestir, y una era legitimada como de diseño de autor, impulsada por una camada de creativos que acentuaron la identidad personal para presentar colecciones, con la crisis de 2001 y BAFweek como referencia. Pero, en rigor, a esa instancia precedió una escena riquísima en vanguardismo que tiene a Toledo como uno de sus protagonistas. Todo comenzó cuando, en 1989, asistió a la primera Bienal de Arte Joven. Cuenta que se topó con las propuestas de Gabriel Grippo, Gaby Bunader, Mónica Van Asperen y Sergio de Loof en el Centro Cultural Recoleta y se preguntó: “¿Cómo es que yo no estoy acá?”. Así, se presentó en la segunda edición, en 1992, y resultó ganador. Desde entonces, le siguieron presentaciones exitosas, de BAFweek a London Fashion Week. Junto a Jessica Trosman y Martín Churba, integraba la trinidad de diseñadores independientes más rupturistas y cotizados. Ya en el Centro Metropolitano de Diseño, se convirtió en coach de talentos emergentes, mismo rol que ejerció en la pantalla chica cuando, desde el reality Project Runway Latinoamérica, decretaba, en cada episodio: “Diseñadores, hagan moda”. Luego, llegó el momento de las alianzas corporate: diseñó, para Philips, la Luciérnaga Bag, que tenía un sensor de movimiento desarrollado con tecnología LED que se activaba cuando la usuaria introducía su mano en la cartera; y, en colaboración con Muaá!, creó dos colecciones cápsula para adolescentes. “Hoy, los diseñadores tenemos que estar al lado de las empresas, liderando equipos de creatividad, definiendo hacia dónde van las colecciones y la imagen, porque ese es el rol de un diseñador en acción. Todo lo demás es parte de un período embrionario que no se puede extender toda la vida porque, si no, te mantenés en una especie de limbo: la prensa te quiere, te adora, te hace entrevistas y vos presentás tus colecciones, pero llega un momento en que es una tarea demoledora, liquidante. Yo lo comprendí, no sé si muy tarde o muy temprano, pero dije: ‘Basta para mí’. Demasiados desfiles, demasiadas colecciones: ahora quiero trabajar para empresas”, confiesa Toledo, sentado en un bar de San Telmo mientras una mañana soleada parece despistar al otoño. Siempre en movimiento, Toledo se instaló en Chile, donde lideró los equipos creativos del Grupo Colgram –holding textil que gestiona top brands como Dimensión Azul, Colloky y Zolkan – dictó clases en la universidad y ejerció como crítico de moda en la revista Mujer del diario La Tercera.

¿El diseñador independiente está en extinción?

El rol del diseñador hoy en día es diferente. Los grandes creadores, por lo menos los que yo sigo y admiro a nivel internacional, no tienen un proyecto individual, sino que están asociados a compañías muy grandes que les permiten mostrar sus creaciones. Ojalá cada uno pueda encontrar su lugar en la industria, porque de otra forma termina siendo una odisea. Y no queremos más un final como el de Alexander McQueen ni un Jean Paul Gaultier revisitándose a sí mismo, personajes tan cerrados en sí mismos que terminan por colapsar. En cambio, Riccardo Tisci (ex diseñador de Givenchy), Alber Elbaz (ex Lanvin) o Nicolas Ghesquière (Louis Vuitton) u Olivier Rousteing (Pierre Balmain) son diseñadores que nunca han hecho sus colecciones personales pero son nombres mundiales. Creo que el diseño de autor es uno de los oficios que se están perdiendo: no es una profesión que tenga una renovación muy importante, por lo menos en nuestro país. Hoy, los diseñadores con trayectoria queremos trabajar para las empresas. El mercado es muy dinámico y hay una oferta tan monstruosa que es súper hostil para los nuevos talentos. Sin embargo, noto casi un empecinamiento en la aventura de la creación que, finalmente, muy pocas veces demuestra ser rentable y termina siendo una aventura del ego.

Tu carrera simboliza la evolución del diseño argentino, desde el off hasta la escena comercial. ¿Cómo fueron los inicios?

Era estudiante de Arquitectura y me sacudió ver la creatividad de la primera Bienal de Arte Joven. Fueron años de mucha efervescencia, con el barrio de San Telmo como epicentro. Estaban Garage Argentino, el bar Bolivia, la disco El Dorado... Fueron épocas increíbles relacionadas con el underground. Casi ninguno de nosotros trabajaba en empresas, ni siquiera había una cultura de diseñador: me recuerdo cruzando la Avenida 9 de Julio con un perchero con rueditas para hacer una presentación, porque no tenía plata para pagar un taxi y mucho menos un flete. Había una mística de la performance en la moda y la viví muy intensamente: en mis desfiles participaban desde drag queens hasta mis primos adolescentes y compañeros de la facultad. La segunda edición de la Bienal fue en Puerto Madero, cuando eran docks abandonados. Los que integramos las camadas de 1989 a 1992 fuimos los pioneros del diseño de indumentaria, que estaba comenzando en la FADU. Éramos niños en un submundo que no era muy masivo ni muy abierto al público en general, de la Galería Bond Street al Instituto de Cooperación Iberoamericana. Son momentos que relaciono como similares a la movida del Instituto Di Tella en los ‘50, por esa cosa de la explosión de juventud y la expresión a pesar de todo. Teníamos $ 10 en el bolsillo, pero muchas ganas de fabricar cosas que le transmitieran nuestro mundo interior a los demás.

¿En qué momento entendiste que la alianza con grandes marcas de indumentaria era vital para sobrevivir?

Fue un crecimiento natural. Si bien parto de un entorno under, tenía muy claro en mi cabeza que quería que mi ropa estuviera bien hecha. Quería ser, en algún momento, una marca. BAFweek, en un punto, implicó reunir a todos los que estábamos sueltos para empezar a armar una historia, una identidad de nuestra moda, pero con una faceta más comercial, intentando crear lo que comúnmente se llama Marca País. En ese momento, tenía un showroom, un estudio y trabajaba con un concepto de colección. Siempre me medía con los diseñadores internacionales que admiraba, no quería ser menos, me exigía. Pero esa vara tan alta, independientemente de los logros finales, a veces iba en contra de mis posibilidades. Recuerdo que, durante la semana de la moda, en 2001, no había plata en los cajeros automáticos: en plena debacle económica, estábamos todos haciendo desfiles y ninguno tenía efectivo para pagarse el almuerzo. Ese día me detuve. Fue una de las pocas veces que me replanteé eso de que “el show debe continuar”. ¡Éramos diseñadores presentando una colección en la semana de la moda de un país que estaba en hecatombe económica y no había dinero disponible circulante! Claramente esa postura, cuando uno crece y madura, no es ni la más inteligente ni sostenible en el tiempo.

¿Pero diseñar para una marca ya establecida no pone en peligro tu identidad?

Hay que moverse. Hay que quitarse la capa del rey de la moda para que se la ponga otro. En 2011 dejé todo para viajar a China, a Hong Kong, a la India y a todas las ferias internacionales. Y me instalé en Chile porque quería conocer otra forma de trabajar. Todo eso significó dejar mi nombrecito congelado. Hubo riesgo, pero fue un gran crecimiento salir de mi zona de confort para vivir el mundo y aprender otras cosas. Fue una bocanada de aire: me siento más joven que cuando me fui, con más posibilidades. Crucé la cordillera para liderar equipos de diseño que no me conocían más que de la televisión: me tuve que ganar su confianza, su respeto y conquistar mi espacio como jefe, en un país donde las reglas son totalmente distintas. Todos mis galardones quedaron acá, en la casa de mis padres. Hacerlo fue importante, porque te quita a vos del centro de la escena: ya no sos vos y tu nombre, sino que sos vos con un equipo comercial que necesita ver resultados. Cuando uno debe poner su creatividad en pos de un negocio, el ego no tiene un valor tan fundamental.

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