MIÉRCOLES 13/11/2019

Javier Daulte: "La tele y la Av. Corrientes no son monstruos, pero te tiene que ir bien la primera vez"

Con éxitos en los circuitos off y comercial, es uno de los directores y dramaturgos más prolíficos. Workaholic confeso, asumió el desafío de gestionar una sala alternativa. Y defiende la existencia de los subsidios oficiales a su actividad.

Javier Daulte:

Javier Daulte tiene su vida anclada en el barrio del Abasto. Allí tiene su casa, una especie de oasis oculto en medio de la ciudad, donde los cactus crecen cada día más, y donde le gusta escribir por la mañana. Guiones, novelas, obras de teatro. El otro puerto, al que amarra seguido, es el Espacio Callejón, en Humahuaca 3759. Una sala de teatro alternativo que compró hace tres años, y en donde se programan algunas de sus obras más aplaudidas (Clarividentes, Siniestra y Ni con perros ni con chicos), a las que se sumó la flamante Valeria radioactiva. Allí se dio el gusto de acondicionar un cálido bar, para que la gente “pueda hacer tertulia” antes de la obra. “El teatro es una experiencia que incluye un antes y un después. Creo que si no están esas dos cosas, está incompleta. Es una experiencia social que llamo ‘la ceremonia del teatro’”, asegura el director, también psicólogo.

Desde los 14 años (hoy tiene 55), en que quedó atrapado por el teatro, Daulte estudió, indagó, profundizó en el campo de la dramaturgia dentro y fuera del escenario. Fue parte de una generación que logró una ruptura, allá por los '90, de la escena tradicional. Sus trabajos, ya sea textos propios (Nunca estuviste tan adorable, Automáticos, Proyecto Vestuarios) o de otros autores (Un dios salvaje, Lluvia constante) fueron, y son, éxitos tanto del off como del circuito comercial. También incursionó en televisión, con tiras que fueron éxitos del prime time: Para vestir santos, Secretos de familia. Ganó un Martín Fierro y un ACE de oro. Y publicó la novela El circuito escalera. Pero, por sobre todas las cosas, creó teatro de una manera totalmente personal.  

Javier Daulte junto al elenco de Clarividentes.

¿Podría decirse que el sello de tus obras, como en Siniestra o Clarividentes, es sacar al espectador de la zona de confort?

No es mi intención, o será que para mí eso es una zona de confort. Creo que al teatro hay que ir a inquietarse, ir a que me cuenten algo quizás distinto a lo que espero. La diferencia entre el teatro alternativo y el comercial -que también lo abordo y lo transito con mucho placer y dedicación- es que el comercial de algún modo nos hace propuestas, que pueden ser mejores o peores, de cuestiones que están predigeridas. Uno conoce los temas que se plantean, y luego las obras, según su originalidad, nos lo van a plantear de una forma más interesante en esa comedia o ese drama. Pero el teatro alternativo, justamente, es el espacio para presentar algunas preguntas a otro nivel. No solamente a temático sino también conceptual y, por supuesto, también estético. Y sí, quizás sea un sello de mis obras. Mi idea, justamente, es que salir de la zona de confort sea una experiencia placentera.

 

Escribís guiones para televisión, dramaturgia, también publicaste una novela, dirigís teatro. ¿Ser tan prolífico no atenta contra el foco?

 

Se diversifica mi trabajo. Lo que hago en el teatro alternativo no lo haría en el comercial, lo que hago en la tele no lo haría en el teatro. Lo mismo con la novela que escribí. Me parece que son diferentes territorios para contar historias. Tener esa experiencia me resulta fascinante y muy enriquecedor. A mí lo que siempre me fascinó es contar historias. Me preocupa cómo se cuenta una historia. Me gusta que me cuenten historias. Me gusta el poder que tiene una narración, ya sea en un papel, en un escenario, en una pantalla proyectada, en los teléfonos.

 

En estos tiempos de binge-watching de series, ¿por qué nos sigue atrapando el teatro, que propone otra narrativa y dinámica de consumo?

En eso soy un poquito naif… Creo en el cuentito de las buenas noches. Es decir, en lograr que el espectador sea cautivo de la ilusión de una historia, que crea en lo que está, en los personajes, en lo que sufren, que los quieran. Todo es el resultado del complejo proceso dramatúrgico.

Desde el estreno de tu primera obra, Criminal, pasaron 22 años. ¿Qué sentís cuando mirás por el espejo retrovisor?

 

Miro para atrás y estoy muy satisfecho. Siento que las cosas que quería hacer las hice en el momento que quería hacerlas, que tuve el coraje de asumir los deseos que tenía y de perseguir ciertas metas que me puse en determinados momentos. También creo el devenir en esta vida es una especie de resultante entre adónde apuntó y adónde lo llevaron los vientos. Pero no puedo sólo dejarme llevar por el viento, y tampoco puedo desatender las coyunturas. Cuando miro para atrás… Pensando en Criminal, a ese Daulte de aquella época le envidio cierto atrevimiento, cierta frescura; y aquel Daulte extraña cierta madurez y profundidad del actual. Creo que lo importante es seguir evolucionando, madurando y, por supuesto, tratar de darse todos los gustos y lujos que uno pueda, trabajando también mucho.

Hace 10 años te reconocías como workaholic. ¿Lo superaste?

No (risas). Esto es lo que más disfruto hacer: ¿por qué me lo voy a prohibir?

 

¿Es una utopía poder hacer, y vivir, de lo que más te gusta en la Argentina?

 

Reconozco todo mi esfuerzo: sé todo lo que hice, me banqué, resistí y no claudiqué, cuando era mucho más joven y no tenía elementos para confiar. No tenía ningún tipo de garantía y sé que tuve mucha fortaleza, y esa fortaleza se la debo indudablemente a un contexto familiar, de amigos, a mi psicoanalista, un montón de gente que obviamente me apoyó mucho. Soy agradecido a la vida. Sé también que, por momentos, que la fortuna me mimó. Pero si no hay un esfuerzo, si no hay un trabajo, por más que te mime la fortuna, ni te vas a dar cuenta. La avenida Corrientes o la televisión no son monstruos, se puede trabajar muy tranquilamente, pero la primera vez te tiene que ir bien: no hay segunda oportunidad. Te podés equivocar en la segunda, tercera y cuarta y te van a dar una quinta, pero en la primera no la podés pifiar.

 

Estás al frente de Espacio Callejón. ¿Te sienta bien el traje de empresario teatral?

 

No podría llamarme empresario porque, si lo soy, soy el peor del mundo (risas). Este es un proyecto que tiene que ver con otras cosas. La situación de incertidumbre desde lo económico, que a todos nos preocupa porque no sabemos qué es lo que va a pasar, no me afecta de una forma muy visible. Si hay menos público en algunas obras no se lo puedo atribuir a la crisis, porque hay otras que llenan. No puedo establecer una regla clara, no sé diferenciar mucho de lo que fueron las temporadas anteriores. Pero si las salas alternativas no tuviéramos los subsidios de mantenimiento que nos da el Instituto Nacional de Teatro y Pro Teatro, sería imposible. Sería una “tragadera” de plata porque cuesta mucho mantener un teatro.

¿Cómo impacta la crisis económica en tu actividad?

Nunca fui un militante: ni lo lamento ni me enorgullezco. Nunca lo fui. Yo quiero un país con artistas talentosos, con médicos talentosos y con políticos talentosos. Creo que necesitamos políticos y funcionarios talentosos.

 

¿Cuál es tu sueño máximo?

Concretar anhelos tiene un problema: cuando los cumplís, te preguntás que querés realmente… No las cosas que pedimos siempre -trabajo, salud y dinero para mí y los seres queridos- sino lo auténtico. Es una pregunta que no hay que contestar de forma apresurada. Y hay que aguantarse no saber la respuesta. El consumismo nos está destrozando la vida. Creo que ante la pregunta ‘¿qué querés hacer?’, corremos con mucha ansiedad. Estamos en una época en la cual los trastornos de ansiedad son la epidemia más grande, así como antes era la depresión. Creo que eso hace que no podamos detenernos a preguntarnos qué es lo queremos porque “parar es la muerte”. Pero no es así: hay que serenarse y bancarse la angustia de no saber adónde ir  lo que nos da la posibilidad de averiguar qué es lo que queremos.

De estreno

Hasta diciembre, en Espacio Callejón sube el telón de Valeria radioactiva, la primera de las obras del proyecto Teatro Líquido, colectivo integrado por Daulte y otros directores  consagrados de distintas generaciones, como María y Paula Marull, Héctor Díaz y Héctor Gómez Giusto. Entrada: $ 300 General // $ 260 desc. est./jub. c/acreditación.

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