Tiene 87 años y recorrió 77 países en tres décadas como fotógrafa de Unesco

Tiene 87 años y recorrió 77 países en tres décadas como fotógrafa de Unesco

Dominique Roger llegó a Buenos Aires para participar de la inauguración de una muestra de sus fotos sobre las campañas de educación por la paz. Estará en la Feria del Libro

Durante 30 años, la fotógrafa Dominique Roger recorrió el planeta con un objetivo: poner en imágenes el esfuerzo y la perseverancia de niños y adultos por aprender a leer. En su rol de Directora del Servicio Fotográfico de la Unesco,  entre 1965, fecha de su primera misión en Argelia, y la última en 1990 en Cabo Verde, efectuó 135 viajes a 77 países diferentes. A través de sus registros, que conmueven por su espontaneidad y su calidez, contribuyó a la construcción de la memoria visual de la Unesco y buscó promover los valores de los derechos humanos, la no violencia y el diálogo intercultural entre las civilizaciones.

Recientemente, esas fotografías fueron recopiladas en el libro 'Un camino hacia la paz', que en sus 192 páginas a color y blanco y negro, cuentan la historia de la lucha por el acceso a la educación de mujeres, niños y hombres de diferentes culturas. Todas captadas por el lente de Roger, quien en una época donde eran pocas las mujeres fotógrafas y menos las que viajaban por el mundo, rompió con prejuicios y barreras para perseguir su pasión de contar historias.

Dominique Roger

De paso por nuestro país por tercera vez -en 2011 fue nombrada Huésped de Honor de la Ciudad de Buenos Aires- Roger lo presentará el sábado 27 de abril en la Feria del Libro junto a los periodistas Mónica Cahen D'Anvers y César Mascetti y la cantante Sandra Mihanovich. “Con el retorno de las intolerancias, de las desigualdades de todo tipo, del desempleo generalizado, de los flujos migratorios a la desbandada, del racismo elemental causado por la ignorancia victoriosa, ¿no es urgente devolverle a la educación su primacía elevando el nivel de su misión para hacer de ella un camino hacia la paz?”, se pregunta Roger en el prólogo del libro. En una charla con Clase Ejecutiva, la fotógrafa repasó sus comienzos y compartió algunas anécdotas de su carrera.

¿Cómo iniciaste tu carrera de fotógrafa?

Primero estuve en una agencia de prensa francesa como periodista, donde escribía  pequeñas historias sobre la actualidad y después empecé a hacer fotos para completar mis historias. Nunca nunca estudié fotografía, soy autodidacta.

¿Cómo llegaste a la Unesco?

Fue realmente una oportunidad. En una comida con amigos de las Naciones Unidas, una fotógrafa estadounidense que era fotógrafa en la Unesco me contó que se iba a volver a su país y me propuso que me postulara. Y así fue como entré. Al principio me tocó hacer las fotografías oficiales de todos los embajadores que llegaban, es decir cubrir todo el protocolo del Director General y era muy aburrido. Tres o cuatro meses después fui a mi jefe y le dije que me aburría. En esa época yo tenía contratos de un mes, precarios, entonces fui a verlo de nuevo y le pedí ser confirmada o no iba a quedarme. Lo hizo y cuando me preguntó si estaba contenta, le dije que no. Cuando me preguntó por qué le dije que necesitaba moverme, salir y conocer el mundo. “Bueno, dejame pensarlo me dijo porque no tenés el grado necesario”. Pero unas semanas más tarde apareció con una orden de viaje a Argelia, Túnez y Marruecos. El tema del viaje era el acceso de la mujer a la educación. Y ahí empecé.

¿Qué es lo que más te acordás o destacás de aquella primera misión?

Fue difícil porque fue en 1965, luego de la independencia de Argelia, o sea que yo era francesa y mujer en una tierra donde no era bienvenida. Todos me peguntaban si estaba casada o si tenía hijos, casi al límite de preguntarme qué hacía ahí y por qué viajaba sola. Como el tema principal era el acceso de la mujer a la educación, tuvieron que recibirme de igual forma. En Túnez fue otra historia, era un país más abierto y con mujeres en algunos cargos.

¿Cuál fue tu misión difícil?

La primera, la de Argelia fue muy difícil, sentí que me recibieron muy mal. Después me pasó en Mali, en el corazón de la selva, que tuve que ir a cubrir una campaña  de alfabetización que fue muy linda y tenía muy buenas fotografías. Cuando volvía a la capital de Mali envié las películas por correo a París, donde el laboratorio arruinó el material. Recibí un mensaje que decía que volviera a sacar las fotos. Fue duro porque no fue espontáneo, tuve que organizarlo todo, fue horrible. Otro momento difícil lo viví en Hong Kong, cuando me robaron todos los equipos mientras hacía en el check in. Llevaba a cuestas 15 kilos, que era lo que pesaban en conjunto mis equipos. Para registrarme los dejé a un costado y cuando los quise volver a agarrar alguien se los había llevado. Por suerte estaba en Hong Kong, donde venden de todos. Sólo tuve que llamar a París para pedir autorización para comprar nuevas cámaras.

¿Hubo alguna misión en la que estuviste o sentiste en peligro?

No, nunca. Tenía un buen contacto con la gente, mucha empatía. Soy muy abierta, los interrogaba mucho, me interesaba primero en la familia, en los bebés. Siempre conectaba bien con las madres. Una vez me pasó que cuando llegué a una aldea las mujeres y los hombres estaban escondidos en sus casas y afuera los chicos jugaban. Yo siempre entraba sin las cámaras a simple vista porque no las conocían y podían sentirse amenazados. Entonces me puse a jugar a con los chicos primeros, de a poco se fueron sumando las mujeres y luego los hombres. Esa se convirtió en mi metodología, que podía durar horas. Después les mostraba los equipos para que los conocieran y no les tuvieran miedo y recién después de eso sacaba las fotos.

Al principio viajaba mucho sola, después con el surgimiento de la televisión ya viajaba en equipo, con sonidistas, camarógrafos, pero siempre me mandaban a mí a hacer el primer contacto porque era buena en eso. Comprendí muy rápido que llegar de golpe y querer hacer las cosas era una agresión y uno no puede invadir el tiempo del otro. Mi método era adaptarme al tiempo de ellos, que ahí tenía otra dimensión. Hay que aprender a "perder tiempo", eso me dio muy bien resultado.

¿Cómo fue el tema de derribar prejuicios?

No tenía muchos prejuicios, yo sentía que aprendía mucho de ellos. Los occidentales están convencidos  de que saben todo y el resto son ignorantes, pero eso no es cierto para nada. A mí me gustaba mucho estar en las diferencias, cuestionarme todo el tiempo y entender que no hay una sola verdad.

¿Cómo lidiabas con la impotencia ante tantas situaciones injustas que te tocó ver?

Sentí mucha impotencia muchas veces en muchas situaciones. En algunos lugares que visité las personas vivían en una situación de miseria. Eso te lleva a entender que hay muchos Estados que prefieren conservar a la gente en la ignorancia para poder manipularlos más fácilmente. Pero mi forma de lidiar con esa impotencia era con mis testimonios, con mi trabajo. El mayor desafío para mí era cuando tenía que reportar mis misiones en la sede en París porque no podía decir todo lo que pensaba, tenía que tener cierta delicadeza y diplomacia, una autocensura. Porque las Naciones Unidas está formada por muchos Estados miembro y podés crear tensión con el país que te recibe.

¿Qué es la educación para vos?

Es la apertura, asimilar la propia cultura, transmitirla y estar abierto a las diferencias. No creer que uno posee la verdad. Hay que abordar ese proceso con mucho respeto. Hay que saber posarse y entrar en tiempo del otro.

¿Cómo fue para vos ser mujer y fotógrafa? ¿Cómo ves que evolucionó?

No fue fácil con los hombres en general. En algunas misiones llegué a llevar una alianza y fotos de niños en la billetera para fingir que tenía hijos. Sin embargo, en algún punto mi condición me dio ventaja: me ayudaba a entrar a las aldeas, conectar con otras mujeres era mi forma entrar en las comunidades. Creo que el movimiento feminista ha aportado muchísimo en la liberación de la mujer y actualmente no hay problema con que una mujer haga el trabajo que yo hacía.

¿Qué es la paz para vos?

La paz es la ausencia de la guerra en principio, es la tolerancia y hoy en día encuentro que hay una intolerancia atroz en el mundo y no se ha hecho demasiado progreso. A los hombres les gusta hacer la guerra, no a las mujeres y por eso las admiro tanto.

¿Qué mensaje buscás transmitir con tu libro?

El mensaje es que hay que cultivarse, que hay que aprender, porque si uno no se abre a las otras culturas, habrá siempre guerras porque siempre se va a creer que los unos y los otros tienen la verdad.

¿Qué mensaje les darías a los jóvenes?

Que viajen y descubran, que abran los ojos hacia los otros.

Datos útiles

Exposición de Fotografías “Un camino hacia la Paz”

Días y horarios de visitas: de lunes a viernes de 10 a 19 hs

Cierre de la muestra: 7 de mayo

Lugar: Espacio Cultural de la OEI - Paraguay 1514

Más info: https://oei.org.ar/espaciocultural/

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