Novaro: “El Caso Maldonado reveló que, en nuestra vida pública, no es la verdad lo que interesa”

Novaro: “El Caso Maldonado reveló que, en nuestra vida pública, no es la verdad lo que interesa”

En su último libro, el sociólogo Marcos Novaro analiza los efectos políticos que tuvo la desaparición del artesano. “Cuando se encontró el cuerpo, se empezó a desarmar la fábula”, asegura. Agrega que el episodio, además, ilustró bien una de las principales debilidades del gobierno de Mauricio Macri: la falta de mecanismos que prevención y control político de las crisis.

“La muerte de Santiago Maldonado fue una tragedia. Pero el ‘caso Maldonado’ es otro asunto bien distinto. No es tanto una tragedia como una fábula y, por sobre todas las cosas, una enorme trampa”, se lee en “El caso Maldonado” (Edhasa), libro de Marcos Novaro publicó a inicios de mes. En este ensayo, el autor -sociólogo y doctor en Filosofía- abordó la dimensión política del episodio. “El ‘caso Maldonado’ refleja una tradición argentina: no nos une la comprobación de ciertas verdades, de hechos, sino la trifulca, la guerra de versiones”, cuenta, en su diálogo con Clase Ejecutiva.

¿Qué motivó el libro?

La aparición del cuerpo. Yo venía escribiendo sobre el caso en los medios. Conversando, averiguando cosas… Cuando apareció el cuerpo, se empezó a desarmar la fábula. Aparecía evidencia. Inmediatamente, el tema empezó a desactivarse. Tanto porque los promotores de la fábula empezaron a entrar en problemas como porque -curiosamente y esto habla un poco de la cultura política argentina- los hechos no importan tanto como la pelea. Me pareció muy revelador de cómo funciona nuestra vida pública. Lo que incentiva el interés -e, incluso, a moverse- no es la verdad. Después de meter varias veces la pata, el Estado, finalmente, terminó haciendo algunas cosas medianamente bien. Pudo establecer no una versión sino datos reales de qué había pasado. Eso, inmediatamente, en vez de generar una discusión más interesante, una reflexión, hizo que el tema empezara a dispersarse. Principalmente, porque los organismos de derechos humanos dejaron de mencionarlo. Pasó a un segundo plano.

Menciona que el caso evidenció un rasgo fuerte de nuestra cultura política: los hechos no importan tanto. ¿Qué otras cosas reflejó?

Condensó, por un lado, una tradición de defensa de los derechos humanos, de qué son, muy facciosa y que selecciona, de una manera sesgada y políticamente motivada, las versiones que hay que avalar. Y, también, las víctimas a las que hay que proteger o a quiénes denunciar.

Vinculado con esto, también mostró otra cuestión: la fuerza de la tradición victimista. Esta idea de que somos siempre víctimas. Por su propia condición, las víctimas tienden a no ser razonables. Entonces, ponerlas en el altar nos volvió una sociedad muy poco moderada, muy poco negociadora. Si uno tiene víctimas, del otro lado, hay victimarios y, en el medio, nada. A unas se las reivindica y a los otros, se los persigue. Esa situación bloquea cualquier posibilidad de negociación, de convivencia. De reglas comunes. De grises. El victimismo, en este caso, funcionó de una manera espectacular. Un desaparecido es, por definición, la máxima condición de víctima que tenemos en nuestra historia. Eso hizo que la generalización que tuvo el tema, que fue transversal, no ideológica, atravesara la grieta.

¿Habría tenido la misma repercusión de no haber coincidido con un proceso electoral? ¿En especial, con uno como el que hubo este año?

Muy probablemente, no. Pasaron dos cosas curiosas. Una es que la campaña potenció pero, al mismo tiempo, en términos electorales, el caso influyó muy poco. El activismo logró su cometido, motivado, básicamente, en el contexto de esta campaña electoral. Maldonado entró en el momento justo: cuando arrancó la campaña de las PASO y después, hasta el 17 de octubre, cuando apareció el cuerpo. Eso, sin duda, le dio marco. El contexto electoral le dio mucho combustible. Pero, al mismo tiempo, también habla de la distancia entre el activismo, lo que hay en escena, y lo que pasa en la masa poco politizada. En términos electorales, realmente, hubo muy poca incidencia. Si el cuerpo no aparecía o lo hacía con algunas señales de violencia, habría habido más impacto. O si el kirchnerismo no hubiera sido tan fanático en apropiarse del caso, del modo totalmente alevoso en el que se manipuló.

¿En qué se equivocó el Gobierno en el manejo del caso?

Durante todo 2017, hubo una serie de episodios por los que el Gobierno empezó a ser señalado por negacionista, como que escalaba en su postura pro-Proceso: el intento por correr el 24 de marzo, el 2x1, la discusión sobre los 30.000 desaparecidos… Eso, previo, marcó una trayectoria que los organismos de derechos humanos y la oposición kirchnerista le dio un tono del estilo “si la dejamos, esta gente repetirá la represión”. Maldonado es la frutilla de eso. Esa es la primera falencia del Gobierno: no haber previsto que esto traía problemas y que lo ponía en una situación de vulnerabilidad.

Hay otro aspecto, vinculado con esto aunque es un problema más amplio: cómo enfrenta el Gobierno las crisis. ¿Hay un dispositivo capaz de controlar el riesgo político y prevenir problemas o atajarlos cuando están estallando? El Caso Maldonado ilustra bien que no: eso no existe. Hay un control institucional. Pero tiene poca capacidad de previsión política. Entonces, a veces, las cosas escalan y el Gobierno reacciona tarde. Hay un dato muy gracioso. Cuando empezó el problema, Patricia Bullrich llamó a la Jefatura de Gabinete. Le dijo que esto iba a ser serio. Le contestaron: “Bueno, nos vemos en dos o tres días”. “¿Cómo en dos o tres días?”, respondió ella, “Me voy ya para la Casa Rosada”. Revela un poco este tipo de problemas, de evaluación de la gravedad de ciertas cuestiones que, por ahí, no son del core de la gestión pero que podrían irrumpir y se vuelven medulares.

¿Desnudó, además, fisuras internas en la gestión de esas crisis?

Sí. No hay un control político muy eficiente. Si uno junta a (Germán) Garavano con Bullrich, son agua y aceite. Juntos no te dan una fórmula superadora, sino dos personas que no se llevan de acuerdo. Que dirán cosas diferentes y cada una irá para su lado. Algo que se repitió en el caso de Rafael Nahuel. Dieron una conferencia conjunta, en la que parece que están de acuerdo, y ese acuerdo dura cinco minutos, hasta que Garavano habla de “supuesto enfrentamiento”, como si fuera más un juez que un funcionario del Gobierno, que es el que debería saber qué pasó.

¿Para el libro recurrió a información pública o accedió a otras fuentes?

Tuve entrevistas con funcionarios, periodistas y gente de los derechos humanos. También, diálogos telefónicos con gente de allá.

¿Qué encontró en el contraste entre ese research y lo que se había publicado en los medios?

Otro de los errores del Gobierno: los problemas de comunicación fueron muy graves. El Gobierno no pudo aclarar que las hipótesis alternativas que había dando vueltas no eran algo a que él mismo estuviera difundiendo. Todo lo contrario: trataba de desactivarlas. En cambio, había una tendencia muy marca de los periodistas y de supuestos informantes que multiplicaban esas hipótesis. Esto le dio pasto a quienes decían que había una campaña de desinformación, de fake-news, para distraer.

Los problemas de comunicación tienen que ver con el modo en que la estrategia general de comunicación del Gobierno opera. Como éste no es un tema que, desde la Jefatura de Gabinete, se haya decidido encarar de determinada manera, entonces, se afronta según lo que cada quien puede hacer. Esto quedó claro cuando la mandaron a Bullrich al Senado, a dar explicaciones, sin cobertura alguna. Fue a decir lo que ella creía que tenía que decir.

¿Eso es por inexperiencia política del Gobierno? ¿O por su propensión a reinventar permanentemente la rueda?

Probablemente, más lo segundo que lo primero. No es un problema de falta de experiencia. De hecho, hicieron un aprendizaje, en el que tomaron por válidas y exitosas cosas que no son tan exitosas y válidas. Finalmente, algunas cosas que le salieron bien terminaron siendo vías para equivocarse. En parte, porque una cosa es enfrentar situaciones en las que sólo tenés un interlocutor enfrente que, además, se equivoca mucho -por ejemplo, Cristina Kirchner-, que te la hace fácil y otra, cuando hay actores tan dispersos y complejos, como los organismos de derechos humanos, los organismos internacionales, jueces, fiscales, los gobernadores patagónicos, periodistas, la RAM… Esto se agrava cuando, encima, hay gente muy entrenada: hace 40 años que los organismos de derechos humanos están en esto.

¿Terminaron rifando prestigio los organismos de DD.HH.?

Sí. Han quedado muy golpeados. Por eso, frente al episodio de Mascardi, ocuparon un lugar mucho más cauto. Fueron mucho más moderados. También influye que no estemos en elecciones, que el kirchnerismo se está desarmando. Pero recibieron el golpe. Ojalá, ahí, haya algún tipo de aprendizaje. Hasta ahora, no se ve. Pero los organismos vinieron perdiendo prestigio hace mucho. Fue la gota que rebalsó el vaso. A mucha gente, la terminó hartando. Existe una legitimidad ampliamente compartida. Pero sí perdieron voz pública. No sólo Madres o Abuelas. Ahora, también, el CELS, la APDH… Entidades que tenían prestigio interno y externo.

¿Fue un acierto que Macri haya estado tan distante del caso? ¿Debería haberse involucrado más?

Podría haber tenido un discurso mucho más jugado. De vuelta: me parece que repite esta cuestión de por qué el Gobierno no tuvo, al principio, una postura más activa en el tema Derechos Humanos. Tenían miedo de que, cada vez que se metieran en el asunto, recibieran palos. La familia, por ejemplo, se alineó muy rápido con la sospecha de que había sido culpa de Gendarmería. No creería nada que le dijera el Gobierno. Insisto: creo que influyó ese temor al terreno desconocido, no controlado, que caracteriza a esta administración.

También se vio eso en el manejo de crisis del submarino San Juan.

Hay muchos temas que no manejan (risas).

Por ejemplo, el día que se confirmó que hubo un evento consistente con una explosión, Macri debería haber hablado. Como gesto político, nomás.

Sí, aunque no tuviera la información suficiente. Pero, igual, tenía que hablar. Creo que en el Gobierno hay un temor a lo desconocido que es excesivo. Termina siendo auto-inculpatorio y agrava las cosas. Y tiene que ver con este asunto de manejar una agenda limitada, de hablar sólo de las cosas que le interesan al propio Gobierno y no al Círculo Rojo. A veces, hacen bien. Pero, otras, meten la pata. No es algo malo. El problema es que no se puede aplicar siempre la misma receta. No todo es igual. Entonces, como no tiene un control de los procesos de crisis, no calcula riesgo… Bueno, tiene este problema. No se da cuenta cuando algo se convirtió en una crisis política. El submarino es un buen ejemplo.

Cuando en 10 ó 20 años se analice el Caso Maldonado, ¿qué significará para el gobierno de Macri?

Eso dependerá más de lo que pase ahora que de lo que pasó hasta acá. Sin duda, para el Gobierno, fue una demostración de que tiene que defender sus principios básicos: las fuerzas de seguridad son un instrumento del Estado, no delincuentes, y hay que usarlas. Eso que se llama “represión” es parte de las tareas obligatorias del Estado. El Gobierno está dando una batalla cultural que va camino a eso. Ahora, esto siguió. Y con Rafael Nahuel. Hay un problema más grave: tienen un cadáver con un tiro y nunca encontrarán evidencia de que hubo un tiroteo ahí arriba. Entonces, el gran problema es cómo sigue esta historia. ¿El Gobierno hará, de todos modos, una defensa de las fuerzas de seguridad o encontrará algún equilibrio? ‘Tendrá mucho más control político de las fuerzas? Hasta ahora, mucho no tienen. Lo mostraron de vuelta. ¿A quién se le ocurrió mandar a prefectos con ametralladoras a buscar a 15 locos que, sabían, los iban a llenar de piedrazos? Hay un montón de cosas que están, todavía, como interrogantes.

En este tema, también, influirá cómo siga el conflicto mapuche, que va a ser de mucha duración, de años. En parte, porque la situación en la zona es cada vez más tensa. Chile endureció su postura y los grupos de ahí migrarán a la Argentina. Esto es inevitable. El Gobierno no parece estar aprendiendo de los errores, encarando las cosas con más seriedad.

¿El poco impacto electoral del Caso Maldonado aumentó la posibilidad de que el Gobierno sacara conclusiones equivocadas del episodio?

Sí, claro. Fue lo que pasó después del 22 de octubre. Por eso, se desayunaron con lo de Mascardi. ¿Cómo no lo previeron? ¿Qué pensaron? ¿Que el asunto se había terminado?

Comentarios6
Jorge FernƒÂ¡ndez
Jorge FernƒÂ¡ndez 30/12/2017 06:40:33

tampoco

Juan Carlos DEl­a
Juan Carlos DEl­a 29/12/2017 11:48:03

¿No tiene tiempo para decir una boludez mas grande?

"Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante" (Ryszard Kapuściński - periodista, historiador, escritor, ensayista y poeta.)

Norberto Battilana
Norberto Battilana 29/12/2017 07:51:45

El gobierno no se equivoco, y mucho menos la ministra de seguridad, quien confio en lo que le dejaron como fuerzas de seguridad, y consiguió que aflorara la verdad.

Horacio Esteves Montoli
Horacio Esteves Montoli 28/12/2017 11:04:28

Con el diario del lunes los resultados son fáciles.

Emilio Gaviria
Emilio Gaviria 27/12/2017 08:34:05

"En nuestra vida pública, no es la verdad lo que interesa", así como tampoco que roben mientras tiren algunos pesos populistas.