MIÉRCOLES 13/11/2019

Juan Hernández Daels: “El argentino no ve diferencia entre una marca de shopping y una de lujo”

Se especializó en sastrería femenina de vanguardia en Amberes, diseñó colecciones especiales para la jequesa de Qatar y fue seleccionado por el Estado francés para participar de un exclusivo programa que le permitirá acelerar su luxury start-up.

Juan Hernández Daels: “El argentino no ve diferencia entre una marca  de shopping y una de lujo”

Es el diseñador argentino mejor posicionado en el exigente mercado global de la moda de lujo. Formado en la Academia Real de Bellas Artes de Amberes, una de las piezas de su colección de graduación fue lucida por la estrella pop Rihanna. Se especializó en sastrería femenina en el atelier de los belgas Raf Simons y Dries Van Noten, y creó ediciones especiales por encargo de Mozah, la fashionista jequesa de Qatar cuya familia compró Balenciaga y Valentino. Ahora, apuesta a que su base de operaciones sea París, donde fue elegido por el Instituto Français de la Mode, institución que vincula a nuevos talentos con los grupos económicos que lideran el segmento luxury, para un proyecto de incubación que cuenta con el apoyo del Ministerio de Industria galo.

Refinado y discreto, Juan Hernández Daels recibe a Clase Ejecutiva en el primer piso de su boutique de la calle Libertad, a pasos de Avenida del Libertador, en Recoleta, un espacio moderno donde se luce su propuesta de alta sastrería no convencional. Según el designer, los cortes angulosos y las formas duras de los diseños son herencia de sus estudios en Bélgica, mientras que ciertos detalles más románticos revelan la influencia de la modelo Josefina Roveta, su pareja. “Ella me da la sensibilidad de las piezas”, resume Daels, quien ejerce distancia con sus diseños llamándolos productos. “Son elegantes, femeninos y con cierta profundidad”, resalta mientras acaricia las prendas que decoran los percheros.

Sos diseñador industrial. ¿Cómo llegaste al mundo de la moda?

Un poco por casualidad. Después de graduarme en Diseño Industrial, elegí viajar y viví 4 años en California. En ese momento quise empezar a estudiar algo relacionado a la Arquitectura... Investigando, me atrajo el diseño de indumentaria. Y, comparando los tres lugares de excelencia a nivel mundial —Central Saint Martins, en Londres; la Academia Real de Amberes y Parsons School of Design, en Nueva York—, me decidí por Bélgica porque me parecía la propuesta más abierta.

¿Y cómo terminaste trabajando para la jequesa de Qatar?

Terminé de estudiar y, al año, ya empecé con mi marca. Era 2009 y, si bien seguía instalado en Amberes, ya presentaba mis diseños en París. Allí me conoció la jequesa de Qatar y me contrató para que, durante tres años, desarrollara colecciones en el marco de un programa de educación y desarrollo del Estado qatarí. El objetivo era generar propuestas, con egresados universitarios, para los distintos segmentos de la industria de la moda con sello local. Yo me enfoqué en el lujo.

¿Te resultó un shock adaptarte a la situación de la industria textil local?

Al principio nos chocamos contra una pared, porque no hay marcas de lujo nacionales. Tampoco el cliente lo percibe ni lo distingue: de hecho, el argentino no ve mucha diferencia entre una marca de shopping y una de lujo. Fue un camino duro. Hoy fabricamos parte en nuestro taller y parte en Europa. La industria textil argentina atraviesa un momento difícil porque el mercado local no es sencillo. No se trata sólo de la industria, también es el sistema de venta y los clientes.

En un sector que vive en crisis, ¿hay espacio para los nuevos diseñadores?

Creo que puede haber un cambio... Debería, en verdad, porque hay muchos diseñadores jóvenes que aparecen y se desarrollan si encuentran su lugar. Pero tiene que cambiar todo de raíz. Por ejemplo: está bien que en la Argentina se fabriquen telas, pero el mercado no puede ofrecer las mejores; entonces, hay que segmentar, es decir, hacer buenos géneros y el resto importarlo para tener la garantía de trabajar con calidad. Acá no podés encontrar sedas de excelencia: no se hacen y tampoco llegan porque supuestamente así estamos protegiendo nuestra industria, pero en esas condiciones se deja de ofrecer un producto competitivo al mundo.

Tu vidriera internacional sigue siendo París. ¿Cómo es tu agenda de trabajo allá?

Hoy, todo pasa por París: podés mostrar en cualquier pasarela, pero el negocio siempre se cierra en esa ciudad que es como el Silicon Valley de la moda. En época de Fashion Week son 9 días durante los cuales recibís clientes entre las 9 de la mañana y las 8 de la noche. Se sigue una lista de encuentros y está toda la colección colgada, acompañada por una modelo que luce el producto. Y todo el tiempo hay una persona que se ocupa de concretar las ventas y tomar los pedidos, que se entregan cuatro meses después. Desde nuestro showroom vendemos a boutiques en Dubai, Londres, Nueva York y Tokio, y también a shops online de lujo, como Farfetch. Si bien realizamos una mínima adaptación en los diseños para el mercado oriental, por un tema de proporciones y largos, tratamos de no modificar demasiado las piezas y de concentrarnos en el producto. No buscamos acercarnos al trabajo del couturier ni del modisto, sino de vender el producto tal como está exhibido.

¿Cómo sigue la expansión de tu marca?

Con mis socios —Patricia Domínguez y Carlos Angel Mendez— pensamos en cómo fortalecer lo que estamos haciendo afuera, dado que el mercado argentino es acotado. Entonces, Josefina —Roveta, mi pareja y parte de la empresa— nos postuló ante el Institute Française de la Mode, donde tienen un programa por el cual seleccionan 3 ó 4 proyectos al año: los analizan; visualizan cuáles son sus problemas de distribución, venta o diseño y dan acceso a los líderes de la industria luxury para que colaboren en definir la mejor estrategia de internacionalización de cada marca. Recién fuimos seleccionados, pero es un proceso de dos años que nos abrirá la posibilidad de instalar una oficina permanente en París.

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