Luis Ortega:

Luis Ortega: "No todo el mundo está en control"

A 16 años de su ópera prima, y tras el éxito televisivo de Historia de un clan, basada en los crímenes de la familia Puccio, Luis Ortega vuelve a indagar en el prontuario argentino para su debut en el circuito mainstream con El ángel que estrena hoy, inspirada en la vida de Carlos Robledo Puch.

En un lapso de apenas 9 meses –entre mayo de 1971 y febrero de 1972–, un adolescente estuvo involucrado en 10 homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, 17 robos, una violación, una tentativa de violación, un abuso deshonesto, dos raptos y dos hurtos, al menos. Era de altura y peso promedio, no tenía orejas en asa ni pómulos protuberantes, prognatismo o cualquier otra de las anomalías físicas de las que se hubiera valido Lombroso (o, de hecho, cualquiera que pensara como él) para acusarlo. En cambio, con sus rulos rubios y sus ojos celestes, este ‘chico bien’ de zona norte personificaba la quintaesencia de la clase media argentina.

Con su corta edad, su rostro armónico y aniñado, era portador de una belleza andrógina que le ganó –entre otras formas más brutales a las que echó mano la crónica de la época, buscando semblantearlo y generar impacto en dosis iguales–, el apodo de ‘El unisex’. La primera vez que el perito Osvaldo Raffo –quien para ese momento ya acumulaba 17 años de experiencia como médico legista en la Policía de la provincia de Buenos Aires– lo vio, no pudo evitar que se le cruzara por la mente la cara de Marilyn Monroe. Su rostro contrastaba con sus acciones.  Él sabía que “sus tendencias” eran contrarias a “lo establecido ‘como mejor’”, según describió Raffo en su pericia, un intento infructuoso de 25 entrevistas, con una duración promedio de 5 horas a lo largo de dos meses, donde el perito buscó “doblegar” a su contrincante  para que revelara la lógica de sus crímenes.

Ese chico al que le gustaba andar en moto, los bailes y salir de noche; que estudió piano 7 años hasta que lo detuvieron el 3 de febrero de 1972; que vive hace 46 años en una celda de 6 metros cuadrados; que tuvo un recreo durante una fuga en 1973, la última vez que pudo aferrarse, por unas brevísimas 68 horas, a la libertad; ese chico que ya era leyenda en los archivos de la criminología argentina, ahora se convirtió en película.

“La imagen de este niño rubio –Luis Ortega agita inconscientemente sus manos abiertas en el aire mientras recuerda los rulos de Carlos Eduardo Robledo Puch, personaje en el que se inspiró para su último filme, El ángel–  con tanta cara de nene, de nena… Que su imagen se contrapusiera tanto con lo que después finalmente terminó haciendo, que la vida sea tan compleja en un solo personaje, lo vuelve digno de una película”, apunta el menor de los varones del clan Ortega. “Que este pibe haya podido matar a toda la gente que mató, a sus amigos, e irse a dormir a la noche tranquilo, es suficientemente impactante. Todos nacemos con un bagaje muy difícil de resolver. Y por qué no pensar que muchos pacientes psiquiátricos o gente que ha hecho cosas terribles también, de alguna manera, son rehenes de sus decisiones, de sus impulsos. No todo el mundo está en control. Creo que a la gente que está en control, o aparentemente está sana, le atrae mucho ver a quienes corren esos riesgos”.

Hace un año, cuando la película todavía no había salido del storyboard, Ortega admitía que le había encontrado “el gustito” al mundo delincuencial. Ahora, levanta la mirada y se pierde en el bar de Espacio Callejón, después agacha la cabeza para retomar la conversación, se va mentalmente en pequeñas maniobras de evasión, pero sus modales le indican que tiene que volver y contestar: “Me parece que, para el drama, el género delincuencial es muy generoso… Por ejemplo –se frena un instante y tantea: acelera las palabras mientras deja relucir una sonrisa lúdica y empieza a reírse de lo que piensa antes de decirlo–, si ahora te agredo de alguna manera y altero la escena, o saco un revólver y lo apoyo acá, sería muy rico para la cámara”, provoca.

Es reincidente. Tras un primer paso por la televisión con Historia de un clan –serie que retrató la saga de secuestros y asesinatos de los Puccio y su pater familias, Arquímedes, con epicentro en una casona de San Isidro entre 1982 y 1985–, Ortega repite fórmula ganadora junto a su hermano y productor, Sebastián, esta vez en el cine. “En el caso de El ángel, como el protagonista es un niño, es más peligroso. Los chicos viven -iba a decir ‘vivimos’- en un mundo más abstracto, más desde la fantasía y las ideas. Entonces, un chico con una disociación entre la realidad y la fantasía por ahí puede hacer cosas muy complejas, que no tienen vuelta atrás. Porque quizás no están hechas con maldad o con saña sino, justamente, con una liviandad que preocupa más que alguien que es consciente de que está haciendo algo malo. Cuando sos chico y nada es tan real, todo parece estar permitido”.

Las fronteras entre la ficción y la realidad a veces se definen en territorio desconocido: contar cuánto hay de la vida real de Robledo Puch y cuánto de la historia personal del director sería como si un mago revelara sus propios trucos. Sin embargo, algunas huellas quedan: “Cuando era chico me encontré con un amigo colombiano en la escuela que era muy particular, y la madre nos llevaba a meternos en casas de millonarios que estaban de viaje. Teníamos 10 u 11 años y nunca matamos a nadie –aclara, por las dudas–. Ella tenía una relación muy sensual con nosotros, y eso me sirvió mucho de inspiración para mostrar cómo el personaje de Mercedes Morán se relaciona con Carlitos, el amigo de su hijo, que es muy atractivo y tiene algo erótico muy concreto. Esta mujer grande se siente irresistiblemente atraída por esta persona y casi que se humilla por una belleza que ya está fuera de su alcance”.

Tal vez la mayor concesión del Carlitos de Luis Ortega a Robledo Puch sea, precisamente, esa belleza ambigua y pueril, y una sonrisa cuyo cinismo trasciende la cámara. De hecho, en una  película de varias primeras veces –la primera inmersión de Ortega en una producción a gran escala, la primera vez que llega a Cannes con una película y la primera película de la factoría Underground–, también es el debut como actor, y con un protagónico, de Lorenzo Ferro.

“Cuando lo vi a Toto, hace dos años, él era mucho más chico y  tenía el pelo cortito. Yo sabía que era algo que íbamos a tener que construir, digamos. Pero algo me decía que era él, que había que trabajar duro y demostrar que era él. Estuvimos un año en ese trabajo de preparar a alguien para tremenda tarea. Nunca me imaginé que nos iba a salir tan bien”, cuenta aliviado. ‘Construir’ a Carlitos llevó un año –los últimos 6 meses fueron de un trabajo intensivo diario–  y la película se filmó en 8 semanas. “Lo empezamos a entrenar y Toto demostró mucho carácter y mucho coraje para afrontar todo lo que afrontó. Cuando estábamos solos en mi casa y lo hacía hacer una escena, o bailar una hora como una mujer, desprejuiciado, como después bailó en la película… Ni siquiera tenía la edad que tiene ahora, tenía 16 ó 17. En un momento me di cuenta que iba a ser un tema de relación, de confianza. O sea, que iba a ser una relación de amor y de confianza entre él y yo, de empujarlo a saltar al vacío sabiendo que yo estaba ahí para él y que no lo iba a mandar al muere. En esos meses tuvo que hacer una transformación casi imposible de imaginar en alguien tan chico. Una decisión también de encarar la vida de otra manera, con más determinación, asumiendo si realmente quería ocupar ese lugar, que era un desafío muy grande para cualquiera”.

En ese momento, Ferro calificaba más como un proyecto o un riesgo que como un actor. ¿Por qué saltar al vacío, entonces, cuando la ortodoxia, sobre todo económica, dictaba que era más fácil optar por “los 2 ó 3 actores que se contratan siempre”? Según Ortega, “uno de los elementos más potentes del cine es el misterio. Si siempre ves a las mismas caras, ir al cine se convierte en un hecho menor: ‘Vamos a ver la película de Fulanito o Menganito que se puso o se sacó el bigote, o se dejó la barba’; entonces, el cine queda en un segundo plano. Acá la idea era que la potencia de una aventura cinematográfica, con todo su misterio, estuviera en primer plano. Y para eso era necesaria una figura que vos no sepas quién es, que estés intrigado por seguir viéndolo”.

Este actor ad-hoc es la coartada de Ortega para traicionar lugares comunes y abordar, como en un oxímoron, los temas complejos de la vida a través de la muerte: “Hay muchas cosas para contar dentro de una historia: que la vida vale la pena vivirla, que hay algo maravilloso moviendo todo, que el amor es real, que la muerte es real, que todo es una anécdota, casi. Cuál es el valor realmente de estar vivo, hasta qué punto considero al otro y, sobre todo, el arco de desilusión que hace el personaje, de un poco estar bailando solo, casi robando pero como por las suyas, a conocer a su amigo, enamorarse de él, de su familia, y después que toda esa gente le demuestre que en realidad sólo querían plata y sacarle algo. Que no estaban por lo mismo que él –que hizo lo que hizo porque la vida vale la pena vivirla–, sino que estaban por la guita. Si bien el caso es terrible, intenta comunicar un montón de cosas que son positivas”.

¿Por qué decidiste no filmar una “historia morbosa” sobre uno de los asesinos más crueles del país?

Mi decisión parte de no darle el gusto a la gente que quiere ver más violencia. Entiendo la necesidad que tiene el público de ver algo terrible: mientras más sangriento y más perverso, mejor. Porque así, dicen: “Mirá, ese es el malo y yo soy el bueno”. Entonces, de alguna manera, lo que quisimos evitar es el camino fácil y adentrarnos en un asunto mucho más complejo que ir al cine para ver algo atroz y sentir que la vida es una porquería. No, me niego a eso. Agarramos un caso muy atractivo, muy polémico y muy vigente hasta el día de hoy para mostrar muchas cosas. No para mostrar cuán mala es la humanidad o qué tan mala puede ser una persona. Para eso está el noticiero, YouTube, e infinidades de medios donde no vas a pagar $ 200 para ir a ver una violación, una cosa horrible. O sí... Pero bueno, por ahí hay otros directores para esos gustos.

¿Cuál fue el criterio para definir qué hechos de la vida real quedaron o no en la película?

Es muy difícil volver a algo que pasó hace 50 años, donde lo único que se sabe es por boca de Robledo. Entonces, tomé muy con pinzas lo que es la realidad. Y nos empeñamos fuertemente en provocar un hecho cinematográfico, algo que llegara más allá de los detalles de la vida real, que también son muy dudosos. El cine, en el mejor de los casos, ocupa un lugar un poco más noble, porque no intenta emitir juicios sino mostrar lo inexplicable de algunos sucesos que involucran todos los sentimientos de la vida, y cosas como la belleza, el amor o el padecimiento. Siempre hay un personaje, un hecho particular de la vida real que te inspira, o tu relación con alguien. Esto no es muy distinto. Como la imagen que a mí me produjo Robledo Puch: con eso hice una película inspirada en todo este asunto tan ambiguo, tan delicado, tan complejo para una época durante la cual se creía que los asesinos eran los feos. La teoría lombrosiana funciona hasta el día de hoy: la gente no reacciona igual ante una cara que ante otra, porque hay una idea de que alguien capaz de hacer el mal tiene un determinado color de piel o determinadas características físicas. Es una ignorancia muy profunda pero que sigue funcionando. Este pibito que parecía (Arthur) Rimbaud, como una especie de poeta de la nouvelle vague, que cualquier madre lo hubiese querido tener como hijo, de repente es alguien que mató a muchas personas... De vuelta: son todas cosas muy ricas para escribir dramáticamente, y no necesariamente tienen un compromiso con lo que haya pasado en algún momento sino que hay una responsabilidad más grande.

Se sabe que Puch siempre tuvo la fantasía de hacer una película biográfica...

Cuando te metes con alguien que está vivo, no es tan sencillo. De alguna manera su voluntad de que se hiciera una película estaba, así que supongo que eso tuvo que ver también. Creo que su manera de confesarle al policía lo que hizo fue su manera de escribir el guión. Tampoco estoy seguro de que sea cierto, pero su narración oral fue muy redonda. Nos basamos en su primera confesión, porque él después niega todo. Creo que habrán sido estrategias para defenderse en determinado momento. No sé, no lo conozco: debe ser una persona compleja. Y, sobre todo, por llevar  50 años encerrado. Tiene una fuga de la cárcel a una edad muy joven: un episodio extraño, casi como si lo hubieran dejado ir, porque era muy difícil escaparse de ese penal y de esa manera. Por eso, todos los que son hechos supuestamente reales los tomo con pinzas.

En esta película se da la particularidad de que el criminal en el que se inspiraron está vivo. ¿Tuvieron algún feedback de Puch?

No tuve ningún contacto con Robledo Puch. Y Rodolfo Palacios (NdR: Autor de El ángel negro, la feroz vida de Carlos Robledo Puch, de Penguin Random House) tampoco volvió a tener contacto desde que escribió el libro. Lo intentamos en un momento, pero no se dio. Y quizás fue mejor, porque tal vez nos habría limitado mucho. Aparte, ya no es la misma persona.

¿Cómo fueron esos intentos?

Algún interno que lo contactó, que le hizo saber que lo quería conocer de diversas maneras. Pero no prosperaron.

Carlitos es un personaje que ve al mundo como una gran puesta en escena. Y descree de todo. ¿Compartís esa mirada sobre la sociedad?

Sí, por supuesto. Siempre, cuando uno hace una película, de alguna manera se sitúa en un punto de vista. Y el punto de vista acá es el personaje de Carlitos. Entonces, él concretamente  no cree que la vida sea real, tiene un problema de disociación, propio de alguien que puede cometer esos crímenes y pensar que no está haciendo daño. Eso es realmente peligroso. Ahora, el hecho de que él se sienta un personaje dentro de una película, tenga ese ego y se sienta tan especial, hace que sea tan estilizado. Ese ego es una característica de la juventud, esa idea de que uno no va a morir nunca, esa cosa pseudoheroica... En general, los personajes que se salen de estas reglas –y, a veces, no vuelven nunca más– son seres solitarios o sobre quienes el resto, de alguna manera, ha producido algún tipo de bullying. Casos como el de Nahir Galarza, el chico de Carmen de Patagones o el protagonista del libro Magentizado, de Carlos Busqued, que está basado en el caso real de un tipo que mató a cuatro taxistas en una semana y  no sabe por qué. Estas cosas tan inabordables con la lógica son las que entran en el terreno del cine, de la literatura, de la pintura. Sería una ilusión pensar que uno entendió por qué ocurren algunas cosas tan lejos del alcance.

De hecho, El ángel no intenta ofrecer ningún tipo de explicación sobre por qué Carlitos  mató a tantas personas.

Al ser el protagonista, le quise infundir algunos valores para que eso sí estuviera presente en la película. Y uno de ellos es que todos los demás están robando por la plata pero él está robando sólo por el hecho de vivir. Entonces, toda esta cosa vista como un parque de diversiones es un terreno muy peligroso. Y es lo que pasa muchas veces con los chicos que hacen estas cosas: no lo viven como lo podemos ver vos y yo. Es una estructura mental... No sé cuál sería el término clínico para este caso, y ya en este momento se me confunde mucho lo real con lo no real. Sin duda, el caso real encierra mayor sordidez que la película, que muestra 7 crímenes, no 11, pero no creo que nadie los extrañe. Es suficiente: son 7 cadenas perpetuas.

Por tu forma de acercarte artísticamente al mundo delincuencial terminás creando “delincuentes queribles” como Carlitos. ¿Te preocupa en qué pueda derivar ese mensaje?

El mensaje es muy positivo. O sea, si los ladrones dejaran de robar por la plata, como ocurre en la película, y sólo lo hicieran para sentirse vivos y dejaran todo ahí y no lastimaran a nadie, si tuvieran esa inocencia, si uno pudiera seguir bailando cuando está rodeado de muerte... Me gustaría que llegue ese mensaje. Puedo ir 10 horas a trabajar a un lugar, ser esclavo de todo lo que los demás quieren, vivir para pagar el alquiler, y mi vida es un desastre, pero hay algo ahí, dentro mío, donde puedo poner música y bailar. Creo que es lo más rescatable de la aventura humana: que hay un lugar donde no nos pueden tocar.

¿Por qué creés que este tipo de personajes  reales genera tanto impacto en la ficción?

En una sociedad tan macabra, estos personajes empiezan a aparecer como contrafiguras y llaman la atención porque, en general, todos están hartos de todo. Eso no necesariamente te lleva a cometer un crimen, pero la gente consume eso en los diarios y en Internet con una avidez terrible porque son muchos los impulsos reprimidos también. Impulsos no necesariamente de matar, sino de salir y caminar con tu femineidad como quieras, por ejemplo. Hay muchas represiones.

¿Te parece represiva la sociedad argentina?

Es difícil saber si algo está avanzando porque al mismo tiempo es como si se estuviera vaciando de su esencia. Quizás la conciencia y la corrección política, incluso con respecto a la libertad, es más amplia y es más evolucionada, pero no significa que en la práctica las cosas estén mejores, o que la gente realmente se sienta más libre.

¿La corrección política limita la libertad?

Y, sino no estaríamos como estamos... Si todo el mundo supiera vivir como las frases budistas que postean en Internet y demás, no haría falta ni decirlo. Es muy fácil decirle al otro lo que hay que hacer y hablar sobre la libertad. De ahí a ser libre, son dos cosas distintas. Entonces, creo que oralmente es todo más fácil que en los hechos... Ser buena persona, sobre todo.

En alguna oportunidad dijiste que siempre admiraste el mundo delincuencial, incluso desde chico. ¿Por qué te atrae tanto?

Creo que es bastante común que los chicos vean películas y se sientan identificados con el que se porta mal y no con el policía. Es algo que está en la genética humana, no sabría explicarlo... De chicos jugábamos a los ladrones y corríamos con pistolas –ahora ya no, porque los padres no los dejan– y eso no hacía que fuéramos asesinos. Creo que hoy la verdadera violencia está en Internet y en las redes sociales. Yo me mantengo en esta porque es la que puedo seguir desarrollando, es mi oficio, pero no creo que vaya a cambiar el mundo ni mucho menos. Aunque uno lo hace con esa carga romántica y visceral, en el fondo sabe que es todo un chiste.