Navegando a conciencia

"La tecnología existe: que esté en nuestras manos y la hagamos nuestra aliada, en cierta medida, depende de nosotros", postula la autora, quien advierte sobre el uso adictivo de estas herramientas en la actualidad.

Navegando a conciencia

¿Vamos a esperar que los smartphones tengan por ley una leyenda como la de los cigarrillos? ¿Esperaremos largos y sesudos estudios que digan, por ejemplo, "su uso excesivo es perjudicial para la salud psicofísica"?

Estoy desayunando en un hotel frente al mar en una hermosa playa. En una mesa, una niña de aproximadamente tres años repite: "mamá, papá, mamá, papá", como si quisiera contarles o mostrarles algo del paisaje…  Los padres están, cada uno, abstraídos en su celular. Pacientemente sigue llamándolos hasta que nota que todos los sentidos de los padres están atrapados en sendos dispositivos. Parece resignarse, deja de insistir y mira hacia el mar bebiendo su chocolatada.

En otra mesa una pareja con dos hijos (aparentan cinco y siete años) cada uno con su tablet. Uno parece jugar, el otro con auriculares mira algún programa. Dos mesas, dos familias que no socializan.

Luego recuerdo el comentario de una experimentada maestra de sexto grado: "Cada año que pasa noto cómo a los chicos les va costando más vincularse entre sí". Recuerdo también a un especialista en neurociencias hablando de los cambios que la tecnología podría ocasionar en el cerebro. Se mezclan mis pensamientos, todos me conducen a un alerta.

Todos lo notamos. Algo está cambiando rápidamente. Claro que los cambios se necesitan. El tema sería acompañarlos a conciencia para beneficiarnos de ellos como humanidad. Me inquieta que nos estemos dejando "atrapar". Por ejemplo, el tema de la publicidad. Siempre la hubo y la entendimos como una herramienta funcional al sistema democrático y capitalista: las empresas de todo tipo, los medios de comunicación, los políticos y hasta los centros educativos, se hacen conocer y/o se sostienen mediante la publicidad. Hasta ahora, la segmentación publicitaria era la panacea del marketing: conseguir llegar al verdaderamente interesado. Resulta que, entre las redes sociales y Google, lo han logrado. Al punto de "etiquetarnos". Si consulto sobre yoga, todo lo que recibiré en mi pantalla tendrá que ver con el yoga. Si consulto sobre comida naturista, me bombardearán con el tema. Si consulto sobre hacking, mi universo virtual se circunscribirá a ese mundo. Lo mismo que si pertenezco o simpatizo con un sector político. Al estar inmersos cada vez más tiempo en la virtualidad, nuestro mundo e intereses se van achicando inducidos por el sistema. Se nos dificulta ampliar nuestra mirada, empaparnos de la diversidad de ideas y opciones. Lo que recibimos es cada vez más limitado a lo que una vez buscamos e hizo que Google nos encasillara. Se trata de una gran paradoja: un gran cambio en la manera de comunicarnos y de obtener información fomenta un enquistamiento en nuestras propias ideas, alejándonos de la posibilidad de cambio en nosotros mismos.

Nos pasa y le está pasando a nuestros hijos cuando navegan por "aguas abiertas" que, en realidad, son estrechos canales inducidos por la propia búsqueda. En el extremo vemos niños encerrados en su habitación frente a la pantalla dejándose llevar por lo que Internet entiende que les interesa. Lo cual se convierte en un círculo vicioso: algo nos interesa, Internet lo "pesca" y nos ofrece sólo eso. Y ahí quedamos encerrados.

Para reflexionar. Lo que acompaña a nivel mundial a esta ola imparable de hiperconexión es la alta tasa de sedentarismo y obesidad, la depresión como epidemia declarada por la OMS, la sensación de soledad en un mundo superpoblado –se ha creado en el Reino Unido el Ministerio de la Soledad, que amerita otra columna-. Está en discusión cómo influye la tecnología en estas cuestiones sociales y en las sinapsis y redes cerebrales. Podrá estarlo durante muchos años. Así como lo estuvo el efecto del tabaco: hubo que comprobarlo científicamente.

También está en discusión si la intuición es más eficaz en ciertos casos frente a exhaustivos estudios a la hora de tomar una decisión. Y todos intuimos que algo está pasando. Que hay algo adictivo en la manera que utilizamos la tecnología. Que a pesar de comprender poco aún los sistemas cerebrales que regulan las emociones, la toma de decisiones y la memoria, algo muy potente, con ventajas e infinitas posibilidades está cambiando el mundo y probablemente nuestro cerebro. La propuesta es: no nos dejemos arrastrar. Seamos concientes y elijamos cómo utilizarlo. Usémoslo sin dejarnos usar. Cuidémonos y cuidemos a nuestros hijos. Nadie conoce los efectos a largo plazo. La tecnología existe: que esté en nuestras manos y la hagamos nuestra aliada, en cierta medida, depende de nosotros.