MIÉRCOLES 29/01/2020
La vida de película del fotógrafo preferido de Mirtha y Susana

La vida de película del fotógrafo preferido de Mirtha y Susana

Gabriel Machado lleva 25 años como el fotógrafo de las celebridades. Historia de un emprendedor que reivindica tanto el valor del esfuerzo como la importancia de la buena suerte. 

“Todo hombre puede cambiar su estrella”, sostiene un refrán que suele acompañar la fuerza de voluntad de quienes quizás debieron atravesar dificultades  pero que, a base de talento y perseverancia, consiguieron redireccionar su destino, alcanzar el éxito y disfrutar de impensados privilegios sin olvidar sus orígenes. Bastante de todo eso ocurrió con Gabriel Machado, uno de los fotógrafos top de la Argentina.

'Chino' y Ricardo Darín.

Criado en La Tablada como hijo único, este leonino de 52 años –nació el 20 de agosto de 1966– fue educado por su madre, ama de casa y tejedora oficial del barrio, oficio con el que ayudaba a su esposo, empleado vitalicio del matadero municipal, a parar la olla. Criado en esa cultura del esfuerzo, Gabriel fue elegido abanderado en la Escuela Nº 8 República de Panamá. En la etapa del secundario, cursado en San Justo, descubrió que había una vida mucho más allá de La Tablada. En ese colegio conoció a buena parte de sus actuales  amigos, y tiempo después, ya en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ), se cruzó con José Cicala, su socio vitalicio quien, además de acompañarlo desde mediados de los ‘80, se encargó de presentarle a su prima Maricel. Tras el flechazo inicial, poco tardaron en casarse y ser padres de Nazareno y María Paz. Mientras transitaba ese camino personal, Gabriel intuyó que, junto con  José, tenían un futuro promisorio en la fotografía. Decidieron instalar un pequeño estudio en el Microcentro. El resto, es una historia de película.

Es conocido como el fotógrafo de las estrellas, pero sus orígenes son muy humildes. ¿Qué recuerda de esos tiempos?

Nací en Buenos Aires, pero crecí en un barrio muy humilde, de clase baja, de La Tablada. Mi papá, mi tío y los padres de mis compañeros de colegio, eran todos obreros. Recién cuando ingresé al secundario, en San Justo, tuve amigos con padres profesionales. Ahí vi que había otro mundo, donde la gente tenía auto, teléfono y viajaba a los Estados Unidos. Hasta los 12 años, mi vida había sido de una austeridad absoluta: en La Tablada nadie se iba de vacaciones, solamente se trabajaba. Fue una vida muy humilde. Mis papás tenían 32 y 34 años cuando nací. Les costó mucho tenerme. Mi mamá era ama de casa y tejía  para el barrio. Mi papá trabajó en el matadero municipal desde los 13 años hasta que se jubiló. 

Susana Giménez y John Travolta

En ese contexto, encontró su vocación artística de modo precoz. ¿Fue alentado por sus padres o intentaron que siguiera una carrera formal?

Me encantaba dibujar. Desde los 3 años hasta los 18, dibujaba y pintaba todo el tiempo. Siempre me gustaron el color, las formas. Todo el tiempo estaba mirando qué proyectaban las sombras de las ventanas. Cuando era muy chico, me acuerdo que jugaba en la escalera de mi abuela con el pan duro: le sacaba la miga, me la comía y miraba por el agujero, como si fuera un caleidoscopio. Por efecto del sol, veía imágenes anaranjadas y formas. Jugaba y después me comía el resto del pan.

¿Cómo incursionó en el mundo de la imagen?

Le sacaba fotos a todo el mundo, pero no sabía que iba a ser fotógrafo. Sacaba fotos en los cumpleaños de 15 de mis compañeras y, después, también hacía la versión en lápiz y hojas Canson Nº 6. Algunas madres de esas chicas todavía tienen los retratos en sus casas.  Mi vida fue siempre la imagen. Pero nunca estudié dibujo ni fotografía.

Araceli González, Valeria Mazza y Natalia Oreiro

¿Cuándo vislumbró que podía dedicarse profesionalmente a la fotografía?

Me anoté en la carrera de Publicidad en la UNLZ, donde conocí a José Cicala. Pero estuvimos poco tiempo: yo estudié dos años y él cuatro. En el ‘90 empezamos a trabajar juntos en el Complejo La Plaza, como pintores. El restaurante Las Cañas, por ejemplo, está pintado por nosotros. Y las flechas amarillas del subsuelo también fueron (y siguen) pintadas por nosotros. Un día, en el ‘93, comiendo una hamburguesa, nos miramos y dijimos: “Hagámonos fotógrafos, pongamos un estudio”. No era una carrera como ahora, que está en boga. Nos compramos una cámara Zenith, marca soviética que en ese momento salía poco menos que nada. Empezamos sin haber estudiado, a los golpes. Alquilamos una habitación en un departamento de un ambiente. De repente, hacíamos como 8 books por día. Fue una vorágine enseguida. La suerte es un factor importante para mí: después tenés que mantenerla, pero un golpe de suerte siempre se necesita.

¿Y cuál fue la primera puerta que se abrió?

La de Ricardo Piñeiro, a quien amamos y fue nuestro padrino. En realidad, fue el estilista Diego Impagliazzo quien nos trajo a Lorena Giaquinto, una modelo muy famosa en ese momento. Ricardo, que era el representante más importante, vio esas fotos de casualidad y quiso que hiciéramos un trabajo para su agencia. El primer encargo fue con Elisa Marchisio. ¡Y se nos cortó la luz! Además, no había llegado la maquilladora. Así que le pusimos un jean viejo, la ensuciamos e hicimos las imágenes. Cuando llevé el trabajo, la booker me advirtió: “No le van a gustar a Piñeiro, elije fotos más elegantes”. Con Cicala pensamos: “Ya está. Para casa: se terminó todo”. No obstante, la booker se las mostró igual. Al rato, salió con una sonrisa tremenda y nos dijo: “Le encantaron y los quiere conocer”. Eso fue a dos meses de empezar. Es decir, fue un golpe de suerte muy importante. Y rápido: en los dos días siguientes nos encargó fotografiar a Florencia Raggi, Mariana Arias, Daniela Urzi y Carolina Pelleriti. ¡De repente, todas las modelos más importantes del país estaban, juntas, en ese estudio chiquito! ¡No lo podíamos creer! Nos íbamos al baño a llorar de la emoción. Literal. A partir de ahí, no paramos nunca más. Todo eso ocurrió hace 25 años.

Al Pacino.

¿Es cierto que una campaña con Araceli González fue clave para el despegue?

Amábamos a Araceli, ¡pero costó que llegara al estudio! Es de Ramos Mejía, nosotros de San Justo. Y, si bien teníamos amigos en común, era imposible acceder a ella en esos tiempos. Hasta que una marca nos encargó una campaña con su protagónico, en 1998. Cuando llegó al estudio, le mostré todo el material suyo que veníamos coleccionando, como cholulos. Ella se puso a llorar de la emoción porque no podía creer que fuéramos tan fanáticos de su trabajo. Nos hicimos súper amigos. Fuimos hasta de vacaciones juntos. Tenemos una relación muy linda hasta hoy. ¡Y será siempre así! Después de ella, se abrió una gran puerta y empezamos a trabajar con otras modelos importantes, como Valeria Mazza, y la gente del teatro.

¿Qué recuerda de esas primeras sesiones como fotógrafo de las top model de los ‘90?

Fue la mejor época, la más linda. Todavía se extraña la mística de lo analógico: el rollo, el ruido, el proceso de revelado…  Tenías que cuidar que todo estuviera perfecto porque no había retoques. Era un trabajo muy intenso. Es como el colectivero de antes: te resulta increíble que en otros tiempos manejara, cobrara, diera el cambio, avisara las paradas…

Siendo el fotógrafo de las celebridades, ¿Cuáles son sus consumos culturales?

En la televisión, veo mucha porquería, entretenimiento. Con Bendita TV me río mucho. Y 100 días para enamorarse me encanta. Miro algunas cosas en Netflix, pero pocas. Soy de la televisión abierta. Cuando lo veo a Adrián Suar, le digo: “Yo soy tu público”. Me gusta que me digan “a las 21 tenés que ver este programa”. Me da fiaca disponer yo qué voy a ver. También voy seguido al teatro: últimamente me gustaron El vestidor, Los vecinos de arriba, Perfectos desconocidos, Casa Valentina. El cine también me gusta muchísimo. De mi top five, tres son argentinas: Valentín, Nazareno Cruz y el lobo y Esperando la carroza, más Cinema Paradiso y Todo sobre mi madre.  Todo el tiempo estoy atento a la composición de la imagen. No puedo parar.

Adrián Suar.

¿Cuál es el balance de los 25 años de carrera?

Soy un afortunado. La vocación es eso que harías gratis. En mi caso, me pagan. Entonces, lo vivo como un privilegio. Todo el tiempo me doy cuenta de la fortuna que tuve. Vivo con el Gabriel Machado de 10 años al lado mío, viendo lo que me pasa. De hecho, a veces me cuesta cobrar por mi trabajo. Mi frase de cabecera es: “¡Qué suerte que a mí me tocó ser yo!”.

¿Nunca se mareó con el éxito económico y la fama mediática?

Sigo siendo súper austero. Me gusta ir al teatro y a comer una pizza a Las Cuartetas, de sentado o parado, me da igual. Pero nada más. Y no me gusta irme de vacaciones. He viajado, claro, pero no me desespera pasar años sin hacerlo. Al contrario. Igual, con José Cicala estamos enamorados de Los Ángeles, donde tenemos muchos amigos. Uno, incluso nos hizo una casita especialmente para nosotros, en su parque. Es un barrio como acá podría ser Banfield: hay sol, la gente es afable, es todo muy hermoso. Estar allá es la vida ideal.

Más allá de lo obvio, ¿en qué cambió su profesión debido a la tecnología?

En que induce a la introspección. A mí me encanta hablar, pero capaz que vienen tres modelos de la misma edad, se sientan ahí y no charlan una sola palabra porque están inmersas en el celular.  A veces yo también estoy así, lo confieso, pero trato de controlarlo. 

Mirtha Legrand.

¿Tiene alguna cámara fetiche, especial o preferida por alguna razón?

No, porque no las conozco. Yo con las cámaras disparo, nada más. Mi socio se encarga de comprarlas y ni me las muestra porque sabe que no me interesa nada, nada, nada. No diferencio el lente de 85 del de 50. 

¿Cuál es el nivel de los fotógrafos argentinos?

Son geniales. Sigo a un montón en Instagram. Tienen muchos más estímulos: nosotros, para encontrar una revista importada, teníamos que ir a buscarla al kiosco de diarios que está frente al Hotel Alvear. Ahora, los nuevos fotógrafos tienen acceso a  todo en el momento. Y eso te va nutriendo mucho más rápido. 

Dado que la técnica no tiene ya secretos, ¿se volvió más importante el toque personal?

Totalmente. Para quienes hacemos fotos con personas es fundamental tener el timing e incluso la piel para que el otro se sienta cómodo. Lo mío no pasa tanto por el dominio de la luz, por el juego, por la locura. Pero la gente conmigo está cómoda, entonces sé que puedo hacer lo que quiera con ella. Claro que cuando hay resistencia, paro. Pero me pasa muy pocas veces. En esos casos, los empiezo a hipnotizar: “Entregate. A partir de ahora, me escuchás a mí. Dejate llevar por mi voz”. Y no dudan más porque enseguida ven mi entrega. Como me expreso mucho cuando hago fotos, se dan cuenta de que lo están haciendo bien. Eso genera una seguridad en ellos que enseguida empieza crecer. Es maravilloso ese momento…

De Mirtha Legrand a Kate Moss, de Susana Giménez a Cher… ¿Cuál es el ranking de celebridades favoritas de Machado?

Son todas muy celosas, así que no te lo puedo decir (risas). Con Cher trabajamos 6 veces y, la verdad, es una cosa de locos que una estrella internacional nos haga viajar para hacerle fotos. Le digo: “Poné cara de que me amás”. Me responde:  “I do”. Le propongo: “Ponete como una reina. Y me contesta: “I am”. Es un amor: ya sabe que llegó pero tiene, igual, un nivel de entrega increíble. También tengo una linda anécdota con Kate Moss: soy de gritar mucho mientras hago fotos, pero para la segunda campaña que nos contrataron me pidieron que lo evitara porque, al lado del set, estaban grabando un clip. Ella no lo sabía. En un momento de la sesión cortó todo, se acercó y me dijo: “Siento que estoy  haciendo las cosas mal porque no gritás. Me preocupa”. Una genia, tan humilde. Susana Giménez es otra diosa y muy profesional. Y Mirtha tiene una energía increíble: si tiene que hacer cinco cambios, se trae el doble de ropa.

Retrato de familia

Gabriel Machado se casó con Maricel Albertengo, la prima de su socio José Cicala, en 1990. Él tenía 23 años y ella, 16. Nunca más se separaron. Dos años después, fueron padres de Nazareno, a quien bautizaron en tributo a la película de Leonardo Fabio. “La vi a los 9 años, el 20 de junio de 1965. Me acuerdo que ese día pensé: ‘Cuando tenga un hijo, se va a llamar Nazareno’. Es una de esas cosas ‘muy gabrielescas’, como me dicen. En 1998 llegó María Paz. Y se armó la familia tipo”.  A un año de graduarse como odontólogo, su primogénito lidera un emprendimiento de catering repostero (@nazarenomachadotortas). “Mi hija estudia Recursos Humanos, trabaja en el área de producción en el estudio y hace poco publicó su primer libro de cuentos y poesías. Lo tituló Arca, en homenaje a tres de sus abuelos que ya no están: Elsa, Armando y Cachita”, cuenta con orgullo.

¿Hacia dónde evoluciona Machado-Cicala?

Hacia la filmación. Si Dios quiere, para noviembre se viene una película. Mucho no podemos decir, pero es una historia de época muy linda.

Y en lo personal, ¿cómo se proyecta?

Me veo trabajando al menos 10 años más. Ya veremos.  Creo que hay que abrirse de todos los mandatos sociales y no acostumbrarse a nada en la vida. Ni a respirar.

Comentarios1
Flor Bibas
Flor Bibas 30/10/2018 02:50:59

Lo conozco a Gabriel Machado desde sus comienzos. Siempre fue un amor de persona. talentoso. Y las mejores fotos que tengo de mi epoca de modelo me las hizo Machado.Cicala.

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