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Renata Schussheim: “No cumplo el parámetro del artista de cóctel y pipirripipí"

Su secreto para convertirse en una marca registrada sin respetar los códigos del mercado ni la academia.

Renata Schussheim: “No cumplo el parámetro del artista de cóctel y pipirripipí

Schussheim habla entre decenas de caras de piedra. Literalmente: rostros grises, serios, de ojos grandes y bocas cerradas que dibujó sobre rocas, suvenires de sus viajes que ahora están prolijamente ordenadas sobre la base de una mesa ratona. Habla entre las réplicas de Renatas rosadas que refleja un espejo enorme, mezcla de tríptico y biombo, que ocupa casi la mitad de la pared de su living y va de techo a piso, una marca de agua setentosa de Gogó Rojo, la vedette que vivió antes en ese departamento ahora ocupado por cuadros y pequeñas esculturas; por Zelda –una westy blanca, tranquila– y Mora –una scottish renegrida e inquieta–. Schussheim es así: intensa, dinámica, una pasajera en estado de tránsito permanente.

Su nombre ya es una marca registrada del vestuarismo. Ahora, por ejemplo, firmó las reposiciones de Escenas de la vida conyugal y Sugar. ¿Cuál es la clave de su éxito?

Que fui más multidisciplinaria, digamos. Fui más –como dice un amigo mío– renacentista, o sea, tuve muchas patas puestas en cosas muy distintas: en el teatro, en la música, en el rock, en la producción de fotos... Entonces, todo eso genera un conocimiento de otros ámbitos también. Me conoce mucha gente por Charly también, por esa relación que tuve con el rock. Y en la danza, por todo lo que hice con Julio Bocca... Fueron muchos focos ¿no?

¿Fue una decisión estratégica ocuparse de la imagen de Charly y otros rockeros?

Fue planeado en el sentido de querer conocer y trabajar con la gente que a una le gusta. Y eso es bastante privilegiado. Encontrarse con esa gente, coincidir y disfrutar de trabajar juntos... O sea, poder complementar. Eso es lo que más me gusta en la vida: hacer algo con alguien que te guste mucho, que lo respetes, que lo valores en su profesión, poder adosarte y hacer algo juntos.

¿Considera que, por ser multidisciplinaria, se quedó afuera del mercado del arte tradicional?

Soy un bicho raro. No cumplo el parámetro del artista que va al cóctel y que pipirripipí ... No me interesa. En un momento sí me sentí diferente, de alguna manera. ¡Pero tampoco se puede todo! Y me siento muy feliz haciendo lo que me gusta. Aparte, cuando empecé a exponer, ya hacía las cosas un poco distintas: ponía música, metía lo teatral o hacía una instalación. Siempre me gustó mezclar el teatro con la plástica, no el cuadro sola mente colgado con todo lo convencional que tiene la galería. Una sola vez tuve una reunión con pintores, para un proyecto. ¡Eran peores que el peor actor de telenovelas! Es un mundo de muchos celos... Tuve amigos también, gente que quise y sigo queriendo como (Rómulo) Macció –que se murió hace poco, y que era un pintor hermoso y una persona hermosa también–, (Guillermo) Roux, (Carlos) Alonso, Mildred Burton, con Marta (Minujín) me llevo bien. Son buena gente como colegas.... Pero hay otros que no.

¿Qué significa, para Renata, ser una artista multifacética?

Un año solo, hace muchísimo, tuve un trabajo fijo con un sueldo. Nunca más. Y eso que hubo muchos años de incertidumbre, con un hijo, teniendo que mantener a mis padres, ya geriátricos, durante mucho tiempo. Pero lo hice. Creo que el deseo, bien puesto, funciona.

La versión original de esta nota se publicó en la edición 188 de Clase Ejecutiva, la revista lifestyle de El Cronista Comercial.