Laura Novoa: “El teatro forma al pueblo pensante

Laura Novoa: “El teatro forma al pueblo pensante"

Más allá de sus éxitos en cine y en el prime time de la televisión, la actriz construyó una carrera en los escenarios oficiales, donde actualmente interpreta una obra que hace foco en los prejuicios de género.

"Hoy, cuando cruzaba la ciudad para venir, me preguntaba por qué me gusta tanto este teatro”, comparte Laura Novoa frente al espejo de su camarín, a unos pasos de la sala Martín Coronado. Está en uno de los tantos pasillos que tiene el Teatro San Martín, del Complejo Teatral Buenos Aires. Aquí estrenó, con apenas 19 años, Los chicos quieren entrar. Ahora, en el mismo lugar, protagoniza El casamiento, obra escrita por Witold Gombrowicz, adaptada y dirigida por el polaco Michal Znaniecki.

“Venir acá es volver a la casa de los padres, a los sueños. Es querer hacer las cosas bien, sentirme protegida en un entorno: me gusta cómo trabajan los técnicos, conozco a los zapateros, a la chica que recibe la facturación. Entro al teatro y, con quienes me cruzo, coincidieron con mi papá o conmigo”, cuenta. Desde la adolescencia, Novoa trabajó en el teatro y la televisión, y luego en el cine. Hija del también actor Pepe Novoa, Laura supo temprano que quería probar ese camino elegido por su padre. Y se preparó para transitarlo. Tomó clases para niños, después cursó en el Instituto Vocacional de Arte a la par de la escuela secundaria y fue parte de talleres y seminarios. A comienzos de año estrenó Las grietas de Jara, la película basada en el libro de su amiga Claudia Piñeiro. Ahora está enfocada por completo en este nuevo desafío sobre el escenario.

¿Sentías la necesidad de volver a trabajar en una sala pública?
Fue una conjunción de cosas. Trabajé acá hace mucho tiempo y me es muy querido por muchos motivos: desde la gente que trabaja hasta su significado como teatro oficial para mi ser político. Como actriz, busco transmitir y decir algo. La televisión es un medio que me encanta, es muy directa y fuerte, pero no siempre decís exactamente lo que querés. El teatro ayuda a investigar, a hacer una búsqueda interna que es generosa para mí y para el resto. Me resulta muy gratificante como actriz. En el teatro me arriesgo un montón. En televisión de alguna manera hago lo que creo que me va a salir bien. En cambio, en el teatro, ¡me doy cada piletazo!

¿Le reservás al teatro el lugar de aprendizaje?
Sí, es como ser un ebanista, un orfebre. Lo que pasa en una función en la que alguien te ve es casi como un tesoro submarino que lo encuentra quien justo buceaba. Es alucinante. Cuando me dicen que me vieron en una obra de hace años siento un vínculo con esa persona, como si fuera un viejo amigo. Por otro lado, el teatro oficial es un espacio no comercial que intenta llevar a las personas a un espacio de pensamiento, de incomodarte hasta el punto de que te levantes y te vayas. Y está bien que no te guste como que te encante. En el teatro oficial no sería válido hacer Sugar. Si la gente tiene ganas de pagar para divertirse, es buenísimo: de hecho, en la segunda mitad del año haré teatro comercial. Pero este es un espacio para irse pensando: es un desafío bancárselo un rato.

¿Cuáles deben ser los objetivos de la gestión de la cultura pública?
Creo que el Estado tiene que apoyar a la cultura, así como debe apoyar a las escuelas públicas. El teatro es parte de la formación del pueblo pensante. Puede ser banal si no hiciera referencia a la educación, la alimentación, la salud, el transporte, que son primeras necesidades. Después, si nos queda tiempo, ir a ver una obra. Pero creo que una cosa lleva a la otra, porque los espacios de pensamiento ayudan a cambiar. Cuando estoy acá siento que hago algo más que sólo ser actriz.

Siendo hija de un actor reconocido, ¿elegiste la carrera como un mandato o con libertad?
Fue un camino sinuoso. Yo no era linda, no tenía gracia ni una estructura física sexy. Nada de eso. La verdad es que estudié un montón desde que era chiquita. Al principio le decía a mi viejo que quería ser actriz y me decía que no, hasta que luego empecé los talleres y seguí en el instituto. A la distancia creo que ese fue un espacio muy importante porque me hizo ver que ser actor es quizás lo más visible del arte, pero hay un montón de facetas: músicos, escenógrafos, sastres, iluminadores. La fama no es nada. Es tan importante volver a decirlo… Hay que estudiar y laburar mucho: la vida sola te va a ir poniendo en el lugar que buscás.

Después del éxito de Poliladron decidiste correrte de la vorágine de la tele, ¿por qué?
Me fui de algo exitoso, de un boom televisivo. Todos decían: “Esta piba se llena de guita”. Me bajé sola de eso para venir al San Martín. Varios dijeron que estaba loca. Ahora no me bajé sola de ningún lado porque no estoy en ningún lado. La vida me volvió a poner en el mismo lugar que ansiaba con fuerza en la juventud... De alguna manera, eso es la madurez. Cada uno hace su destino. Y mi historia habla de mí.

Sin embargo, cada tanto volvés al prime time. ¿Es una elección o resignación?
Me gusta mirar la profesión como si los actores fuésemos enfermeros del alma. Tenemos el poder de regalarle al otro una risa, que pueda canalizar su tristeza o que se vaya un rato de viaje. Pensar la actuación así me ayuda a transitarla. Esto es como cuando te preguntan a qué hijo querés más... Tengo la gran suerte de nadar como un pez en las diferentes aguas de la actuación. En el fondo, lo que me gusta es contar. Así que me tomo vacaciones de algunas cosas de mi propio trabajo. Con cada proyecto cambia toda la rutina, que por un lado es bueno y por otro... ¡Es un quilombo! Me puedo subir al escenario, cantar y bailar ante 800 personas pero organizar los horarios, los hijos, la comida, el banco, la facturación, es la parte que se complica. Lo hago con mucho esfuerzo y agradecimiento, como todas las mujeres trabajadoras.

En El casamiento, Novoa interpreta a María, pareja de Enrique (que interpreta Luis Ziembrowski). “Trabajar con un director que viene desde lejos es muy interesante, te hace buscar en lugares que no son comunes. No me dice ‘ponele un poco de Poliladron y otro poco de Fanny la fan’, por ejemplo”, valora sobre la tarea junto a Znaniecki. Y reconoce que su personaje la desafía: “Es una chica de pueblo, sin formación, que se iba a casar. La violaron, la reventaron, no llegó a nada, la guerra destruyó todo. En María encuentro una mujer dentro de muchas, y muchas dentro de una”.

¿Cómo vinculás ese texto de ficción con el momento actual del feminismo?
Siendo feminista, creo que esta obra habla del rol femenino como víctima y del hombre con una visión moderna, maravillosa. El rol de la mujer es difícil en la sociedad. Asusta decir si sos feminista o no, como si fuera que estás diciendo algo tremendo. ¿Qué es ser feminista? Es mirar afectivamente al otro en su necesidad, tener sensibilidad con el que sufre, acompañar, mirar, estar. Soy feminista porque quiero a mis hijos, laburo, trato de ser mejor cada día, me uno con lo sensible. Creo que hay algo de la femineidad que necesita la sociedad. Eso no ha sido ultrajado sólo desde lo real sino desde lo fantasioso. Como ahora el tema explota, parece que ya es viejo. Durante muchos años hubo conceptos del estilo “sos tonta o boluda”, propiciados a veces por nosotras mismas como error, como producto de lo que el hombre quería. Por eso no hay que asustarse con este momento. 

 

Agenda

El casamiento. Luis Ziembrowski, Roberto Carnaghi y Nacho Gadano comparten la primera línea protagónica de El casamiento, obra de Witold Gombrowicz, escrita y publicada en Argentina hace 70 años, que subió a escena a mediados de marzo en la sala Martín Corando del Teatro San Martín.

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