La dura historia de vida del guionista y actor de Un gallo para Esculapio

La dura historia de vida del guionista y actor de Un gallo para Esculapio

Ariel Staltari se crió en el primer cordón industrial del conurbano bonaerense. Su mirada sobre el país y su defensa del Hospital Posadas, donde le salvaron la vida.

Así como el actor construye su personaje, hay algo en él del "Walter" de Okupas y del "Loquillo" de Un gallo para Esculapio, la serie que inició su segunda temporada televisiva, se emite por TNT y está disponible por Flow. Por ese derrotero que un día lo arrojó sobre la arena, sin más remedio que convertirse en un gallo de riña para superar una dura enfermedad que le comía el cuerpo.

Ariel Staltari se crió en una zona de Ciudadela, ese primer cordón del conurbano bonaerense de casas bajas que ya no están, en Díaz Vélez y Alvear, muy cerca del Hospital Posadas y donde había una antigua fábrica de platos. Su papá era empleado de la Fiat y su mamá trabajaba en medias Ciudadela, mientras vivían en un departamento de planta baja, con un local pequeño adelante donde los fines de semana sus padres hacían empanadas y sándwiches de milanesa para tener una entradita más. Y con ellos, en la parte superior de la propiedad, vivía el abuelo Antonio, el Tano, que salía todas las mañanas con su canasto a vender churros.

"Eso nos alcanzaba para comer y pagar impuestos, y cuando llegaban los veranos nos íbamos con la familia a Necochea para seguir trabajando y hacer la diferencia. Nos poníamos el gorro y el pito... Y a recorrer la playa con la canasta llena. Así nació la churrería Piluso", la cultura del trabajo en la cual se crió, la que siente desde su interior que se está perdiendo. "Hay que defenderla para salir adelante".

¿Cómo se ve ahora esa postal del barrio?

Difícil y más heavy. Porque a esa historia inicial la atravesó una crisis que en los ‘90 lo llevó a mi viejo a irse a Italia a trabajar para terminar de pagar el préstamo de una casa que había comprado en Lomas del Mirador. En el garaje tuvimos que armar con uno de mis hermanos un horno para cementar tornillos. Empezó bien, pero teníamos tan poca experiencia en el oficio que no llegábamos a cumplir con los pedidos y al poco tiempo lo cerramos. Pero todo eso tan arraigado en una típica familia de inmigrantes en el conurbano se fue perdiendo con el desempleo y ahora los vecinos ven a un extraño en el barrio y te miran con desconfianza.

¿La necesidad de elegir otro rumbo te llevó a la actuación?

Siempre me gustó de chiquito actuar en las fiestas patrias. Pero de algún modo esa situación extrema de estar viviendo una crisis tras otra alimentó un deseo latente. Bruno Stagnaro al conocerme me dijo que tuve diez vidas y ese vértigo me sirvió a la hora de escribir y de actuar. En 'Un gallo para Esculapio' estaban las historias, la estructura y faltaba darle alma y vida a la obra, así que a la hora de hacer el personaje del Chelo (Luis Brandoni, que en la segunda parte ya no está) nos aparecimos una madrugada en medio de una riña de gallos, en el interior de una casa del conurbano y apuntábamos cosas. Para conocer el mundo de piratas del asfalto nos metimos a leer causas, hablamos con fiscales, policías y gente que laburaba de eso, y así sacamos los matices de una operatoria. Toda esa previa tirada al papel te muestra algo muy gordo; y cuando lo pulís, te deja un guión delgado pero estilizado, con la consistencia que debe tener una buena historia.

¿Mejoró el mercado con la aparición de nuevas plataformas?

Para mí sigue estando muy acotado el tema, no es que se abrió y hay laburo para todos. La realidad es que se diversificó el acceso con las emisiones por streaming, el cable, entonces se van generando nuevos contenidos y no estás supeditado a que se pasen sólo por un canal de aire. Y esta convergencia a lo digital amplió la difusión, pero lo que estaría bueno es que eso se manifestara con más laburo para actores, técnicos, directores, que formamos parte de esta industria. Cuesta mucho producir: en todas las épocas se habló de los avances tecnológicos, pero esta vez, en lugar de evolucionar, el trabajo se precarizó. Y eso no está bueno.

Cuando te diagnosticaron que tenías leucemia ¿pensabas que se terminaba todo?

Sí, es inevitable que al principio no te sientas así. Antes, decir leucemia era pensar en la muerte. Y no es como ahora, que hay más luz y esperanza sobre todo cuando se dan casos en los más chicos. Ese momento es el más jodido, porque te agarra desacomodado; y recién cuando uno empieza el tratamiento entiende cómo hay que jugar este partido. Por la cabeza de mis viejos pasó llevarme a Cuba o a los Estados Unidos, pero le aconsejaron hacerme ver en el Hospital Posadas, donde encontré en un equipo de hematología y de médicos que me dieron la atención y contención que me hacía falta.

¿Eso te llevó a hacer una defensa de la salud pública a través de tu cuenta de Twitter?

Sí, por supuesto, pero siempre desde un lugar genuino, solidario. Porque como escribí en su momento, "muchos como yo estamos vivos gracias a los profesionales" del Hospital Posadas. Cómo no voy a estar con ellos y defender sus fuentes de trabajo. A veces uno cree que por alcanzar cierta notoriedad ya no está ahí, pero sigo teniendo a mis viejos en el conurbano y a muchos de mis amigos que se atienden en el hospital público. Me acuerdo que, cuando teníamos el horno para cementar tornillos, un operario me dijo: "Pero, loco, vos sos Walter: ¿qué hacés acá, cargando bolsas?". Le respondí: "Sí, soy el de la tele, pero con los mismos quilombos que tienen ustedes".

A la buena de Dios

De repente, todo a su alrededor se vistió de vírgenes y santos. De San Expedito al Padre Mario, pasando por un cura que su mamá acercó hasta la sala del hospital donde estaba internado para untarlo en aceite. "¡Sacalo de acá, mami que no me pueden ni tocar!", le suplicaba él. Pero ella, desde la fe, y su padre, desde la voluntad, se sumaron a los médicos del Posadas para que saliera adelante con el tratamiento. "Mi viejo -cuenta- se iba a comprar hielo hasta una estación de servicio, en pleno invierno, para bajarme la temperatura que tenía en el cuerpo porque con las drogas que me daban no alcanzaba y me lo ponía debajo de las axilas, en la frente y entre las piernas. Eso fue así en los siete meses más críticos del tratamiento, cuando uno busca aferrarse a lo que sea, y la fe en esos momentos se convierte en algo importante".