Luis Ureta: "Cristina tardó 6 meses en aceptarme la renuncia como embajador"

En su última entrevista como presidente de PSA Peugeot Citroën Argentina y de Adefa, el ejecutivo revela los sinsabores de su breve gestión como funcionario de CFK, a quien define como "rara". Y confiesa que "muchos de los acuerdos que conseguimos fueron cacheteados en la ventanilla del Gobierno". 

El 25 de junio, se cumplieron 20 años del anuncio de la vuelta de Peugeot a la Argentina. Con la compra, en u$s 35 millones, del 15 por ciento de Sevel, su licenciataria en el país, también migró a El Palomar –como, popularmente, se identifica al coloso industrial de Villa Bosch– un ejecutivo argentino que había estudiado en París y que venía de estar al volante de la automotriz francesa en España. Poco se sabía de él. Apenas, que era amigo personal de la familia Peugeot –en ese entonces, todavía, regente en la casa de Sochaux– y que era portador de apellidos patricios que, para algunos, remitía a oligarquía terrateniente y, a muchos, denotaba la presencia de dos presidentes de la República –bisnieto de uno; sobrino nieto del otro– en su abolengo.

“Un caudillo”, supo definir a Luis Ureta Sáenz Peña (73 años, cumplidos en marzo) un colaborador cercano. Sin embargo, pese a sus casi dos décadas de regencia en el hoy Grupo PSA Argentina (fabricante de las marcas Peugeot, Citroën y DS), hubo una experiencia, conocida pero de la que él pocas veces habló demasiado: el intervalo de poco más de tres años en el que ocupó la embajada argentina en París.

“Una vida diferente. No a lo que uno estaba acostumbrado. En el mundo privado, uno está habituado a trabajar mucho en equipo, tomar una decisión y ejecutarla. La vida diplomática es más lenta. Mucho más lenta. Pero tiene lo interesante, también, de que uno conoce cosas nuevas”, reflexiona.

Es una soleada mañana de invierno y Ureta -como lo llaman todos en la industria automotriz- luce impecable. Viste traje gris, camisa celeste y corbata azul, con estribos de equitación como vivos. El polo es uno de sus hobbies –el otro, el golf– y esta pasión hípica se revela, de nuevo, en sus puños: sus gemelos plateados, también, son estribos. Nunca se caracterizó por su labia, de voz grave y pausada, con vocales prolongadas hasta el suspenso (consecuencia, explican allegados, de modismos adquiridos del francés). Sin embargo, está de buen humor, sonriente y distendido. Cada tanto, se acomoda el jopo, mascarón de proa de una cabellera abundante, de impecable oscuridad en la que, no obstante, se filtra alguna cana irreverente.

Ureta fue embajador tres años. Asumió en diciembre de 2007, designado por Cristina Elisabet Fernández. Destino difícil, dado la hostilidad manifiesta –y, en ese entonces, todavía fresca– que el gobierno de Néstor Kirchner había tenido contra el capital francés. “Había una cierta reticencia. Pero se fue tranquilizando después”, minimiza él, encomendado en recomponer el vínculo.

“En todo lo que era el trato gubernamental, existía ese problema. Pero, también, había un problema de financiación: era caro”, apunta. Sin embargo, destaca que centró su tarea en otro objetivo. “Nos propusimos ser diplomáticos activos y empresarios. Recorrimos casi todas las regiones más productivas o especializadas de Francia”, cuenta. En tal sentido, salió a promover el país a la caza de inversiones directas, acuerdos comerciales y joint ventures, particularmente, entre compañías medianas y chicas, el segundo anillo industrial del empresariado galo. Caminos, en muchos casos, que debió abrir él, dado que fueron terrenos inhóspitos para muchos de sus antecesores y, también, sucesores en el 6 de la Rue Cimarose, sede de la embajada.

Mucha suela gastada y, también, aprendizaje. “Una experiencia lindísima. Hablamos mano a mano con los distintos industriales, las cámaras, sobre todo: la parte tecnológica, la comercial, la arancelaria… Más business que otra cosa”, resume. “Muchos vinieron”, agrega, acerca de los resultados de su gestión. “Pero los cachetearon en la ventanilla del Gobierno”, lamenta. “Otros, se fueron echando atrás con la crisis de 2008”, agrega.

¿Cómo era la relación con la Presidenta? Al principio, buena. Después, no la hubo. No había respuesta ante nuestras propuestas y requerimientos. Y decidí, en la mitad del mandato, irme. Me encanta París. Viví ahí y, si tuviera que mudarme a alguna otra parte, seguramente, es uno de los lugares que elegiría. Pero no tenía sentido que siguiera. Sin embargo, después, cuando volví, fue muy simpática. Aunque tardó seis meses en aceptarme la renuncia

Ureta envió a Cancillería la carta con su dimisión a fines de junio de 2009, 10 días después de la renuncia de Jorge Taiana. “Con él, la relación fue buena. No hubo concreción. Pero sé que no por culpa de él”, aclara. También, que tampoco tenía algo contra su reemplazante, Héctor Timerman. “La decisión ya estaba tomada”, subraya. “Como experiencia, rescato que hay que hay que ser muy proactivo. Y saber un poco de qué se habla; los negocios se hacen de esa manera”, agrega.

Valora otros aspectos. Las relaciones institucionales, el trato con la Administración francesa (“Me sorprendió su calidad”), la vida social, la tarea más política y de lobby (bien entendido)… “Una vez, me tocó hablar en el Senado… ¡Tenía un julepe! ¡Uf! Estaban todos ahí, en el recinto… Y lo primero que dije fue que pedía disculpas, porque Moliere se iba a levantar de la tumba cuando escuchara mi francés. Se rieron y aplaudían… Como país, tuvimos mucho apoyo de los legisladores franceses”, recuerda.

Por eso, dice, sigue sin entender la falta de feedback que había en la Casa Rosada. “Era una cosa muy rara… Ella era muy rara…”, sugiere. Refiere cierta visita (no oficial) en la que le ofreció a Cristina la residencia pero la Presidenta prefirió hospedarse –y recluirse– en un hotel, con su delegación de, por lo menos, una quincena de funcionarios y asistentes. “Además, no es que sea necesario hablarlos a la perfección. Pero sí cierta comprensión de los idiomas es importante en el trato”, desliza.

Pocos días después de este diálogo, Ureta viajó a Europa. Presidente de la Asociación de Fábricas de Automotores (Adefa) por tercera vez –las anteriores, en 1999/2000 y en 2001/2–, no estuvo presente durante el Salón Internacional del Automóvil de Buenos Aires, la fiesta bianual del sector. Había un por qué. Pegó un volantazo personal. A partir del 6 de julio habrá dejado –después de cuatro décadas de trayectoria– al Grupo PSA. Fue, la entrevista, el último rugido del Rey León.

Comentarios0
No hay comentarios. Se el primero en comentar